La justicia. En el año 399 antes de nuestra era, la Atenas de Sócrates emerge de una época compleja en la cual el gobierno recayó transitoriamente en los llamados 30 tiranos, entre los cuales era reconocible Critias, quien fue discípulo de Sócrates.

Al caer el gobierno tirano, de forma progresiva se asienta el gobierno democrático que da paso a órganos colectivos de gobierno, incluso en la justicia (en adelante se habla de la organización judicial, de los procesos judiciales de manera muy general, así que se pasan por alto muchas particularidades, a la par que se procura una generalidad -no generalización- razonable de lo escrito).

Para administrar justicia había diversas clases de tribunales que tenían competencias diferenciadas, así como procedimientos arbitrales para resolver cuestiones privadas, y se preveía la conciliación en ciertos casos.

El tribunal más grande era el Heliée, el cual se componía de 6,000 o 7,000 jueces (no hay conformidad de una u otra cantidad), elegidos por sorteo (el sorteo por habas, una blanca y una negra, era usual en aquel tiempo) entre personas mayores de 30 años, honestas, con suficiencia económica e intachables, y las cuales, a su vez, conformaban otros tribunales de jurisdicciones distintas, por entre 500-600 jueces.

Cada juez tenía una especie de acreditación -una pequeña tableta- que le reconocía su calidad y no recibía una paga significativa por desempeñar la función; así que el atajamiento de la corrupción en el ejercicio judicial tenía dos controles: uno, que los jueces regularmente poseían un patrimonio que les permitía dedicarse liberalmente a la función judicial, la cual no les representaba ningún beneficio económico apetecible; y dos, la gran cantidad de jueces que decidían los procesos por voto, lo cual menguaba la oportunidad de que se coludieran y acordaran soluciones parciales.

En lo general, se ha estimado que los procesos se componían de tres etapas: instrucción, que versaba sobre la admisibilidad de la acusación; la audiencia de juicio, en la cual se fijaban los hechos controvertidos, se desahogaban las pruebas y se pronunciaban los alegatos; y la etapa de juicio/condena en la cual se votaba la sentencia y se elegía entre la condena ofrecida por cada parte.

Vale la pena considerar que los procesos -en el 399 A.N.E- muchas veces tenían un carácter público y los testigos declaraban y contestaban los contra interrogatorios también de manera pública.

Los jueces, que no eran jueces profesionales, consideraban en lo personal cada caso y votaban la sentencia y su condena de manera individual, en conciencia.

Otro aspecto interesante es que si bien existían leyes escritas que gobernaban en parte el proceso y los derechos en juego, esas leyes no se desprendían del todo de elementos religiosos y no eran lo completas, ni lo precisas que se quisiera, así que muchos aspectos procesales y sustantivos quedaban abiertos a la discreción de los jueces, a su interpretación.

Es importante señalar que los atenienses ya diferenciaban entre una perspectiva legalista del derecho y una postura valorativa de justicia, no necesariamente ajustada a la ley escrita.

Además, es muy relevante recuperar a los fines de este trabajo, que los procesos judiciales se llevaban de manera oral, aunque se dejara constancia escrita de parte de ellos.

Ese aspecto señalado como relevante, lo es en varios sentidos; pero a los fines de esta columna es conveniente destacar que la oralidad del proceso ateniense, necesariamente imponía a los participes la carga de saber argumentar de viva voz, en una relación al menos triangular: tribunal (compuesto por un gran número de jueces), parte acusadora o actora y parte acusada o demandada, ello, sin contar con los testigos y el auditorio general; así que los discursos vertidos en juicio se orientaban a convencer al contrario -en menor grado- al tribunal -en mayor grado- y al auditorio general, el pueblo -en un buena medida- que tenía un papel relevante en la vida de la polis.

La retórica y la oratoria (en alguna parte la lógica) fueron artes instrumentales al servicio de la justicia oral, pues la retórica como arte que procura emplear la palabra de forma bella y persuasiva, y la oratoria como esa misma palabra hablada oralmente, eran muy útiles a las partes e interesados al construir, pronunciar y dramatizar sus discursos en juicio.

Los discursos judiciales, por otra parte, no se amoldaban estrictamente a los fines persuasivos (la persuasión apela subrayadamente a factores subjetivos, emotivos y pasionales con el fin de provocar acciones y reacciones en los otros) de la retórica y la oratoria, sino que se dirigía más a convencer a los interlocutores, al tribunal y al público (lo cual quiere decir que en el discurso judicial, se pretendían acciones y reacciones, pero con base en la razón)

De hecho, en la época en consideración, esa distinción entre un discurso judicial persuasivo y un discurso judicial de convencimiento, marcó una gran diferencia entre lo que se podría considerar un discurso incorrecto y un discurso correcto, así como entre posturas que se adscribían a sofistas (en el sentido de falseadores) y filósofos como Sócrates, que buscaba más bien la razón y la verdad, entre otros bienes y valores (Platón sostiene una postura muy similar a la de Sócrates, en especial en su época juvenil).

Es así como en el 399 antes de nuestra era, Meleto, Licón y Ánito, ante el tribunal compuesto por aproximadamente 500 jueces, acusaron públicamente a Sócrates porque lo consideraban: «…culpable de no reconocer a los dioses en los que cre(ía) la ciudad, introduciendo, en cambio, nuevas divinidades. También es culpable (decían) de corromper a la juventud»

Hecha la acusación, Sócrates la contestó, luego se rindieron las pruebas, se alegó, se votó su condena por la mayoría de los jueces (la votación no fue unánime) y se le impuso la pena capital, desoyendo la petición de penas irrisorias que había propuesto a cambio el propio Sócrates (una de ellas, vivir a costa de la ciudad).

El proceso de Sócrates, sin embargo, no puede, ni debe ser reducido a ese breve esquema, pues es más valioso, tanto para conocer la verdad aproximada de los hechos del juicio, como para mostrar la importancia de la argumentación y los contextos, no solo de aquel tiempo, sino de nuestro propio tiempo, en busca de una justicia razonable.

Muchos estudiantes y profesionales del derecho, hoy día, pueden obtener valiosas enseñanzas del estudio del juicio de Sócrates, en cuanto a estrategia, validez y corrección de los discursos, y la ética en el ámbito forense. A ello se dedica la próxima entrega, que será la cuarta y última de este tema. Hasta entonces.