Inicio del proceso de excavación del canal norte, altar central (Foto: INAH)

Teotihuacán, Estado de México (MiMorelia.com).- “Nos encontramos frente a un nuevo ombligo de la ciudad, frente a un nuevo centro cósmico”, señaló la arqueóloga Verónica Ortega Cabrera, directora del proyecto de investigación del centro de la Plaza de la Luna en Teotihuacán, por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Las excavaciones comenzaron en 2015 con cinco meses de trabajo, y este año se retomaron a inicios de abril, para concluir a fines de julio próximo. Se han enfocado frente al Edificio Adosado de la Pirámide de la Luna, en la llamada Estructura A, un patio cerrado de 25 metros por lado y 10 pequeños altares dentro de él.

Su propósito es indagar en lo que yace en el subsuelo de esta edificación, en busca de los orígenes del espacio ritual de la Plaza de la Luna.

Ésta es la primera vez que se explora en las entrañas de dicha plaza, y entre lo encontrado está lo que, desde una vista aérea, podría simular un paisaje lunar repleto de cráteres: Fosas en cuyo interior se encuentran estelas lisas de piedra verde, conductos que marcan al centro de este espacio los rumbos del universo y una serie de horadaciones que contenían cantos de río, un código simbólico que los antiguos teotihuacanos elaboraron en las primeras fases de la urbe, hace mil 900 años.

A partir de pozos de sondeo realizados en la Estructura A y en la parte central de la Plaza de la Luna, más los resultados de estudios del subsuelo obtenidos con base en el uso de radar de penetración terrestre, los arqueólogos han comenzado a reconocer una serie de alteraciones hechas por los teotihuacanos, que daba a esta área una imagen muy distinta a la observada hoy en día: La de una plaza delimitada por 13 basamentos y la Pirámide de la Luna, arquitectura que fue levantada en las fases finales de Teotihuacán (350-550 d.C.).

El hallazgo de las primeras fosas en el subsuelo de la Estructura A -que contiene varias divisiones internas, formando cinco partes- se suscitó con la excavación de pozos de sondeo para identificar la  secuencia constructiva de esta sección de la plaza.

“Años atrás el arqueólogo Otto Schöndube dijo que la Estructura A tenía una planta que semejaba a un ‘quincunce’ o ‘cruz teotihuacana’, que está asociada a un orden cosmológico, pero no había más elementos para entender esto. Cuando hallamos estas fosas y las estelas de piedra verde empezamos a generar la idea de que, efectivamente, fue un espacio con una carga simbólica que une la parte subterránea, el inframundo, con el plano celeste”, detalló.

Hasta el momento, dado que es posible en futuras excavaciones se encuentren más, se han ubicado cinco estelas completas dentro de fosas, un par de ellas juntas. Las alturas y pesos de éstas varían de 1.25 a 1.50 metros, y de los 500 a los 800 kilos.

Las estelas se posan en espacios de 60 centímetros y los 3.50 y 4 metros de profundidad. De acuerdo con Verónica Ortega, las fosas dentro de las que están debieron ser excavadas desde las primeras etapas de la ciudad, alrededor del año 100 d.C., justo en el momento en el que se edificaba la Pirámide del Sol, y cuando se levantaba la primera etapa constructiva de la Pirámide de la Luna.

Este sistema de fosas debió perdurar al menos 500 años, pues hay evidencias, como rellenos de material cerámico de que, alternativamente, fueron abiertas y selladas. También es probable que las estelas dispuestas en su interior, originalmente estuvieran en alguno de los templos que coronaban los basamentos de la plaza, “y que en un momento dado, los teotihuacanos decidieron darles un espacio final. Las estelas eran usadas para sacralizar el espacio o legitimar el poder asignado a las deidades”.

La también subdirectora de la Zona Arqueológica de Teotihuacán, adelantó una hipótesis: “Aunque tenemos un contexto aún por comprender en su totalidad, éste nos habla de la importancia de la piedra verde y de su vinculación con las deidades acuáticas, aquí -la Plaza de la Luna- se han encontrado las esculturas más grandes de la diosa de la fertilidad Chalchiuhtlicue, y es probable que el culto en este lugar estuviera íntimamente relacionado con ella”.

Salvo las excavaciones hechas en la Pirámide de la Luna y en el Conjunto del Quetzalpapálotl, éstas son las únicas exploraciones realizadas en la Plaza de la Luna, porque los trabajos encabezados por el arqueólogo Ponciano Salazar, en los años 60, estuvieron abocados a la liberación y restauración de los edificios de este espacio.

“Por primera vez se sabe que el espacio abierto no necesariamente está vacío de evidencia arqueológica. En general, los espacios públicos de Teotihuacán; la Ciudadela y las plazas de las pirámides del Sol y la de la Luna, tuvieron un simbolismo más allá del que vemos al final como un programa arquitectónico, urbanístico. Tal vez para sacralizar esos espacios hicieron este tipo de modificaciones. En verdad hay todo un inframundo por conocer”, explicó la directora del proyecto del INAH.