Jesucristo nos enseña a vivir sin su presencia corporal, visible. Vuelve a su lugar de origen, el cielo, pero lo abre para nosotros, como nuestra morada.

En tu vida. Los hombres con frecuencia andan perdidos en este mundo, sin Cristo, sin levantar la mirada a su morada en el cielo. Hacen todos sus negocios en este mundo.

Somos tan materialistas, no somos espirituales, sólo vemos los bienes de la materia que satisfacen los instintos del cuerpo. Vivimos para el cuerpo.

Dios habla. Cristo vino al mundo a enseñarnos la presencia de Dios. Sin él, la vida está vacía de Dios.

Una tarea salvadora es enseñarnos a pasar por esta tierra sin olvidar nuestro destino definitivo.
El es una guía maravillosa, nos da el camino para dirigirnos a la patria de las realidades definitivas en el cielo.

Cumple su destino en la tierra, tiene que volver a donde estaba. Enseña a sus amigos que ya no lo verán, cuando entra en su hora, la muerte.

Pero enseña a los hombres su destino definitivo, la realidad maravillosa que les espera en el cielo.
Por lo pronto les recuerda el mandamiento central en la vida de sus discípulos: “que se amen unos a otros como yo lo he amado. Por ese amor reconocerán que ustedes son mis discípulos”
Necesitamos examinar nuestra consciencia y revisar si amamos así a nuestros hermanos.

El movimiento de Jesús es hacia el cielo.

Después de Jesús, la Revelación continúa y se nos explica más ampliamente esa realidad maravillosa, esa morada que Jesús nos prepara.
La visión del Apocalipsis es espléndidamente bella. “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva”, Esta tierra de realidades materiales y pasajeras había desaparecido.

«También… vi la nueva Jerusalén, engalanada como una esposa que va a desposarse con su prometido.

La voz del ángel indica que “esta es la morada de Dios con los hombres, vivirá con ellos como su Dios y ellos serán su pueblo. Dios les enjugará sus lágrimas y ya no habrá muerte ni duelo, ni penas ni llantos, porque ya todo lo antiguo terminó”.

Los amigos de Jesús, renacidos del agua bautismal deben llevar una vida nueva. Eso significa ser católico. Sólo así podremos salvarnos.

Hay que dejar esa vida dedicada a los asuntos mundanos. Toda la atención está fija en los asuntos de la tierra: ganar dinero para divertirse y tener placeres, asegurar del futuro por generaciones como si fuéramos a ser eternos en el mundo.
Necesitamos resucitar a la nueva vida de Jesucristo, dar una orientación nueva a nuestra existencia, tener otros valores, otras metas.

Necesitamos tener como actividad central conocer a Cristo, sus santos mandamientos y hacer todo para seguirlo. Es sumamente difícil, abarca todos los aspectos de la vida.

Necesitamos desear, sobre todas las cosas, los bienes del cielo. Todos los bienes que deseamos con todo el ser están allá, los bienes verdaderos, plenos, definitivos.

Los bienes de este mundo nos dejan siempre el vacío, la insatisfacción, la sed de plenitud. Nos dejan un sentimiento de frustración, insatisfacción, desencanto.

Los bienes que soñamos en esta tierra: el amor, la riqueza, la gloria, la tranquilidad, la hermosura, el éxito no se dan en esta tierra sino de una manera limitada, breve, engañosa, mezclados con el mal y el sufrimiento.

¿Vas a seguir clavado en los bienes de este mundo que no cumplen las expectativas, que decepcionan y traicionan?

Pídele a Jesús que te cambie y te dé el gusto de los bienes que duran para siempre y te dejan la experiencia de plenitud de gozo, más allá de lo que podemos soñar.

Vive plenamente. Aprende la sabiduría divina. Pide tu conversión ese cambio de orientación de tu vida a los bienes verdaderos que no engañan ni se acaban.

Para reflexionar en familia. También la familia necesita convertirse a Cristo como familia, cambiar para buscar a Cristo y buscar sus bienes definitivos.