Sócrates, el hombre más sabio. El esfuerzo continuado de Sócrates en su búsqueda por el saber, por lograr una vida buena, por orientar a jóvenes y adultos hacia una vida virtuosa, con base en el ejemplo y la palabra dialogada, le granjea con el tiempo el reconocimiento popular de ser sabio.

Signo de ello, es que justamente su amigo de la infancia, Querefonte, va a Delfos (un lugar distante de Atenas, próximo al monte Parnaso) en donde se construyeron templos, como por caso uno dedicado a Apolo, a los cuales se acudía para que un intérprete de los dioses, respondiera las preguntas de los creyentes sobre una variedad de problemas.

Querefonte, al acudir a Delfos, lo que hace es cuestionar al oráculo si Sócrates es la persona más sabia (Sócrates desconocía el propósito del viaje de su amigo Querefonte) a lo cual el interprete responde afirmativamente.

Al volver a Atenas, Querefonte pone en conocimiento de Sócrates, lo que le ha dicho el interprete del oráculo y frente a ello, Sócrates se muestra incrédulo y resuelve para sí que la mejor forma de aclarar su duda es dialogar con las personas que eran reconocidas en su arte o ciencia, así fueran artesanos, guerreros, comerciantes o de cualquier otro perfil representativo, para revelar la certeza de la interpretación sobre su sabiduría, en confronta.

En esa indagación, Sócrates sostiene diálogos acuciosos, mayeúticos, en los que coteja a sus interlocutores sobre las materias en las cuales se supone el «expertise» de ellos; pero el resultado constante es que sus interlocutores se evidencian como ignorantes, muy al contrario de lo que se debiera esperar, en la inteligencia que esas conversaciones tenían lugar las más de las veces ante público, lo cual molestó a sus dialogantes, porque su imagen se desdoraba y su crédito decrecía.

Ese modo de proceder dialéctico e incisivo no era nuevo ni extraño en Sócrates, sino habitual y de tiempo atrás, como lo muestra el hecho de que sus malquerientes, antes ya habían dictado una ley especial conforme a la cual él tenía prohibido hablar con jóvenes y otras personas (artesanos, por ejemplo), pues consideraban que era pernicioso. Así que la animadversión que ocasionaba tenía raíces profundas por disputas previas.

No existe una relación de por qué en Delfos se interpretó que Sócrates era el hombre más sabio; pero es posible considerar que el reconocimiento se justifica por varias razones y que se anudan aquí de forma apretada e intuitiva: una primera, que lo puede motivar, consiste en su actitud crítica reflexiva para llegar al conocimiento, pues no da nada por cierto, sin antes someterlo a un detenido, preciso, extenso, razonable y analítico examen que procura dejar de lado en lo posible la subjetividad. Yo solo sé que…

Otra razón, es que hace preguntas fundamentales en torno a la naturaleza, el ser y hacer humano, como antes no se han realizado, lo cual obliga a responder, más que a solucionar los reactivos y con ello se genera saber (¿Qué es lo bueno?).

También predicaba valores de utilidad personal y social, como la humildad, la sencillez, la prudencia, la contención, la solidaridad, la moderación, la templanza, la honestidad, el cultivo del alma y del cuerpo, la justicia y la verdad, entre muchos otros (Aconsejaba, por ejemplo, no ser esclavo de los bienes materiales).

Asimismo, se puede justificar su sabiduría, por la buena influencia que ejerció en sus discípulos, entre los cuales, el más destacado, Platón que, a su vez, produjo reflexiones filosóficas y políticas valiosísimas.

Incluso, la propia vida personal de Sócrates, se muestra como una razón justificativa de su saber, pues su vivir se aproximaba a un vivir conforme a sí mismo, su medio y la naturaleza, en armonía.

De ese talante, el reconocimiento que se hace de él como un sabio o el más sabio de la Gracia antigua, parece plenamente justificado y no puede adscribirse a una razón única, sino a un conjunto de razones.

Lo triste es que, pese a todo lo anterior, Sócrates fue incomprendido y atacado al grado de acusarle judicialmente por actitudes y conductas que, de ser atribuidas a una persona diversa, quizá habrían resultado irrelevantes (Aún hoy recuerdo a un profesor de filosofía al que escuché decir que Sócrates era un «tontito» un «loquito» que se la pasaba nada más preguntando).

Pero Sócrates estaba imbuido de un espíritu crítico razonable que le exigía buscar la verdad de las cosas, aun en debates verbales con sus oponentes que resentían de una manera muy diferente el diálogo.

Ya el lector puede intuir, desde ahora, que mucho de las acusaciones que en juicio se le hicieron a Sócrates, estaban en buena parte inspiradas en la animadversión, la intolerancia y la ignorancia de las personas que públicamente fueron por él expuestas en sus tinieblas.

Tales ataques no son extraños a lo largo de la historia (Jesús-Cristo, el hombre, es otro ejemplo de ello) como tampoco es cosa ignorada en nuestros días, en donde las personas diferentes, aquellas que buscan la verdad o la justicia, más que ser protegidas, defendidas y reconocidas, son perseguidas y juzgadas.

Hoy día, si una persona cuestiona sincera razonablemente a otra, ciertos asertos, la que es cuestionada, más que ver el diálogo como una relación comunicativa orientada al conocimiento o a lograr un fin bueno, lo ve como un ataque y responde emocionalmente con ataques muchas veces personales.

Eso es muy común y negativo en las relaciones humanas, cualquiera que sea el tipo; pero son especialmente dañosas en las relaciones que atañen a la familia y a la política en un sentido amplio, puesto que se lesionan bienes, valores e intereses que trascienden a la persona singular.

¿Cómo, por ejemplo, se puede construir una relación de comunicación, un diálogo aceptable entre padres e hijos, si unos y/u otros asumen que el intercambio de comunicaciones se inspira en un fin cuestionable?

¿Cómo los políticos entre sí o en su relación con la población o grupos de la población pueden dialogar en vista a fines buenos, si se presume por uno o ambos, que el diálogo tiene una causa y fin malos?

En muchas ocasiones, como no hay tolerancia, ni respeto, los diálogos terminan más pronto que lo que se llevan en comenzar, con imputaciones que se convierten en condenas para el otro.

Eso es muy claro en el político que no admite críticas, en el juez o magistrado que no tolera reflexiones frente a sus criterios, en el parlamentario que ataca con argumentos personales a sus oponentes, en un profesor de educación primaria que castiga al hijo de un padre que le cuestione su pedagogía, y así por el estilo.

La lista es larga, pero es diáfano que no es aceptable la condena al que pregunta de buena fe, al que discurre y reflexiona críticamente con la pretensión de lograr algo bueno o de mejorarle.

Después de XXV siglos, hay muchas acusaciones falsas y muchos Sócrates imputados por algo que, quizá, más bien debería ser objeto de reconocimiento y tributo.

En el 399 antes de nuestra era, Sócrates fue llevado a juicio y condenado a muerte; pero ¿Cómo se administraba la justicia en ese entonces, ¿quién acusaba?, ¿quién defendía?, ¿quién resolvía?, ¿cómo fue justificado? son preguntas que se responden en la siguiente entrega, en la cual se inicia ya el análisis de su juicio.

SJS