Cuando algo causa dolor, angustia, daño y se es impotente para remediarlo, se prefiere olvidar y ese algo se envía al inconsciente y/o se le niega; esto, olvidar, quizá nos permita vivir “mejor” pero solo por un tiempo, pues al final, todo aflora.

En un contexto como el nuestro, en donde a cada paso se nos presentan actos y hechos injustos por días, semanas, meses, años, lustros… que se acumulan unos sobre otros y otros y otros (los miles y miles y miles de muertos en una guerra contra la irregularidad penal; los sueldazos y privilegios de la élite político-burocrática; los desaparecidos que nunca aparecen; los gobernadores fugados; el ataque a los medios de comunicación; falta de medicinas; salarios bajos para los de a pie…) la indignación, la irritación inicial va cediendo ante el olvido.

No es gratuito que se opte por el olvido, porque en algunos casos es difícil conocer la situación real de los eventos que nos indignan (los gobiernos, por ejemplo, ocultan información, la manipulan y hacen andar la maquinaria de los discursos convenientes en los medios, para dividir a la opinión pública, y entonces los hechos cuestionables se convierten en hechos que merecen interpretaciones diversas y la indignación ya no es contra un “hecho injusto” sino contra una “interpretación” de un hecho que se considera injusto…) en otros casos, aunque en un buen sentido común es evidente la injusticia de los hechos, su prueba no lo es (quienes participan en un acto injusto procuran dejar los menos rastros posibles, y por eso procurar su prueba es altamente costoso) también sucede que perseguir, procesar y sentenciar a los “implicados” con efectos de ejecución de las sanciones que les son imponibles es complicado (por los compromisos de protección de ida y vuelta, por los resquicios legales, por el costo que implica impulsarlos, porque es probable que se tengan represiones…)

El olvido, en su vía de arrinconar los hechos injustos en la bóveda del “inconsciente” o en aquella hermana de la negación, bajo las muy conocidas fórmulas de “mejor no me meto” “mientras no me afecte directamente a mi” u otras similares, observada no como un fenómeno personal, sino como una postura colectiva, esto es, de todos frente a problemas de todos, no parece que sea la mejor forma de enfrentar nuestros problemas.

Olvidar los problemas que nos aquejan como colectividad no los va a resolver, quizá solo los perpetúe y los agudice hasta un punto en el cual las soluciones sean más complejas y costosas para todos.

El camino no parece ser ese de olvidar para vivir, el cual es altamente probable que solo nos llevaría a vivir para olvidar, perpetuando las causas del olvido, la injusticia.

El primer paso es ser consciente de lo anterior y no temer conocer la realidad, debemos conocerla, no olvidarla, para de ahí organizarnos de algún modo y cambiar “con sentido” esa realidad, con pequeños esfuerzos, constantes y solidarios, aunque usted esté en este momento de vacaciones de semana “santa”.

jcms