El mejor amigo de mi vida, hasta el día de hoy, fue Leobardo Gómez Aureoles. Lo valoro así, porque el origen y el tiempo que duró la amistad estuvo exenta del tufo del interés o de segundas intenciones.

La forma en cómo ambos concebíamos la vida, la política y el mundo era muy similar, pues por poner un ejemplo, no éramos partidarios del frenesí del alcohol, ni de la fiesta continua; pero si lo éramos del estudio, de las causas sociales justas (Así, en 1988 apreciamos bien el movimiento de ruptura política con el rostro del Frente Democrático Nacional) y de la fidelidad personal a las novias de cada uno.

Quizá un evento de contraste pueda mostrar de mejor manera lo transparente y desinteresado de la amistad con Leobardo:

El elemento de comparación, viene dado por un compañero -que no fue Leobardo- al cual conocí en la preparatoria y al cual, justamente conocí ayudándole a resolver un problema de algebra que él no entendía, luego le apoye en diversas formas durante la licenciatura, su solicitud le ayudé a ese compañero ingresar al Poder Judicial del Estado, lo nombre secretario una vez (siendo yo juez) lo nombre secretario una segunda vez (también siendo yo juez), luego a su petición lo introduje como secretario de un tribunal de circuito y esto le cambió la vida hasta el día de hoy.

Al paso del tiempo, ese compañero tan asiduo mientras se dieron los eventos anteriores, perdió la memoria y se olvidó de la amistad, dando por zanjada la «amistad» con un solo soporte a mi favor, como si pensara que frente al jardín de apoyos que le brindé «por amistad» una flor «por pago» que me brindó y no por amistad, fuera el «precio de la amistad».

Que ese compañero lo viera así, me hizo entender que la amistad entre ese compañero y quien esto escribe, no fue amistad, fue algo diverso.

Con Leobardo, la situación fue por completo distinto, pues cuando él necesitó de un empleo y yo estuve en posición de lograrlo para él, yo le ofrecí el auxilio y él simplemente me dijo que no, que prefería lograrlo por él mismo.

De momento, no entendí la actitud de Leobardo, porque para mí era la amistad lo que me impulsaba a ayudar al amigo que lo necesitaba; pero luego comprendí que la conducta de Leobardo tenía su raíz en el orgullo genuino, tanto como en el respeto a nuestra amistad que no quería manchar con la duda del interés que habría supuesto aceptar mi apoyo.

Eso me hizo valorar más la amistad que tuve con Leobardo y reconocer que era una amistad legítima, de verdad, no por interés, ni por ventaja.

Hablar en tiempo pasado de esa amistad con Leobardo, no es porque se haya malogrado, sino porque Leobardo falleció poco antes de concluir la carrera, en un accidente automovilístico, cuando en compañía de otro compañero que conducía una pequeña camioneta, llevaban una bocina a un taller para su compostura y un coche invadió su carril y Leobardo -quien era copiloto- fue quien recibió el golpe mayor.

Estuve en su velatorio y no me separé, sino hasta que su familia vino por él, para sepultarle en su lugar de origen.

De eso hace ya más de 20 años y sigo pensando lo mismo: Leobardo ha sido hasta hoy el mejor amigo que he tenido.

El «pero» del caso es que jamás le dije lo valioso que para mi resultó su amistad, como tampoco él lo hizo conmigo, y esto se debe a esa actitud tabú de que eso no se hace, ni se dice, lo cual es un mero prejuicio.

Después de su muerte, es claro que no es posible reconocerlo ante él y esto es algo que me acompañara durante toda la vida, más aún porque se ha de reconocer lo difícil que es encontrar amigos de verdad.

Pero su muerte, al menos me ha dejado la enseñanza de que uno no debe de guardar para sí el reconocimiento que tenga para otra persona, que uno debe dejar a un lado los prejuicios y si profesas amistad a alguien hay que hacerlo patente, y si quieres a tu pareja, a tus hijos, a tus padres, a tus hermanos, no les regatees el cariño, porque la muerte llega en cualquier momento, en cualquier lugar, de cualquier modo y no distingue a nadie.

Después de la muerte, todo aquello que hayas querido hacer en vida de quien ha partido, no será posible y ese peso se llevará por todo el tiempo que dure la vida de quien se ha quedado un poco más en este mundo.

Después de la muerte no hay segundas oportunidades, porque quien ha muerto, ha fallecido irremediablemente.

Ojalá se entienda que después de la muerte, solo queda el recuerdo, el cual es valioso; pero son tanto más valiosas las vivencias con el amigo verdadero, con tus padres, con tus hijos, con tus hermanos, con tu pareja y con aquellos a quienes quieres, porque justo esas vivencias son la fuente de las memorias, después de la muerte.