El trabajo infantil, común no sólo en esta capital, sino en México (Foto: ACG)

Morelia, Michoacán (MiMorelia.com/Carlos Albarrán).- José tiene ocho años de edad y dice haber nacido en Coalcomán, aunque desde hace dos vive en Morelia, donde estudia la Primaria. Trabaja junto a su mamá en el crucero de la salida a Salamanca vendiendo cajas de chicles marca Clorets; es delgado, morenito y pese al inclemente sol que cae sobre nuestras cabezas, deambula entre los automóviles sin perder la sonrisa.

Al principio, resulta un tanto difícil conversar con él porque obviamente se trata de un desconocido haciendo preguntas sobre su vida cotidiana; sin embargo, un par de chocolates Hershey’s pueden abrir algunas puertas. Su hermano mayor -un adolescente vestido con un atuendo estilo reggaetón- no nos quita la vista de encima, pero tampoco intervino ni una sola vez en la plática. El ruido constante de los cláxons complica el escucharnos con claridad:

“A mí me gusta ir a la escuela, dice, y jugar futbol con mis amigos a la hora del recreo. Pero luego no nos dejan llevar el balón. Mi maestra falta mucho porque tiene que irse a las marchas, entonces viene la directora y ella da las clases o nos juntan con los del otro salón”, denuncia inesperadamente.

Cuando le pregunto qué quiere ser de grande, responde que “le gustaría tener un rancho” como el de su abuelo, pero cuando ve pasar una unidad de la Fuerza Ciudadana agrega que le gustaría también ser policía “para traer un fierro”, dice sonriendo de oreja a oreja.

Aunque los sistemas DIF municipal y estatal afirman no tener datos exactos, en México un cuatro por ciento de los infantes se encuentra en situación de calle o semi indigencia, mientras que en las zonas sur y sureste del país el trabajo infantil se eleva hasta en un 15 por ciento, posicionándose como uno de los países con mayor incidencia en este rubro, junto con Colombia, Brasil y algunas naciones de Centroamérica.

Al ver que su playera tiene una figura de Pokémon le pregunto si le gustan mucho las caricaturas, “ya no tenemos tele, el Gobierno nos la quitó”, afirma tajante y esto -penosamente- le borra la sonrisa de la boca.

José me asegura que lo que más le gusta comer son tortas de jamón, sopas Maruchan y “los frijoles que hace su abuelita”. Han pasado tal vez cinco minutos, su hermano me lanza una mirada de aburrimiento y la mamá del niño nos apura silenciosamente, mientras avanza con fluidez de una ventanilla a otra. Entiendo la indirecta, la entrevista debe terminar.

“¿Sabes qué día es hoy?”, le pregunto yendo hacia donde quería llegar desde un inicio. Una nube benéfica nos regala unos segundos de sombra que es imposible no agradecer. José sonríe de nuevo, sus ojos se iluminan como dos pequeñas brasas incrustadas en su angulosa carita: “Es el Día del Niño, mi mamá me dijo que si nos va bien, me va a regalar algo”. La sola idea que acaba de expresar a sí mismo parece infundirle nuevas energías. De repente guarda silencio. Sabe que es hora de volver al trabajo.

A José, como a la mayoría de los niños, no se les da muy bien eso de despedirse. Recoge su caja de chicles y con vaguedad agradece los chocolates. Corre a reunirse con su familia. Ya viéndolos juntos, el parecido es extraordinario.

Enfrente, un par de automovilistas se mientan la madre a gritos. Calles adelante, un salón de fiestas infantiles aparece atiborrado de pequeños que juegan y gritan alegres porque simple y sencillamente se trata de su fiesta. Una donde todos deberían de estar invitados.