En esta corrupción moral y social, Dios viene a liberarnos. Debemos esperarlo sin excesos de placeres, fiestas, comilonas ni borracheras.

En tu vida. El mundo está lleno de bienes de consumo y placeres pero no encuentra el bien de su corazón.

Los vecinos de Juan sólo piensan en fiestas, comer y beber. No levantan la cabeza ni se corrigen.

Dios habla. Nos gusta lo maravilloso, sobrenatural porque las criaturas no llenan nuestro corazón, buscamos un plus.

Corremos tras fantasías que nos seducen pero no nos llenan. Aunque esas ilusiones nos impiden levantar la mirada al Bien verdadero.

Dios se forma su pueblo, lo va educando y guiando. Lo tiene que castigar con el destierro por infieles y rudos. Al fin tiene misericordia de ellos y los prepara para su venida.

La Escritura anuncia la gloria del Monte de Dios, Jerusalén porque Dios viene: “el monte de la casa del Señor será elevado en la cima de los montes… Y hacia él con fluirán todas las naciones… Para que él nos instruya en sus caminos… Porque de Sión saldrá la ley y de Jerusalén la palabra del señor”.

El viene a cambiar este mundo en descomposición, movido por las bajas pasiones de poder y dinero, de corrupción, donde corre la sangre entre gritos de desesperación “el será… El juez de los pueblos numerosos, de las espadas forjarán arados y de las lanzas por banderas”.

La verdadera alegría brota del corazón “qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor”.

El momento es muy grave: miseria, desempleo, hambre y enfermedad a causa de la desigualdad social. Los poderosos engañan a los humildes en busca de poder y de dinero fácil. Todos le dan la espalda al orden moral, la ley, la justicia. Imponen sus fantasías, deseos y caprichos por encima de la ley, de la verdad. No hay honestidad ni coherencia.

Con estos componentes sociales vamos a la dictadura, la arbitrariedad, el terror, la soberbia hasta la enajenación, las ideas y sentimientos de un falso mesianismo.

El vacío de Dios, de sus proyectos de amor, de su santa ley es universal. Es el gran vacío de muerte, el primer mal. La ausencia divina es el problema número uno que debiera atacar el nuevo gobierno. No bastan alusiones absurdas e irrespetuosas.

La primera necesidad en esta crisis social es despertar, despojarse de tanta mentira y bajas pasiones, perversas y homicidas. Hay que quitar del cielo la nube de corrupción y de los ojos las telarañas de errores y vicios.

El camino es tan claro y tan recto para salir de estas aguas fétidas y envenenadas, de engaño perverso, que lleva a bienes aparentes de unos cuantos y al desastre y muerte de todos.

Es tan sencillo estar atentos al paso de Dios en este adviento y Navidad: el Hijo del hombre (Cristo) viene. “Velen pues y estén preparados porque no saben el día ni la hora en que va venir el señor… el Hijo del hombre”.

San Pablo hace actual las palabras del señor, “desistamos pues de las obras de las tinieblas y revistámonos de Nuestro Señor Jesucristo… La salvación está más cerca… Nada de comilonas ni borracheras, de lujurias, nada de pleitos ni envidias.”

Vive intensamente. Deja las obras paganas de consumo, placer del cuerpo, diversiones inmorales. Vigila, acércate a Dios.

Cristo está aquí. Viene, limpia tus ojos y tu alma con la oración y la reconciliación, reconcíliate, recíbelo en la comunión de su cuerpo y su sangre.