"Pese a cumplir rigurosamente con las necesidades económicas de su hijo, e incluso de asumir por completo los gastos médicos o imprevistos, tenía el temor permanente de no poder ver a su hijo" (Foto: Mundo Mujer)

Por: Eduardo Pérez Arroyo/@edoperezarroyo

Morelia, Michoacán (MiMorelia.com).-

Veo a mi hijo sólo los martes por la tarde, y los domingos —dice Edgardo—. Es por el trabajo.

Edgardo vive en Morelia. Hace tres años se separó de la mujer con quien tuvo a su hijo. Su paradoja, comenta, es no estar con él por su trabajo, aunque finalmente trabaja para estar con él.

—Mi mujer me dijo: o pagas o no lo ves más. Si no doy dinero no puedo verlo.

Por distintas razones ha delegado la crianza en la madre. Pese a cumplir rigurosamente con las necesidades económicas de su hijo, e incluso de asumir por completo los gastos médicos o imprevistos, tenía el temor permanente de no poder ver a su hijo.

—En cualquier momento amenaza con quitármelo de nuevo.

Casi sin excepción, e independientemente de las circunstancias, en México la legislación favorece a las mujeres.

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No es común escuchar sobre la violencia de pareja ejercida contra los hombres en el país, pero las historias existen. En Michoacán, la cifra registrada aún es marginal: en 2017, la Secretaría de Igualdad Sustantiva afirmó que los casos que afectaban a hombres eran menos del 1%.

Sin embargo, la misma dependencia indicó que en tanto más conciencia haya de que el problema es real, más casos aparecerán.

Uno de los estudios más citados sobre el tema a nivel nacional es “Varones víctimas de violencia doméstica: un estudio exploratorio acerca de su percepción y aceptación”, de Patricia Trujano, Aimé Edith Martínez y Samanta Inés Camacho, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Entre los reclamos recurrentes de los hombres respecto del maltrato que sufrían aparecen “mi pareja no me informa cuánto gana o tiene, pero me presiona para saber cuánto tengo yo”, y “mi pareja decide sin mí cómo distribuir su dinero, pero interfiere en cómo lo hago yo”.

Otro estudio, “Hombres violentados en la pareja. Jóvenes de Baja California, México”, de Teresa Fernández de Juan y Humberto González Galbán, establece que un 47.6% de los hombres jóvenes reconoce haber sido víctima de algún tipo de violencia (excepto extrema) de parte de su pareja. La cifra es sólo seis puntos porcentuales inferior a la revelada por las jóvenes que se encontraban en igual situación.

En cuanto a los motivos, “para los hombres jóvenes, el orden de las causas que provocaron disputas es similar al de las mujeres, salvo el hecho de que éstos perciben el dinero como el factor más importante”.

En otras palabras: no es necesario tener mayor fuerza física o capacidad económica para maltratar a alguien.

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—Hasta hace dos años trabajaba por las tardes —dice Edgardo—. Aparte de los domingos, veía a mi hijo los martes, jueves y viernes desde las 13:30 hasta las 21:00, pero debía pagar manutención, escuela…

Tras egresar exitosamente de una maestría en Filosofía de la Cultura de la Universidad Michoacana, el mundo laboral no se abrió como se suponía.

—Tuve que buscar cualquier trabajo por las tardes. Pero entonces no tuve tiempo para nada: recogía a mi hijo, pasaba por su abuela para que lo cuidara, me iba a trabajar, regresaba por mi hijo y lo llevaba con su madre. Tuve que decidirme: sólo lo vería un día a la semana.

La solución le dejó más tiempo, pero también más culpas.

—Mi hijo lo resentía —dice—. Yo no estaba presente y él estaba muy enojado.

Hoy su hijo tiene tres años.

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La violencia familiar ocurre entre personas que tienen una relación íntima y puede adoptar muchas formas: maltrato emocional, sexual y físico, amenazas de abuso… Desde la Psicología, se ha establecido que las relaciones abusivas suponen un desequilibrio del poder y el control al interior de la pareja.

La Psicología explica también que cualquier integrante de una relación puede ser víctima si la pareja ofende, insulta o menosprecia, impide ir al trabajo o la escuela y ver a familiares o amigos, intenta controlar cómo se gasta el dinero o la vestimenta, tiene actitudes celosas y posesivas, acusa constantemente de infidelidades u obliga a tener relaciones sexuales o a participar en actos sexuales sin consentimiento, entre otros factores.

En 2017, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) reportó que ocho de cada 10 jóvenes son maltratados por sus novias de manera física, psicológica, sexual o económica. Sin embargo, de cada cuatro casos donde el hombre resulta agredido por su pareja, sólo uno denuncia.

“Sacar a la luz que los hombres también pueden ser objeto de la violencia doméstica ha producido un giro en las investigaciones, escasas aún”, indican las investigadoras de la UNAM. “Cada vez más varones se atreven a denunciar enfrentando a una sociedad que parece repetir que son casos aislados… Argumentar que ellos son más grandes y fuertes, o que si una mujer violenta a su marido es siempre en defensa propia (…) es no tener memoria y borrar de un plumazo años de valiosas luchas feministas en pro de la equidad”.

(Especial)

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—Cuando acordamos mi relación con mi hijo se fijó un monto —narra Edgardo—. Entonces yo tenía trabajo y una beca de maestría. Le daba 3 mil pesos al mes, más los insumos: los pañales, la leche… pero mi beca acabó, y debí reducir lo que le daba hasta que pudiera sumar otros ingresos.

Ella, dice, lo tomó mal. Lo acusó de irresponsable. Le recriminó que no cumplía sus responsabilidades.

—Eso es falso —dice Edgardo—. Nunca dejé de dar puntualmente lo que correspondiera.
Entonces la dinámica comenzó a ser: si no me das el dinero que me dabas antes, no ves a tu hijo.

Dos circunstancias, asegura Edgardo, comenzaron a perturbarlo.

—Ella también trabajaba y ganaba dinero, y además sus padres la apoyaban. No es que ella y mi hijo estuvieran solos en el mundo, pero yo tenía que seguir asumiendo la mayoría de los gastos.

La segunda circunstancia se acercaba peligrosamente a lo que los diversos estudios consideran violencia familiar.

—Me decía: “es que no cumples tus obligaciones”. Le preguntaba a qué se refería. Me respondía: “tú sabes, tú sabes…”. Nunca entendí qué era, porque yo sí cumplía con mi hijo.

Entonces llegué a la conclusión: se trataba de aspectos sexuales… En realidad me pedía que tuviéramos relaciones.

El detalle, recuerda Edgardo, es que ya estaban separados.

—Me exigía ubicarme en un lugar en el que de común acuerdo habíamos dado por superado.

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En Michoacán existe la “Ley por una vida libre de violencia hacia las mujeres en el estado”.

Según el artículo 3, los sujetos de derecho son “las mujeres que se encuentren dentro del territorio del estado”.

No hay ninguna norma similar en el caso de los hombres.

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Nunca me pidió mi opinión —asegura Edgardo—. Lo cambió desde una guardería de la Sedesol a otra de paga. Sólo me dijo: necesito el dinero, y se lo di. También lo cambió de pediatra… Yo nunca me enteraba de eso.

No paró ahí.

—Hace cerca de siete meses comenzó otra vez a decirme que yo no cumplía mis obligaciones con ella…

Una amiga le aconsejó: “si quiere prohibirte ver a tu hijo, acéptalo para que ella se dé cuenta de que no puede sin tu apoyo”. En su desesperación, eso hizo. Duró dos días. Al tercero ella lo llamó para que se lo llevara: necesitaba tiempo para hacer sus cosas.

—Comprendí que durante los próximos años deberé vivir sometido a sus caprichos.

¿No temes que otra vez te prohíba ver a tu hijo?

Dice que vive con ese temor permanente.