Los virus SARS-CoV-2, que emergieron del vientre de un dragón chino, como si se tratara de guerreros escondidos en un Caballo de Troya, en medio de la oscuridad y del adormecimiento de todos, se han dispersado por el mundo, para parir como una plaga demonial a la pandemia del Covid-19.
En cinco meses de batallas del ejército viral contra la humanidad, el mundo sabe que hay casi seis millones de enfermos detectados, al rededor de trescientos sesenta mil muertos, millones de enfermos que no se conocen y que el SARS-CoV-2 sigue vivo y goza de cabal “salud”
En cinco meses, millones de personas se han guarecido en sus casas y muchos millones más no lo han hecho por necesidad, por ignorancia, por convicción propia o por valemadrismo.
En cinco meses, los gobiernos, los partidos, los grupos de interés y las grandes empresas han disminuido su actividad, y con ello sus “beneficios”, pero no han dejado actuar, ni de usar los medios de comunicación, a veces de su propiedad o bajo su administración, como si fueran armas contra sus oponentes, para acusarse reciprocamente y llamar públicamente lo mismo al cuidado que al desapendejamiento y a la movilidad social.
En cinco meses, los hombres y mujeres de blanco han sido iconizados y atacados por personas de una misma raiz, pero con diferente fruto.
En cinco meses, muchos hombres y mujeres continuan trabajando la tierra, pescando en lagunas y mares, laborando en fábricas hediondas, transportando, aseando casas, cuidando enfermos, sacando a pasear a los perros en lugar de sus propietarios y recreando el arte en los cruceros de las calles.
En esos cinco meses, los vástagos de la injusticia han seguido brotando con cara de delitos, pensiones alimenticias insatisfechas, violencia intrafamiliar, despidos y un verdadero conglomerado de violaciones al orden legal.
En cinco meses, en el mundo, quien ha tenido los recursos suficientes ha podido pagar los servicios, las colegiaturas y alimentarse, con la tragedia de que muchos no.
Y en esos cinco meses, presionados por la vida (paradójicamente “por la vida”) y los intereses políticos y económicos, ha comenzado un periodo de “transición en busca de la normalidad de la vida”, no de una nueva normalidad (como si por decreto o declaración se creará una nueva normalidad).
En solo cinco meses, y en México en tres, se ha pasado del llamado de retirada a la convocatoria a la libertad modulada de los humanos.
La transición a la normalidad de la vida, tendrá en México como valuartes el cubrebocas, el manejo adecuado de las distancias y como escudo imprescindible y bien reluciente: una estampita del santo o santa a quien usted le rece.
Y lo único, claro, en medio del asalto de los virus SARS-CoV-2 a la humanidad, es que prácticamente todo o mucho de lo que ha pasado y está por pasar tiene un velo de duda, de confusión. ¿Cuál es la verdad?
En el mundo, ni en México, existe un Juez Hércules omnipotente que dicte sentencia y de paso a la justicia y a la verdad. Eso es triste.
Es triste porque quiere decir que el derecho que está llamado a imponerse, a pretender lo correcto y a que germine escuchando a todos por igual y con libertad, en general no ha logrado su cometido, o bien, solo lo ha logrado en parte, en una pequeña parte.
En esta guerra pandémica ha prevalecido el poder del dinero, el poder de algunos con poder público, incluso el poder mediático sobre el poder del derecho.
En realidad, buena parte de la humanidad y de los habitantes del país, deberíamos estar indignados por esta confusión y deberíamos hacer cosas (legítimas claro), por esta falta de sinceridad, por esta falta de derecho justo en el actuar.
Pero claro, es más gratificante tomarse una cerveza fría, es más fácil encender el televisor y ver cómo el mundo transcurre allá afuera, como si fuera ajeno, como si fuera una realidad alterna.
A menos, claro está, que esa injusticia implique que su equipo de futbol pueda ser trasladado a una sede diferente, porque eso sí que ingre y moviliza.
Salud.