Por: Eduardo Pérez Arroyo/@edoperezarroyo

Morelia, Michoacán (MiMorelia.com).- Es otro día normal en Morelia. Esteban, que en realidad no se llama Esteban, asegura que aquí pocas veces puede desayunar.

—Vienen los automovilistas todos apurados y en las mañanas es cuando mejor me va.

A esta hora, la misma en que muchos ascienden a los corporativos, colegios y empresas de Tres Marías, una nueva fila de vehículos amenaza no detenerse nunca. Son las 08:25 en la salida a Mil Cumbres. Esteban y otros varios de sus pequeños colegas se trepan a los carros, limpian los vidrios, de vez en cuando recogen el dinero que alguien les da.

La mayoría no me da nada. A veces me enojo y les dejo el vidrio sucio. O les grito.

Los automovilistas, dice se enfadan porque se trepa a las llantas para alcanzar el vidrio. Hace un mes uno de ellos movió su carro mientras Esteban permanecía sobre la llanta y se fue de bruces al suelo.

—Mi hermano estaba ahí al lado —dice, apuntando al callejón que atraviesa el último tramo de Camelinas de este a oeste—. Pero no me vino a ayudar.

(Foto: Eduardo Pérez Arroyo)

Esteban es uno de los tantos limpiavidrios que permanecen a estas horas en la zona. Los tránsitos, dice, lo han agarrado dos veces, pero lo sueltan porque no tienen nada de qué acusarlo. Vive con su familia en Misión del Valle, y cada mañana viaja con su hermano a Morelia para trabajar. A veces, dice, cuando no come la noche anterior, entra al Walmart de Mil Cumbres y roba algo.

Algunos guardias me conocen, y a veces me dejan llevarme algo.

Dice que al rato se dará una vuelta, a ver si lo dejan entrar y tiene suerte.

Esteban no es el único en este pequeño universo laboral. Unos metros más allá, justo en donde se paran los camiones verdes que salen a Mil Cumbres o al Cereso, hay unos puestos de frutas, comidas y garnachas. En medio de la calle, una anciana vende unos juguetes artesanales. También hay al menos otros dos limpiavidrios cuyas pertenencias descansan bajo el ultimo árbol del bandejón. Bajo otro árbol descansa un muchacho que vende paletas de esas que electrocutan a los zancudos.

“Todo niño debe gozar de los beneficios de la seguridad social. Tendrá derecho a crecer y desarrollarse en buena salud; con este fin deberá proporcionarse, tanto a él como a su madre, cuidados especiales, incluso atención prenatal y posnatal. Todo niño tendrá derecho a disfrutar de alimentación, vivienda, recreo y servicios médicos adecuados”. Principio IV, Declaración de los Derechos del Niño.

Esteban tiene 10 años.

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Michoacán es de los estados que menos oportunidades ofrece a la infancia. Según la encuesta Módulo de Trabajo Infantil 2017, elaborada por el Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (Inegi), la entidad permanece en el décimo lugar nacional de 2 estados en cuanto a los índices de trabajo infantil.

La cifra estatal es del 15.4 %, por sobre el promedio nacional de 11 % y mucho mayor que el estado de Querétaro, el mejor situado en ese ítem con un 5,3 %.

El artículo 123 de la Constitución Política de México prohíbe “el trabajo por debajo de los 15 años, así como en labores insalubres o peligrosas, trabajos nocturnos y tiempo extraordinario”, y establece una jornada máxima de 6 horas diarias para los mayores de 15 años y menores de 16 años de edad. El Convenio 138 de la Organización Internacional del Trabajo, que México firmó en 2015, elevó de 14 a 15 años la edad mínima para trabajar.

Pero las buenas intenciones no bastan. En Michoacán, según el mismo Inegi, en el año 2013 la tasa de ocupación infantil era de 10.9%, casi cinco puntos menos que en la actualidad. Las cifras también muestran que en la entidad hay una relación directa entre la cifra de niños que trabajan y los que no asisten a la escuela: más trabajo infantil, menos educación. En esta última variable, apenas en 2017 Michoacán en un deshonroso segundo lugar nacional.

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“Todo niño gozará de una protección especial y dispondrá de oportunidades y servicios, dispensado todo ello por la ley y por otros medios, para que pueda desarrollarse física, mental, moral, espiritual y socialmente en forma saludable y normal, así como en condiciones de libertad y dignidad”. Principio II, Declaración de los Derechos del Niño.

Esteban nunca ha ido a la escuela. Algunos de sus hermanos sí van y sus padres quieren que él también lo haga. Pero él no quiere. Trabajando con su hermano, dice, le alcanza para comprarse lo que quiere y a veces hasta para que le den permiso de salir con sus amigos a cambio de dejar algo de dinero.

—Ayer le dije a mi mamá: te pago 50 pesos si me dejas quedarme en Morelia. Ella tomó los 50 pesos y no me dijo nada.

(Foto: Eduardo Pérez Arroyo)

Dice que siempre encuentra algún lugar donde pasarla noche.

Duermo con unos amigos de mi hermano. Otras veces en el cajero de Banorte que está aquí al lado. Pero casi siempre duermo en mi casa.

Previsiblemente, Esteban es receloso. Cuesta hablar con él. De pronto, cuando la confianza ya parece instalada, se aleja corriendo hacia los carros que permanecen ante la luz roja del semáforo. Otras veces solo se aleja para no tener que hablar. Cuando habla dice que si tiene suerte recibe un promedio de tres pesos por semáforo. Pero eso es cuando tiene suerte. La mayoría de las veces los limpiavidrios que son mayores que él, incluso su propio hermano, le arrebatan el turno y lo obligan a esperar.

—Mi hermano me pide la mitad de lo que gano por dejarme trabajar con él y cuidarme.

De pronto advierte que ni su hermano ni ninguno de los otros anda cerca, y un carro blanco con dos muchachas jóvenes le parece una buena oportunidad. Pero desde el carro la chica que conduce le hace un gesto perentorio. Esteban se aleja sin limpiar los restos de jabón en el parabrisas. La chica le reclama.

—Por pinche culo, perra— le grita él.

La chica ofuscada, baja el vidrio y le hace un gesto obsceno antes de doblar en dirección a Tres Marías.

Esteban solo se ríe.

—Hoy llegué tarde y traigo poco dinero —dice—. Al rato voy a quizá tenga que ir de nuevo a Walmart.

La falta de desayuno, cuenta, no se debe a que trabaje temprano todos los días. De hecho solo trabaja unas pocas mañanas, ya que generalmente empieza al mediodía. A veces el trabajo lo encuentra en la salida a Mil Cumbres, otras veces en la Francisco J. Múgica con La Huerta, otras veces en la calzada Juárez junto al río. Nunca planifica y en su trabajo el azar es la norma. Pero casi nunca, aunque se quede en casa, tiene desayuno.

Dice que sus papás no lo quieren.

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Según UNICEF, en la actualidad cerca de 246 millones de niños son víctimas del trabajo infantil en todo el mundo.

(Foto: @UNICEFMexico)

En su estudio “El entorno familiar y el trabajo de niñas y niños de 5 a 11 años: México en 2007 y 2013”, elaborado con datos del Inegi, las académicas Sarai Miranda-Juárez y Emma Liliana Navarrete explican que en el trabajo infantil participan más niños que niñas, tanto como para que pueda decirse que “la ocupación de los menores está eminentemente masculinizada”.

Las especialistas agregan que, desde el punto de vista histórico, desde los albores del capitalismo el trabajo infantil se transformó y los niños comenzaron a ser parte de las labores fuera de casa, con lo cual “comenzó la gran explotación, los bajos salarios, las jornadas extenuantes y las repercusiones físicas, psicológicas y educativas”.

Explican que en la realidad mexicana “la actividad de los niños y las niñas es un recurso que apoya la economía de sus hogares (…) en ocasiones por el ahorro que implica que el costo de ciertos gastos sea cubierto por el mismo menor”.

Finalmente, aseguran que el tamaño del hogar es una característica relevante: “el acuerdo generalizado en los estudios sobre el trabajo infantil es que entre más integrantes haya en el hogar las necesidades materiales aumentarán, y el uso de la mano de obra de los hijos e hijas será una estrategia para sortear los efectos de los costos de un gran número de integrantes”…

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“Todo niño, para el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad, necesita amor y comprensión. Siempre que sea posible, deberá crecer al amparo y bajo la responsabilidad de sus padres y, en todo caso, en un ambiente de afecto y de seguridad moral y material; salvo circunstancias excepcionales, no deberá separarse al niño de corta edad de su madre”. Principio VI, Declaración de los Derechos del Niño.

Las historias están ahí, pero no las vemos. Cada crucero de Morelia es un micromundo en donde conviven vidas enteras, pero rara vez nos detenemos a observarlas. Esteban me reconoce y se acerca a ofrecerme limpiar el parabrisas. Le digo que sí. Inmediatamente otros dos muchachos mayores se acercan y le arrebatan el lugar.

Uno de ellos, me dirá después, era su hermano. En total tiene siete hermanos.

Pero en la esquina de Camelinas y la salida a Mil Cumbres su historia quizá no es la más dramática. Justo donde termina Acueducto, al lado de fuente Del Caminero, una chica vende dulces. Parece extremadamente joven, tiene aspecto indígena y a su espalda un rebozo sostiene a una pequeña de no más de un año.

A una calle de distancia, en la zona donde permanece Esteban junto a los demás limpiavidrios, está su otra hija.

—Hola. Me llamo Guadalupe —dice la pequeña, sin sonreír.

A simple vista aparenta unos cinco años. A la hora de ofrecer sus productos a los automovilistas –unas bolas de plástico parecidas a las esferas de Tlapajahua– maneja la caja con seguridad. Su ademán se transforma, sin embargo, cuando de pronto el contenido se le cae al piso.

—Espera, te ayudo a recogerlas.

Pero Guadalupe no siente alivio. Mira a los lados y sus ojos muestran evidente temor. Parece una niña pequeña encontrada en falta, preocupada de que alguien, tal vez su madre, la reprenda por lo que hizo. Por un instante aflora toda la inocencia de sus pocos años. Es normal: es una niña trabajando como una adulta.

(Foto: Eduardo Pérez Arroyo)

Le ayudo con sus esferas. A diferencia de Esteban, no tiene ningún interés en conversar. Le compro una de sus figuritas y logro que me diga algunas palabras. Dice que no va a la escuela. Dice que trabaja para que su mamá le pueda comprar leche a su hermanito.

—Mi mamá está ahí —dice, apuntando a la joven indígena que permanece junto a la fuente—, pero cuando tiene que darle la leche a mi hermanito y me deja sola. Aunque después regresa.

Dice que tiene miedo de que un día su mamá no regrese.

La historia es cíclica y muchas veces esas repeticiones terminan en tragedia. Guadalupe dice que casi todos los días los limpiavidrios –entre ellos Esteban– le piden cuota para dejarla trabajar. Dicen que la cuidan, pero siempre que ella les dé dinero a cambio.

Unos metros más allá, Esteban espera que los limpiavidrios mayores le cedan el turno.

Es otro día normal en Morelia.

CA