La historia nos muestra como un lugar común, que cada presidente, que cada líder político, a lo largo de la historia y a lo ancho del mundo, tiene un convencimiento profundo sobre sus reflexiones políticas en sentido amplio.

La memoria colectiva, también nos recuerda que los líderes políticos regularmente despliegan una conducta tesonera para que sus convicciones predominen y sortean casi todos los obstáculos para ello.

Esos dos rasgos fundamentales de los líderes políticos: convicciones profundas y tenacidad activa (se expresa en incontables acciones de diversa naturaleza) es lo que regularmente redunda en su triunfo.

Una de las consecuencias de ese esquema, es que los líderes políticos se ven como «el» criterio de corrección de lo que es o debe ser la vida colectiva.

No es algo atípico, por tanto, que el presidente de la República asuma de forma inflexible como única doctrina válida del cambio económico, social y político en tiempos de la 4a transformación, la que tiene su origen en él, que es aceptada por él o que no es contraria a lo que él mismo sostiene.

Si el presidente, en tiempos de campaña, impulsó, aceptó o toleró que el Movimiento de Regeneración Nacional, aglutinara a personas y personajes con claras filosofías e ideologías de diversa inspiración, incluso, contrarias a las de él; lo mismo que a personas y personajes con perfiles canallescos, por decir lo menos, es evidente que en aquel momento juzgó que eran un «activo electoral» y que en el futuro, este futuro de hoy, él podía controlarles.

Esa reflexión, tuvo éxito de la mano de otras variables, como la extendida y manifiesta inconformidad social, y triunfó en los comicios de julio del año pasado.

La cuestión es que ahora aquellos activos se están convirtiendo en «costos de gobierno» reales y con esto me refiero a las renuncias de altos servidores públicos de la administración (Germán Martínez Cázares, Josefa González-Blanco Ortiz-Mena, Carlos Manuel Urzúa Macías, entre otros) como a «más de tres» servidores públicos que se están manifestando como nulos en su ejercicio público, por decir también lo menos, y que pululan por la federación, los estados y los municipios.

En ese contexto, me parece que las renuncias, más que los comportamientos deficientes e incorrectos de más de tres servidores públicos de Morena en los diversos órdenes de gobierno, fueron más o menos «calculados» como un costo probable.

Por supuesto que no estábamos mejor en el pasado, la cuestión es que hoy prevalece una marcada incertidumbre y no me refiero solo a resultados, lo cual es muy pronto para juzgar, sino a los métodos, las formas de hacer las cosas que, paradójicamente, en abstracto se aproximan al pasado.

La esperanza de las personas que simpatizan con el presidente y Morena, es que, pese a lo anterior, las cosas cambien para bien.

Esto quiere decir, que muchos pasan por alto los medios criticables, las externalidades nocivas, los aún magros resultados, en espera de la realización de fines superiores que fueron prometidos.

En concreto, los simpatizantes de Morena, pasan por alto que gente sin perfil llegue a los puestos, que fulano con poder coloque en un cargo a su amante o a un recomendado o pariente, que se otorgue una candidatura a un «designado» en lugar de un líder social, que se despida injustamente a personas, que no se persiga a la «mafia en el poder», que el «jefe» de tal o cual órgano sea autoritario, que se hagan compras en adjudicación directa y varios etcétera más.

Las renuncias, como algunos malos ejercicios de gobierno de servidores públicos morenistas, fueron concebidos como costos probables que hoy se actualizan y que, por tanto, no deben sorprender: estaban calculados; pues, por ejemplo, no es ni siquiera creíble que el propio presidente no supiera quién era Urzúa y cómo es él, y las fricciones que podrían tener entre sí, como los posibles escenarios del desenlace.

Pero, el presidente y el morenismo, o cierto sector del morenismo, si es que les importa ser «diferentes» deberían reflexionar que así como el convencimiento propio y el tesón activo de los líderes, los ha llevado el triunfo, siendo esta una lección de la historia, también la historia ha revelado que eso mismo los ha llevado, por la muy relajada autocrítica y la falta de corregir, a perder lo que ganaron, sino, que lo diga Napoleón Bonaparte y su Waterloo.