volcán
Para las grabaciones del volcán y alrededores de este trabajo fílmico se utilizaron drones (Fotograma del documental)

Morelia, Michoacán (MiMorelia.com).- Humo negro como cuando se quema una llanta, que cada vez se hacía más grande, “y cuando se metió el sol, ese humo se volvió fuego”, recuerda María Leonor Rosas Rangel, quien esa tarde del 20 de febrero de 1943 tenía nueve años de edad y habitaba en el poblado de Combutzio o Parícutin.

“Fuego y sacaba más fuego y así siguió, y sacaba grandes rocas para el cerro que estaba formando”, apunta, mientras veía a la gente correr caóticamente hacia localidades cercanas como Zirosto y Zacán.

“Todas las personas del pueblo se fueron corriendo porque no sabían qué iba a hacer el volcán. Temían y no se llevaron nada con ellos, ni siquiera el rebozo. Así corriendo, los niños en las espaldas, algunos arrastrándolos corriendo”, señala en purépecha, su lengua materna, Leonor Rosas, de 85 años de edad y radicada en Caltzontzin al momento de dar su testimonio para el documental “Parícutin. Al otro lado”.

(Fotograma del documental)

Ese trabajo, del Laboratorio Nacional de Materiales Orales (LANMO) de la UNAM Morelia, se presentó durante la pasada edición en Michoacán de la Feria del Libro y la Rosa en abril último. De forma virtual ante la situación por la pandemia de Covid-19, y meses antes, en noviembre de 2019, se hizo de manera presencial en las comunidades donde los creadores de esa película realizaron entrevistas y grabaron video.

Andrés Arroyo Vallín, Técnico Académico del LANMO, destaca la importancia de esa producción fílmica porque a diferencia de otras, registra las palabras de quienes en la época del nacimiento del Volcán Parícutin eran niños y no lo vieron como una tragedia, ni fue doloroso partir de sus poblaciones. Esa visión distinta a la de los adultos, apunta, es precisamente su aportación principa

La erupción del volcán obligó a emigrar a pobladores de Combutzio y San Juan de las Colchas o San Juan Parangaricutiro (Fotograma del documental)

Se rodó a lo largo de un año, pues las visitas para el trabajo de campo se hicieron los fines de semana y cuando había “puentes” laborales. Contó además con la participación del Instituto de Geofísica de la UNAM, Campus Morelia, que intervino para dar la parte científica, donde los investigadores, al ver los testimonios orales, pudieron precisar cosas sobre el nacimiento del volcán, agrega.

De igual manera utilizaron drones y cámaras cinematográficas de cine digital, con lo cual se tienen imágenes particulares del volcán y alrededores. A cada testimoniado le entregaron una copia del documental y la versión de su entrevista completa. Muchos pobladores de las localidades desconocían la historia de sus abuelos, y en ese sentido, expresa Andrés Arroyo, contribuye en el tejido social.

Vulcanólogos del Instituto de Geofísica de la UNAM aportan la explicación científica (Fotograma del documental)

 

Ruidos, temblores y caballos hincados

“Antes temblaba mucho, pero no sabíamos lo que iba a pasar. Cuando empezaron a decir que iba a reventar el volcán, pero no sabían dónde”, manifiesta Bertha Pérez Rojas, originaria de Combutzio y con seis años de edad entonces.

María Gutiérrez Aguilar es de Caltzontzin, ya cuando sus padres salieron de su localidad por el nacimiento del volcán, por lo cual no le tocó presenciarlo. Pero su papá sí, quien en ese tiempo tenía 12 o 13 años. Como dormían en un petate, dice, alcanzaban a escuchar mucho ruido abajo, en el suelo. “Seguramente era el fuego que no podía respirar ese volcán que salió; que no podía respirar, por eso se oía mucho ruido. Oía ruido en la noche (mi papá) y luego empezaba a temblar (en el suelo)”.

Espiridión Chávez Toral vio la primera luz de vida en Combutzio. Contaba con 15 años de edad cuando apareció el Parícutin, y le tocó observar un fenómeno curioso. Cuando temblaba, antes de la erupción, dos caballos se hincaban. “¿Motivos, causas?, no sé por qué se hincaban”.

Los más pequeños tenían otra forma de actuar y divertirse, con el caso de los temblores. Con seis años de edad, Cecilio Toral Cervantes relata: “La gente grande haciendo sus penitencias en todo, y nosotros los niños ahí nos tirábamos al suelo para que sintiéramos que nos mecían”.

Volcán y olas de lumbre

Fue el 20 de febrero de 1943. El volcán se formó a lo largo de una grieta en la tierra por donde el magma ascendió hasta la superficie, y produjo la erupción, formándose un cono de escoria, indica el volcanólogo del Instituto de Geofísica de la UNAM Morelia, Xavier de Bolós.

Los primeros tres meses resultaron los más explosivos de la erupción, y fueron las fases que generaron el mayor crecimiento volcánico, agrega el especialista en el documental “Parícutin. Al otro lado”.

El Parícutin forma parte de la zona volcánica Michoacán-Guanajuato, activa actualmente, y la mayor en volcanes monogenéticos del mundo, que hacen erupción una sola vez y no vuelven a tener actividad. Cuenta a la fecha con unos mil 200, de los cuales más de 250 están en la Meseta Purépecha, anota.

Registró actividad hasta el 4 de marzo de 1952, poco más de nueve años después de surgir, y por eso fue el más estudiado por especialistas.

Los nueve años de Francisca Anguiano Rangel vieron, luego de que “tronó” el volcán, volar piedras prendidas y escuchar palabras de que “el mundo se va a acabar”.

(Fotograma del documental)

El humo oscureció el día esa tarde -a las 16:00 horas- cuando decidió aparecer el Parícutin. “Ya no se veía nada”, expresa Bertha Pérez, también de seis años aquel día. Escuchaba cómo corría la gente, “como podía” para buscar refugio. Sin zapatos, porque antes no usaban.

Con 12 años de vida, Ermelinda Ruiz Contreras, quien nació en San Juan de las Colchas o San Juan Parangaricutiro, miraba cómo “volaban las olas de lumbre”, y refiere el episodio cuando con su hermana fueron a ver la lava que se paseaba por su localidad, que llegaba al panteón y tapaba las tumbas de sus difuntos. También le tocó presenciar cómo se llenaba la barranca profunda y ancha del otro lado. Fue un espectáculo bonito y no tenía miedo.

Aniceto Velázquez Contreras, originario de San Juan Viejo y de ocho años de edad en 1943, cuenta que a ellos “como chamaquitos nos daba gusto cuando estaba aventando bocanadas de lumbre (el volcán), porque en la noche había aquí muy poca luz, no había luz eléctrica”.

Se iluminaba el cielo y el pueblo, “y nosotros contentos, brincábamos de gusto, chamaquillos, y la gente mayor no, la gente mayor se arrodillaba y se ponía en cruz, con golpes de pecho. Es decir que se atemorizaban y nosotros no. Nosotros nos reíamos de los mayores; tan grandes y tan cobardes”, rememora.

“Era una tristeza ver a los animalitos muertos”

Otros afectados por la erupción: los animales domésticos. La lava, que “era como atole; las piedras prendiendo, rodando, rodando, y al tiempo que les pegaba el aire, se cuajaba”, señala María Gutiérrez, quien guarda la memoria de sus padres sobre ese suceso histórico que ellos vivieron en primera fila.

Al poco tiempo que la lava cubriera el suelo, ya no había zacate o pasto para que el ganado se alimentara. Tampoco tenían agua para satisfacer su sed, y vacas, caballos, borregos empezaron a fallecer. “Dice mi papá, era una tristeza de ver los animalitos muertos”.

Los pobladores se acostumbraron a vivir un tiempo en ese ambiente, donde además era común en el ambiente la ceniza y arena volcánica. A Ermelinda Ruiz, cuando molían en nixtamal, le caía “el chorrito de arena” en su cabello y nuca.

Igual a una vaca que su familia tenía, debían quitarle frecuentemente de su lomo la ceniza proveniente del flamante Parícutin. Ese ganado, cuenta, lo vendió su papá, aunque daba leche; “pero ni modo, ya se había acabado la comida. Todo el pasto se tapó”.

La vida cambió. De ser una localidad sin mucha población, de pronto llegaron investigadores, periodistas y curiosos, de México y otros países. A Primitivo Anguiano Martínez, quien nació en San Juan de las Colchas, su padre lo mandaba para “llevar turistas al volcán”, en el caballo propiedad de la familia.

“Toda la noche había turismo. Más cerca (del volcán) había puestos donde vendían comida; gente de San Juan había puesto puestecitos”, agrega. Entonces tenía 10 años de edad.

Son unos pecadores

Las familias de San Juan Parangaricutiro o San Juan de las Colchas y Combutzio, emigraron. Varias forzadas por militares. “Venía el ejército a querer sacarnos a la fuerza; que era peligroso. Sí, pues, a dónde nos van a llevar. Tenían órdenes de sacarnos de aquí a como dé lugar”, señala Aniceto Velázquez, con la incertidumbre de qué pasaría.

Después hicieron su nueva vida en localidades como Caltzontzin, San Juan Nuevo, Angahuan. Como Cecilio Toral y su familia, que llegaron a Caltzontzin el 10 de junio de 1943, cerca de cuatro meses luego de la erupción. “Cuando la lumbre nos llegó casi a las patas”, se salieron de Combutzio.

También recuerda algo que “sacaron” aquella época. En Charapan a gente en misa, el sacerdote les dijo: “si viene gente de Parícutin, mándenlos para afuera porque ellos son unos pecadores, por eso reventó el volcán en su pueblo”.

A San Juan Nuevo, María Leonor Rosas Rangel llevó sus nueve años, al lado de su familia. “Nosotros con harto miedo y había muchachas, ellas no tenían tanto miedo, como no era en su pueblo (la erupción), toda la noche cantaron… y nosotros temblando de miedo”.

“Parícutin. Al otro lado”, tiene duración de 41 minutos y recoge 11 testimonios de testigos presenciales o a través de la memoria de sus padres, así como de tres investigadores. Participaron en el documental del Laboratorio Nacional de Materiales Orales del campus Morelia de la UNAM, Andrés Arroyo, Karla Ríos, Xavier de Bolós, Georgina Alanís, Leonardo Sotelo, Bianca Pizano, Daniel Romero, Citlali Reyes, Zuleyma Martínez, Sue Meneses, Diego Romero, Eduardo García, José Luis Macías, Santiago Cortés y Berenice Granados.

Por: Redacción