Mateo Calvillo

Cristo trae la fiesta de una alegría inmensa cuando llega con los regalos de la salvación. Con él, la navidad es la fiesta más bonita.

En tu vida. En la casa de Juan García y Lupita Martínez hay un ambiente de alegría honda, sencilla, transparente. Porque le dan tiempo a Dios.

En la comunidad, los hermanos son pobres, no gastan mucho dinero pero desbordan de una alegría interior, muy real y rica.

Dios habla. Quien vende la fiesta más bonita de navidad es Jesús. Perdón, no la vende, la regala a quienes lo buscan.

Allí se encuentra algo que los hombres no pueden vender, la alegría genuina y el amor.

El espíritu Santo, cuando llena los corazones los hace desbordar de alegría: “el espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la buena noticia a los pobres, a curar a los de corazón angustiado, a proclamar… La libertad a los prisioneros.

El resultado es una alegría desbordante: “me alegro en el señor con toda el alma, y me lleno de júbilo en mi Dios…” El trae los verdaderos regalos: “me revistió con vestiduras de salvación”. El tiene los verdaderos regalos, los más grandes regalos de la vida nueva, de la salvación.

Un cristiano que anda triste, depresivo, que tiene ideas suicidas es un mal cristiano. La señal distintiva de los cristianos es la alegría. San Pablo grita: “vivan siempre alegres oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues es esto lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús”.

Ya es tiempo de ver a tu “pueblo esperando fervorosamente la fiesta del nacimiento de tu hijo”, recitamos en la oración.

Debemos ser buenos y santos, “todo su espíritu, alma y cuerpo, se conserva intachable hasta la llegada de Nuestro Señor Jesucristo”. Hasta la fiesta de Navidad.

Nos guía la gran figura del adviento, Juan el Bautista que es enviado para que sigamos a Cristo por medio de él que es “testigo de la luz”.

Juan Bautista grita en el ruido estruendoso de los comercios, plazas y calles, su voz es secreta, vibrante, penetra todo: “yo soy la voz que grita en los ruidos ensordecedores de las fiestas, de la propaganda de las tiendas… enderecen el camino del señor”. Hay que convertirse, dejar la vida mundana, los placeres del cuerpo insaciable, irracional. Hay que dejar de correr en las turbas que compran compulsivamente. Hay que sacudirse todo, resistir a su seducción para volverse a Dios, el único que tiene la alegría, y el amor.

En medio de las multitudes incontables que nos desbordan por las redes sociales o en la vida real, en las plazas y antros, Juan Bautista no señala la presencia de la figura grande, maravillosa que los cristianos anunciamos y todo mundo aguarda en el secreto de su corazón, la figura del esperado mesías de Dios que trae la salvación.

En medio de ustedes hay uno al que ustedes no conocen… (Yo se lo presento), yo no soy digno de desatarle las agujetas de sus zapatos”.

Necesitamos despertar, abrir todo el ser, quitarnos el sopor de las drogas y el vino, de la ambición de tener, reconocer al campeón del amor, al Salvador que viene a redimir de la corrupción y la violencia y a darnos la seguridad, todos los bienes de la vida feliz, segura, fraternal.

Anda, decídete, acércate al sacramento de la reconciliación, libérate de las vanidades, rompe con las bajas pasiones, los pecados y los vicios.

Vive intensamente. Despierta. sacúdete la pesadez, líbrate de la embriaguez, del frenesí del cuerpo, de la enajenación. Abre todo tu ser, despójalo para que Dios lo llene.

Cristo con nosotros. Cristo es el que viene, prepárate para el encuentro. Comulguen todos después de haberse purificado en la confesión.

Para platicar en familia. ¿Viven, en familia, la Navidad como una fiesta pagana de regalos y fiestas, vacía de Dios? Anímate a cambiar de rumbo y poner en el centro a Cristo.