Todo parece indicar que el siglo XXI, se expresará menos en papel y con menos interacción humana física o presencial (progresivamente); todo parece decir que el siglo XXI, es el siglo del cambio real hacia una cultura electrónica -auspiciada desde mitades del siglo XX- como hoy nos lo parecen enunciar los sencillos emoticones, los “gifs” animados, los tuits, los memes digitales, las tarjetas electrónicas, los videos y otros productos que se emplean para expresar los buenos deseos por las fiestas de fin de año 2020.

Todos hemos recibido y enviado cientos de mensajes de “Feliz navidad” y “Prospero año 2021” en grupos de difusión, salas de “chats” o en cadenas de contactos de los teléfonos móviles, con la buena intención y el convencimiento de que hemos cumplido con el rito de trato esperado en nuestras relaciones familiares, sociales y laborales.

La pandemia ha catalizado ese fenómeno -antes debido también a las distancias físicas- porque exige -sin opción alterna responsable- un distanciamiento con fines preventivos sanitarios entre las personas.

Y eso mismo ha impulsado la idea de que no es tan necesaria una relación física entre las personas, que es más cómoda una relación humana a través de medios y herramientas de nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, porque las personas en ambos extremos de la relación -la que envía y la que recibe el mensaje, las cuales van intercambiando ente sí los roles- deciden cuándo, cuánto y cómo comunicarse, muchas veces sin tener en cuenta a la otra.

Eso, a su vez, ha ido dando paso a que las personas en buena parte se “reduzcan” a sus mensajes de texto, imágenes, voz y datos. Es como si las personas se estuvieran convirtiendo cada vez más en imágenes o avatares electrónicos difusos de sí mismos, para sí y para los demás, entendiendo que esa imagen o avatar es casi una personalidad electrónica alterna a la real, con grados mayores o menores de proximidad entre una y otra.

Las personas, incluso, se acostumbran día con día a ese tipo de comunicación y a identificar al “otro” con sus mensajes, con la “sensación” cada vez más real de que no es necesaria una interacción física, e incluso, se asume que ya no es necesario un diálogo de voz por teléfono o una videollamada y se prefieren los mensajes de texto o los emoticones.

Paradójicamente, para solo algunas personas con dificultades para relacionarse socialmente en interacción física, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han facilitado su comunicación con los demás y les han permitido crear y mantener más relaciones de comunicación, sin quedar exentos, como ocurre con el resto, de que lo que ellas son se reduce a su imagen electrónica, a sus mensajes.

En ese mundo de comunicación, los avatares electrónicos difusos -las personalidades electrónicas alternas- creados por cada persona concreta, parece que son los sujetos de la comunicación -una comunicación de avatares, entre personalidades electrónicas- más que las personas concretas, sin que eso nos sea completamente extraño, ni ajeno a la vida antes de las nuevas tecnologías, porque todos tenemos y en la historia siempre se ha tenido por lo regular una cara social y otra cara en privado, en función de la compleja realidad humana.

Lo que ahora cambia es el acento que se pone en esos avatares electrónicos difusos, los cuales adquieren mayor fuerza, a veces incluso, con un carácter universal; cambia que nuestra interacción física es mucho menor; cambia que nuestro lenguaje se achica a los mensajes regularmente de texto, emoticones y memes; cambia que los dispositivos electrónicos se han convertido prácticamente en una extensión del cuerpo de la persona; cambia que ahora prácticamente cualquier persona, incluso desconocida, puede contactar a otra o que cualquiera otra persona te puede “bloquear” comunicacionalmente, entre tantas otras cosas.

Pero cambia, también y de manera muy significativa, que las personas -en especial las más jóvenes- en un mundo tan abierto y global, gracias a las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, al final ahondan la sensación de soledad recurrente del ser humano, la inquietud sobre su lugar y futuro en el mundo, las dudas sobre su capacidad de amar y ser amado y sobre la trivialización de la vida.

Esos fenómenos, aunque son catalizados como se dijo por el distanciamiento social impuesto por los efectos de la pandemia o por la distancia en tiempos “normales”, en el fondo deriva de que nuestra cultura, nuestra forma de vida, se aleja de las relaciones humanas presenciales y se acerca cada vez más a las relaciones sociales a través de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, en las que mucho tiene que ver la economía digital que como siempre divide a las personas en ricos y pobres, y hoy, más.

A entender de quien escribe, es deseable reivindicar en su momento y manera razonables nuestra cultura presencial, y antes que enviar a otra persona un emoticón de abrazo, procure verla y dele un abrazo con la calidez insustituible de su persona real, no de su avatar o personalidad electrónica. Ambos lo agradecerán.

En tanto…Feliz 2021.