La premisa de la acusación. Como se anticipó en la entrega previa, Meleto, Licón y Ánito acusan a Sócrates de: a. No creer en las divinidades de la ciudad; b. Introducir nuevas divinidades; y c. Corromper a la juventud, justamente en función de lo escrito en los apartados «a.» y «b.»

Para quien lee estas líneas, en un contexto contemporáneo, esa acusación resultaría del todo improcedente e injusta, porque hoy se reconoce la libertad de creencia, de cultos, de pensamiento, de publicación de las ideas y de cátedra, entre otros derechos humanos.

Pero, situados en la Atenas del siglo IV antes de nuestra era, esos «pecados», se podían llegar a considerar como delitos que (injustamente) podían tener como corolario la pena capital para el culpable.

Y eso, no es tan extraño, ni remoto, ni de sorprender, si se recuerda a los tribunales de la santa inquisición de hace algunos siglos, de nefandos recuerdos.

La estrategia de las partes en el juicio. La estrategia «judicial» de las dos partes fue de disputa, pues no existió seriamente una estrategia de acuerdo o de alguna salida alterna.

La parte acusadora, compuesta por Meleto, Licón y Ánito, hizo descansar su estrategia en presentar la acusación bajo una interpretación extensiva que permitía subsumir en ella prácticamente cualquier conducta de Sócrates, la soportaron esencialmente en declaraciones, y se expuso con discursos que apelaron a una retórica suasoria, esto es, a un discurso emotivo-pasional y muy escasamente a la razón.

Así que las «razones» fueron sustancialmente, si se quiere decir así, de carácter poético, en términos de Aristóteles.

Otro aspecto que sobresale de la estrategia de la parte acusadora, es que identificó como su interlocutor casi único a los jueces (solo interesaba la condena concreta de Sócrates) algo al público y no se ocupo de Sócrates -como interlocutor serio- ni de la humanidad (me refiero un poco a este aspecto al abordar la estrategia de Sócrates).

Sócrates, a diferencia de la parte que lo acusaba, mantuvo siempre una estrategia discursiva en dos grandes rutas, una «judicial» y otra «ético-filosófica».

El filósofo, desde el punto de vista «judicial» realizó una interpretación restrictiva de la premisa de la acusación, para excluir su conducta de ella. Sus argumentos probatorios los hizo reposar en la fama pública (por ejemplo, prácticamente todo mundo conocía a Sócrates y le aceptaba; o bien, hace patente que las acusaciones derivan de la animadversión que propició al mostrar sin pretensión de daño que los políticos, poetas y artesanos no eran los sabios que se creían), en contra interrogatorios (por ejemplo, a Meleto, al cual ridiculiza con base en preguntas y repreguntas, pues le hace caer en contradicciones o dejarle mudo) y empleó una variedad amplia de argumentos formales y materiales para mostrar los defectos lógicos y sustantivos de la acusación (por ejemplo, dice que si se le acusaba -en general- de introducir nuevos dioses que derivan de otros -los de la ciudad-, eso quiere decir que cree en los dioses de la ciudad y que eso hacía caer la acusación al suelo).

De modo que sus argumentos, aunque en algún momento apela a temas emocionales-espirituales (apela a Zeus, para abonar la verdad de su dicho) por lo regular son discursivos y procuran encontrar reconocimiento en la razón.

En contrapartida de sus acusadores, Sócrates toma como sus interlocutores a los jueces, a la parte acusadora, al mismo pueblo y a toda persona presente y futura, pues era consciente que su causa desbordaría el estrecho marco judicial de su tiempo.

Desde el otro ángulo estratégico, esto es, el ético-filosófico, Sócrates defiende su causa, basado en la justeza de obedecer el mandato de dios para que él procurara la virtud y el bien de y entre las personas, a partir de las digresiones que sostenía con todo aquel que sostenía conversaciones con él, en las que nunca albergó una mala pretensión.

Estableció como fin de sus discursos, siempre y en todo caso, la verdad, lo bueno, lo justo y lo digno, así como el sometimiento a las normas de la ciudad, aunque fuera condenado.

Valoró al fallecimiento como algo no malo, si se tomaba en cuenta que, o bien, en sustancia, evitaba sufrimientos o si no era así, el alma se liberaría para trascender a un nuevo lugar en el cual dialogaría con los grandes pensadores, como Homero y podría filosofar sin restricción.

Y subrayó que su juicio, más que un juicio para él negativo, era para quienes le acusaban injustamente y que así se trasluciría en el tiempo.

En esas reflexiones, de las que no se da cuenta ni siquiera aproximada por el espacio y tiempo disponibles, se dirigía a sus oponentes, a los jueces, al pueblo, pero también a todos los hombres, los de su tiempo y los del porvenir, nosotros.

En su estrategia ética-filosófica, Sócrates, llama a la virtud, a la bondad, a la justicia, a la búsqueda de la verdad, más allá de las consecuencias que se puedan sufrir en esa indagación, aunque ella sea, como en su caso, fallecer.

Sentencia, cautiverio y muerte. La sentencia condenatoria de Sócrates se votó por mayoría, pero por una mayoría realmente pequeña (algunos autores hablan de una sentencia condenatoria solo por 3, 6 o pocos más votos que los que votaban por la absolución, y hay que recordar que fueron más de 500 jueces los que le juzgaron).

¿Cómo es posible que con una defensa «judicial» y ético-filosófica tan solidas, Sócrates haya sido condenado?.

La explicación se ha hecho descansar en lo que el propio Sócrates enunció en el juicio (la animadversión de mostrar la ignorancia de los aparentes sabios y que se catalizó en el proceso), y/o en que la forma democrática de gobierno instaurada al caer el gobierno de los 30 tiranos, se vería minada de continuar con la actitud pública reflexiva crítica de Sócrates, y/o en que dentro de los 30 tiranos que dañaron a Atenas se encontraba señaladamente Critias (harto cruel) que fue discípulo de Sócrates y entonces se le culpaba indirectamente de dicha tiranía (como si Sócrates fuera culpable de lo que Critias hacía con las enseñanzas que le daba).

Como fuera, lo que queda claro es que, en el fondo, no fue el mérito de la acusación, las razones en juicio, lo que llevó a Sócrates a la condena, sino cuestiones extra-«judiciales»: la intolerancia, la discriminación, los prejuicios…

¿Algo así sucede en nuestros días? me parece que no en todos los casos judiciales, pero sí, en varios, porque los jueces, quienes quiera que sean, juzgan desde quienes son, no se pueden despojar de su «yo», para juzgar, es su yo profundo y su yo profesional el que juzga, con todas sus virtudes y todos sus defectos (Hay jueces, magistrados y ministros -también operadores jurídicos de todo tipo- que «creen saber todo» solo porque la ley les otorga la competencia de decidir procedimientos judiciales y se contentan con la frase que pareciera ser arrancada de los labios de Pilatos: «si no le gusta, recurra»).

Como sea, luego de sentenciado, se discutieron en juicio las sanciones y Sócrates propuso que el Estado, la ciudad lo mantuviera económicamente por el resto de sus días (juzgaba que había hecho bienes y no males) o bien, que se le dejara en libertad por una cantidad irrisoria de dinero, lo cual parece que solicitó Sócrates con la deliberada intención de empujar la condena de muerte, por honor y dignidad, y lo cual tuvo como consecuencia que ahora sí en una proporción más grande los jueces lo sentenciaran a morir. (Sócrates prefirió morir de forma digna y honrosa, antes que suplicar indignamente para una persona de su edad y talante, una sanción diversa, en la cual incluso cabía el destierro).

Sócrates no fue ejecutado de inmediato, toda vez que se interpusieron celebraciones colectivas que lo impedían, y en ese tiempo, su vida transcurrió en la prisión, con visitas de sus conocidos, amigos y discípulos de la mañana al atardecer de cada día.

Renunció, asimismo, a huir como le propusieron sus discípulos y para lo cual ellos tenían preparado todo; nuevamente, el rechazo lo hizo por dignidad, honor y respetar las normas de la ciudad, aunque fueran en su daño.

Al final, Sócrates muere al empujar con su propia mano la cicuta (veneno que auspiciaba una nueva forma de morir menos violenta, frente a otras existentes): la bebe, se levanta, camina pausado por el recinto de su prisión, se la adormecen progresivamente los pies y pantorrillas, se recuesta, se adormece su vientre, se pone gélido, le pide a Critón que paguen un gallo que debían y muere, luego de pequeños estertores.

Post-mortem. Después de la muerte de Sócrates, sus propios acusadores mueren o sufren desgracias, y se abre el camino a un mar de obras que hablan de la vida y obra del gran filósofo ateniense, con posturas diversas.

Platón, por ejemplo, escribe varios diálogos en defensa de Sócrates y de sus enseñanzas, entre los cuales destaca «Apología de Sócrates» «Fedón» «Critón»; Jenofonte, asimismo escribe una apología y la más leída «Recuerdos de Sócrates» (una extensa defensa de Sócrates frente a las acusaciones de que fue objeto) aunque también, en vida de Sócrates se escribió sobre él con escarnio, «Las nubes» de Aristófanes es un buen ejemplo de lo último.

Incluso, ya en este siglo XXI, se ha dramatizado y recreado «judicialmente» y con toda seriedad el proceso de Sócrates con auténticos y reales jueces de diversas partes del mundo; el resultado: la absolución, Sócrates es libre.