Una estrategia electoral, es la mejor acción que un jugador (partido, precandidato, candidato…) puede tomar frente a la mejor acción que elija su oponente o sus oponentes en el marco de un proceso electoral.

Las estrategias que cada jugador pueden adoptar son de dos tipos, una, competitiva y otra no competitiva o que también en el caso de esta última puede llamarse cooperativa.

Partidos como el PAN, el PRI o MORENA, tienen una estrategia competitiva en el actual proceso electoral en curso, en especial, si hemos de referirnos a la elección del Presidente de la República, pues cada partido y su (pre)candidato tiene posibilidades, mayores o menores, de vencer en la contienda y ese es su premio, su beneficio.

Los partidos minoritarios (PES, PT, MC, PVEM, por ejemplo) y en concepto propio, el PRD, carecen y carecían de una estrategia competitiva real, que les permita o permitiera suponer que pueden o podían vencer en la contienda para elegir al Presidente de la República; y es por eso que su estrategia es más bien cooperativa (para buscar sus propios beneficios: conservar el registro, aumentar posiciones políticas, conseguir presupuesto, etc.) con aquellos partidos que sí tienen una estrategia competitiva: así, el PRD y MC se aliaron con el PAN; el PVEM y Nueva Alianza con el PRI; y el PES y PT con MORENA. Y claro que para los partidos competitivos PAN, PRI y MORENA, las alianzas son solo parte de su estrategia de competencia de un modo necesario.

Fruto de esas estrategias electorales, es que han nacido las diversas coaliciones electorales.

En ese panorama, es poco posible que los candidatos independientes consideren que tienen una probabilidad real y razonable de competir frente a los otros partidos que si son competitivos y sus coaliciones; así que su estrategia, no confesada, implícita, parece que es cooperativa y hoy informal, con alguno de los otros tres polos de la elección.

Ahora bien, las estrategias que hoy están en juego y se desarrollan ante nuestros ojos, no necesariamente se tienen que mantener a lo largo de todo el proceso electoral e, incluso, luego de que se realice la jornada electoral del 1 de julio de 2018. Pueden variar.

Con esto se quiere decir que un partido que hoy tiene una estrategia electoral competitiva, luego puede adoptar una estrategia electoral cooperativa con otro jugador competitivo, y esto puede suceder con las mismas coaliciones y partidos minoritarios, antes de la jornada electoral, durante la jornada o posterior a la jornada (por ejemplo, para luego formar un gobierno de coalición).

Así, dependiendo de los contextos, cabe la pregunta ¿Al final pueden cooperar el PAN y el PRI o viceversa y sus  coaliciones? ¿Uno o varios de los candidatos independientes, luego pueden cooperar con alguna de las coaliciones y partidos competitivos?

El cambio de estrategias de los partidos y coaliciones, más que remota, parece muy probable, en especial, si determinados jugadores electorales se enfrentan a contextos que muy posiblemente les provoquen pérdidas netas y el que esas posturas estratégicas varíen, puede hacerse de manera formal o informal.

A ese efecto, se debe subrayar que si bien hasta hace no mucho, se consideraba que un jugador electoral era racional y competía por beneficios positivos y tangibles, esto no es en todo caso así, pues a veces la utilidad de un jugador electoral radica en el daño que ocasione a otro jugador electoral, aunque no tenga beneficios positivos, ni propios.

Esto quiere decir que un candidato/partido/coalición puede estar interesado, más que en ganar, en impedir que otro candidato/partido/coalición gane, esto es, en que pierda.

Así que el juego de las estrategias electorales está en marcha y dista mucho de estar concluida.

Si lo anterior es así, parece que en procesos electorales “reñidos” y en los cuales el cambio de estrategias de los competidores electorales por la Presidencia de la República puede variar a lo largo de un tiempo ni siquiera mediano, el foco de los partidos, más que estar en la Presidencia de la República, debe estar en los órganos legislativos, los cuales eventualmente podrían condicionar de manera esencial el funcionamiento del Ejecutivo Federal.

Y claro que en todo lo anterior, los ciudadanos, como votantes, tienen qué decir y mucho, así que hay que razonar el voto en el mes de julio próximo.