Si nos detenemos un poco a examinar, y no soy un experto, los testimonios históricos de nuestra nación, rápidamente nos daremos cuenta que de una manera muy gruesa y quizá hasta simplista encontraremos al menos dos grandes variables que han afectado el surgimiento de nuestra nacionalidad, de nuestra mexicanidad: por un lado, me parece que se puede encontrar una variable particular, y por otro lado una variable general.

La variable particular se imagina en los pueblos y comunidades que se asentaron o se encontraban asentados en el territorio de lo que hoy es México antes de la conquista (y más allá del hoy territorio nacional y que hoy en gran medida sobreviven), con lo cual la formación de nuestra mexicanidad está ligada lo mismo a los pueblos mayas que a los nahuas, purépechas, olmecas, entre otros.

Es fácil reconocer la incidencia de esa variable particular (o variables particulares), en nuestra memoria histórica; pero también que las expresiones de los pueblos naturales se han imbricado fuertemente en nuestra manera de ser, de expresarnos, de querer y de entender la vida. Un ejemplo palpable en la lengua, es el uso de la palabra “cuate” para referirnos a un amigo, pues la palabra “cuate” castellaniza la palabra nahua “coatl” que significa gemelo o hermano divino, por lo cual “cuate” hace referencia a que un amigo es querido tanto como un hermano, como un gemelo, como si fuera en gran medida parte de uno. Así pueden encontrarse muchos elementos de las lenguas naturales que se han incorporado a “nuestro español”

Otro tanto podría decirse de nuestra manera de alimentarnos: esencialmente a base de maíz, frijoles y chile (misma base de los pueblos naturales).

Incluso, en un sentido más profundo, el mexicano tiene una fuerte asociación con la muerte, con el tema de la brevedad de la vida, con el tiempo, y estos temas, hay que recordarlo, se encontraban presentes en la cultura, cosmovisión, literatura y filosofía de los pueblos naturales.

Por otra parte, la variable general o universal se visualiza en la incidencia de la cultura occidental (y de otros pueblos) a través de los pueblos de la península hispana (península que también como pueblos no era unitaria) por la conquista del siglo XVI.

La incidencia de la variable universal es apabullante, tan solo con reconocer nuestra lengua dominante: el español; o bien, la alimentación enriquecida con el trigo, otros cereales, la carne de cerdo y de vacunos, entre muchos otros alimentos; o bien, el conocimiento, las artes y la filosofía de los griegos y romanos que hoy forman parte nuestra; pero asimismo la influencia de otros pueblos europeos, de medio oriente y de oriente.

La conquista, quizá pueda verse como el hito histórico de la nacionalidad, como en esa pintura de “La Creación” de Miguel Ángel, en donde los dedos de las manos de las figuras principales a punto de tocarse, se tocan y es a partir de entonces, de ese contacto, en donde comienza un camino de sincretismo entre las dos variables, la particular y la universal.

Por supuesto que en el devenir histórico, la colonia, la independencia y la revolución constituyen otros grandes sucesos históricos que influyeron en la formación de nuestra nacionalidad, tanto como otros factores: los intentos imperialistas, las intervenciones americanas, la guerra con Francia, o más en clave del hoy, el fenómeno acuciante de la globalización o la relación tan compleja con los Estados Unidos de América.

Pero releyendo un poco a Paz, su “Laberinto de la Soledad” se puede reconocer que nuestra nacionalidad no es algo acabado, sino que se construye a cada momento, según el contexto.

Nuestra nacionalidad es una nacionalidad dinámica, como lo son todas las nacionalidades del mundo.

Pero, de una o de otra manera, en el pasado mes de septiembre se festinó esencialmente el movimiento independentista mexicano del siglo XIX como crisol de la nacionalidad (y de la patria) que, por lo demás se insertó en una suerte de corriente independentista de las colonias de la América de abajo del Río Bravo en el mismo siglo.

En los festejos, nuestras autoridades públicas se asomaron por los balcones de los palacios municipales, estatales y nacional a gritar de manera enjundiosa el buen nombre de aquellas personas que como Hidalgo, Morelos y tantos otros, nos dieron patria (junto con el esfuerzo de nuestros pueblos) para reavivar la nacionalidad.

Asimismo, nuestras autoridades pronunciaron a lo largo del mes discursos, asignaron contratos para que prestadores de bienes y servicios elaboraran pendones, arreglos, comidas “mexicanas”, y llevaron adelante o impulsaron actividades en honor a las personas  que “nos dieron patria”

Claro que tiene sentido fortalecer nuestra nacionalidad,  reivindicarla, saberse y sentirse orgulloso de ser mexicano o mexicana.

El gran problema, es que de manera general nuestras “autoridades públicas” no tienen  ethos, esto es, no tienen una calidad moral tal que permita que se crea en ellas, pues el grueso de la población no cree en ellas, ni en sus acciones, como tampoco en sus discursos, ni en los pendones, desfiles y demás aspectos vinculados.

Y no cree en ellas, porque el pueblo está atento y mira el gran divorcio entre el decir y el hacer de esas autoridades políticas. Las autoridades políticas lo mismo inflaman el sentido de justicia de Morelos en el discurso, para luego en la práctica muchas veces oscura y otras tantas clara, traicionarlo, asignándose a sí mismas licitaciones a modo o a los “cuates”, ejerciendo arbitrariamente el poder de formas que en una muy larga lista de expresiones ilegítimas es innecesario invocar porque todos las conocemos.

No se puede desconocer que en muy pocos casos algunos políticos se encuentran realmente preocupados por la patria, por eso que nos hace ser quienes somos en un devenir histórico y con manifestaciones puntuales y concretas, como también hay otra suerte de políticos, los más, que se desgarran las vestiduras en oficinas públicas, preguntándose cuál es la causa de que no sean creíbles, que no sean aceptados por la población, pero no por un sentido de solidaridad de sentirse parte de un todo de la patria, sino por la preocupación de obtener apoyos, simpatías, para seguir en el cargo y usufructuarlo tanto como se pueda, legítima o ilegítimamente. Hay que persuadir, como sea, se ha de pensar.

Por eso, los políticos utilitarios (lo que buscan solo su propio beneficio) emprenden campañas de medios, para insistirle a la población que la patria está bien, que todo está bien, y que si no se habla bien, pues es que la población no los entiende o porque sus rivales atizan a la gente con malas noticias; pero que si hay seguridad; que la economía sí va bien o que si va mal pues es culpa del ambiente internacional; que el campo, pues será la vanguardia de la economía, y así por el estilo.

Pero, sin decir nada, basta ver los diarios, los portales de noticias, para enterarse de cuál es la realidad.

El “after” de las fiestas patrias (no de aquellas de borrachera que acostumbran especialmente quienes tienen poder político, plenas de bebidas nacionales e importadas y de la voluptuosidad carnal de mujeres objeto del acoso y la presión de todo tipo) está a la puerta, con nuevos festejos de la revolución, de todos los santos, la noche vieja, la navidad y el fin de año.

El “after” de las fiestas patrias incitará nuevos discursos, pendones, imágenes, comidas, cenas, orgías de políticos, entre muchas otras veleidades, y nuevamente los políticos utilitarios se preguntarán por qué no creen en mí, y la verdad es que no se cree en ellos, porque no son dignos de ser creídos, pues tendrían que comenzar por cambiar ellos con actos y hechos, para que la población las reconociera y les diera crédito.

El “after” de las fiestas patrias (que es en sí, más festejos patrios) por desgracia es previsible que solo se mira en una cruda con mezcal, tequila, whikey, música, discursos y desde luego un buena compañía sensual muchas veces presionada y orillada.

La patria, sin embargo, requiere más ethos, más pathos, más logos y menos arte suasoria sensorial, costeada por el presupuesto público.