Por: Fabiola Alanís Sámano

Pensar, criticar, argumentar, es de pueblos mayores de edad

No creo en la neutralidad de los grandes empresarios de este país; hay en sus liderazgos identidades y pertenencias ideológicas; hay empresarios progresistas y también los hay colocados en la extrema derecha, sobre todo las y los más ricos, los que se han beneficiado en las últimas décadas de una política económica y social que los privilegió.

En México, la riqueza anual producida por el 64% de los mexicanos la concentra apenas el 10% de la población; hay una concentración obscena e inmoral de la riqueza y por eso la pobreza alcanza a casi 7 de cada 10 personas. La crisis económica que vive el país también les pega a las micro y pequeñas empresas, porque en el sector empresarial también hay desigualdad, con unos pocos privilegiados con prebendas y exenciones extraordinarias de impuestos, mientras la absoluta mayoría de las pequeñas y medianas empresas sobreviven a la competencia desleal y a la falta de estímulos fiscales, cuando son ellas las que generan la inmensa mayoría de las fuentes de trabajo.

En las últimas dos décadas, los ricos se han hecho más ricos y los pobres, más pobres, en un sistema de privilegios, de corrupción y de impunidad bajo el cobijo del poder político y en medio de la crisis en que hundieron al país, los beneficiarios y los medios de comunicación a su servicio se aferran al modelo desechado el 1 de julio de este año.

Por eso, cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador sostiene que su objetivo estratégico es acabar con la corrupción en el país, razones no le faltan, porque la corrupción envilece el ejercicio de lo público y genera la pérdida de miles de millones de pesos que podrían destinarse al desarrollo, el bienestar social y el crecimiento económico. De eso se trata la Cuarta Transformación (4T). Quienes sostienen que debe mantenerse el régimen de privilegios, tendrán sus razones, sus intereses personalísimos y también sus afinidades ideológicas y políticas; lo claro es lo decente.

No creo en la aparente neutralidad de algunos medios de comunicación, su naturaleza es casi siempre parcial; tampoco veo que sea una desventaja si se debate abiertamente frente a la ciudadanía; es positivo para el país el debate de las diferencias. Una sociedad democrática que se precie de serlo ha de ser receptiva a la crítica y abrir paso a la confrontación de las ideas, al fin y al cabo la sociedad no puede funcionar como una iglesia, ni una secta en donde se imponga el dogma como verdad absoluta; somos un país plural, diverso, culturalmente diferenciado por regiones y con una amplia diversidad de posturas políticas e ideológicas.

En los últimos 18 años, el actual Presidente marcó audazmente la agenda política a través de los medios de comunicación –en los cuales, por cierto, frecuentemente se le denostaba–. Cuando fue jefe de Gobierno del Distrito Federal, muy temprano, antes de que amaneciera, daba una rueda de prensa e imponía agenda y, aun así, sus detractores desplegaron perversas campañas pagadas para intentar minar su liderazgo; sucedió en 2006, cuando se impuso en la Presidencia a Felipe Calderón; sucedió en 2012, cuando los medios apostaron por la fabricación de un producto que vendiera y con las cualidades que el mercado demandaba, así se hizo de la Presidencia Enrique Peña Nieto.

El país se encamina ya a un cambio de paradigma de desarrollo que pasa por la relación desde el poder con los medios de comunicación. El Presidente ha sido claro: habrá respeto, pluralidad, aceptación de la crítica y promoción de la autocrítica; ningún tema estará vetado, pero también se acabará la relación perversa de los medios de comunicación y el poder. Parece no gustarles a algunos de los medios nacionales más influyentes del país el giro estratégico de la política con los medios y han emprendido por eso una campaña contra la 4ª Transformación. Nadie debería sorprenderse por eso; buscan poner a salvo sus intereses y los excesivos ingresos que, vía convenios, recibían de Los Pinos. Da la impresión de que no se han dado cuenta que el país ya está cambiando y no hay marcha atrás. Bienvenido el debate de las ideas, bienvenida la crítica, bienvenida la oposición; eso abona, indudablemente, a la democracia. Lo claro es lo decente.