En cada actitud y palabra AM se entrega. Hay hechos como el de BOA que revelan rasgos inquietantes del presidente.

El secretario de prensa, en una mañanera, lee un comunicado que promueve la oposición a MO–NA en las elecciones legislativas y la revocación del mandato del presidente.

Se trata de un panfleto espurio, al que se le da demasiada importancia.

El presidente lo toma como un complot, como que se está cocinando un golpe de estado.

¿Qué está enseñando AM con esta actitud?

¿Quién se cree, un simple servidor público, con cualidades y defectos, que no es indispensable, que comete equivocaciones y es vulnerable, criticable? ¿No se toma por un ser superior al que no se puede tocar ni criticar porque se comete un crimen de lesa majestad? ¿Es un fetiche que no se puede testerear con una crítica porque se desencadenan fuerzas misteriosas y el rayo de la muerte?

¿Es un individuo que toda la gente debe seguir, venerar como un ídolo, un falso dios?

Esta es la raza de tiranos, que se sienten mesías, y líderes iluminados que todos, absolutamente todos deben venerar, obedecer. En realidad son los tiranos, una raza que está lejos de extinguirse.

No lejos hay ejemplares de tiranos. Cerca hay uno por quien Manuel Andrés muestra afinidad, Nicolás Maduro, que causa una desgracia nacional y prepara una hecatombe. El fundador de la dinastía, Hugo Chávez quería perpetuarse en el poder y ser inmortal. No contaba con el cáncer.

Ahí hay una enajenación, esas ideas no son normales en un ser sano mentalmente. Ciertamente hay contaminación de la ebriedad del poder.

Parece sentirse Júpiter o Huitzilopochtli. ¡Ay de aquel que se atreva a tocarlo, comete delito de lesa majestad y desata el furor de los dioses y el aniquilamiento.

Por razones muy diferentes, obra por capricho, es obstinado, cerrado y se sale con la suya, y hace que le obedezca su partido, tenga razón o no.

Sus actitudes han mostrado, como un componente fuerte de su personalidad que no tienen cuenta el orden moral, para él no tienen valor la ley y las instituciones. Tiene comportamientos por encima del bien, de la verdad, de la justicia que se expresa en el estado de derecho.

México necesita un presidente muy sabio y equilibrado, un estadista capaz de tener la visión de México, de su bien. En otras palabras México necesita un presidente maduro y virtuoso.

El primer valor que debemos buscar todos los mexicanos es el bien común de todos y no alhagar y complacer al presidente.

Hay que respetarlo y apreciarlo, reconocerle sus virtudes y aplaudirle sus logros. Pero como no es un diosecillo, hay que saber detectar sus limitaciones, errores y vicios.

¡Cómo pone toda su atención en intereses políticos, secundarios mientras el pueblo muere y condenan a muerte a los trabajadores de salud! La ola de muerte y enfermedad del Covid-19 azota a la población causando muertes, enfermedades, gravísimos problemas en las familias y en la sociedad!

Mientras tanto el flamante presidente y su gran movimiento de MO—NA están ocupados en la desaparición de los órganos autónomos y la concentración del poder en el presidente dándole poderes dictatoriales y preparando la dictadura .

¿Quién convocará a todos los mexicanos, los de las élites y las multitudes de personas sencillas y humildes, siempre sabias, muy respetables para que despierten y defiendan la democracia y detengan la catástrofe que viene?

Cada mexicano es responsable de la nación, y debe apoyar al gobierno para que recapacite, asuma la realidad como un servidor público y no como un líder iluminado.

Hay que reconocer la gran capacidad y dignidad de cada mexicano. Es la primera tarea en la conducción del país: que cada hermano se levante de su mugre y de su postración y descubra su dignidad única y su capacidad de transformar el país.

La dignidad del más humilde ciudadano debe ser servida por el presidente y los partidos políticos.

Hay que ayudar a cada hermano a que reaccione y se conozca a sí mismo, según la máxima de Sócrates (noti seauton, conócete a ti mismo), su altísimo valor y su capacidad insospechada de transformar el país.

Los creyentes tenemos un modelo, punto de referencia para valorar a los líderes y servidores públicos. Es Jesucristo, el Hijo de Dios que dio un paso decisivo en la historia de la humanidad e inauguró un mundo nuevo de la verdad, la justicia, el respeto a los humildes, el cumplimiento pleno de la ley.

El, siendo Dios altísimo no vino a a presumir sus poderes divinos. Al contrario, se rebajó y se hizo uno como nosotros y tomó la condición de esclavo. Siendo el Maestro y Guía se hizo el servidor de todos y dio su vida en circunstancias crueles y humillantes, en la cruz, como el último de los criminales para cambiar las cosas y tener un país sin corrupción ni mentira ni clases dominantes corruptas.

Hace tiempo, escribió Ríus en Los Agachados: “Dios, como hombre, es el más sublime de los hombres. El hombre como Dios es el más estúpido de los dioses”. El hombre que se se siente un ser superior es lo más hueco y deleznable.