El siguiente es un cuento breve de una hipotética realidad y por tanto ajena a nuestra vida estatal y nacional, así que con esa advertencia, espero le agrade de algún modo.

El 1 de junio de 1985, Francisco y Gabriela vieron nacer a su hija primogénita, en su humilde casa de paredes hechas con ladrillos de barro y con tres estancias: la cocina, la sala comedor y la recamara, y esa fue la mejor noticia del día, pues en esa misma fecha, Francisco perdió las tierras que había comprado a un pariente cercano, porque las remataron y se adjudicaron en juicio a un acreedor de su primo Juan, al cual él le había dado la firma como aval de un pagaré que Juan no cubrió.

En el rancho de tierra caliente, esas cosas de Juan se pagaban mal, con la misma vida; pero Francisco sabía que si mataba a Juan, quien siempre se negaba a reconocer la obligación con Francisco, significaba que los hermanos de Juan, luego lo matarían a él y se desataría una lucha de venganzas sangrienta, así que con todo y todo, no hizo nada.

Francisco y Gabriela, mejor se concentraron en criar a su primera de diez hijos a la cual nombraron como Gabriela de apellidos Jacinto Jacinto.

Habiendo perdido sus tierras, a Francisco no le quedó más remedio que usar lo que tenía para salir adelante: sus brazos, así que se dedicó en cuerpo y alma a trabajar de jornalero en el campo.

Mal que bien y a veces más mal que bien, Francisco apenas ganaba lo suficiente para comer frijoles con chile del diario y solo una vez a la semana carnita, a veces de res, a veces de cerdo, y cuando pepenaba algo más, pues algo más.

La virtud de Francisco y Gabriela fue soñar con que su hija primera fuera licenciada, porque sentían todos los días en carne propia la injusticia desde que perdieron las tierras y platicaban de eso en la mesa cuando comían y en el catre por las noches.

Como la niña Gabriela escuchaba esas pláticas junto con sus hermanos, con el paso de los años ella hizo propios los sentimientos de injusticia de sus padres y el anhelo de ser licenciada, para enderezar un poquito la vida y la suerte de sus padres.

La niña Gabriela, a estiras y jalones acabó la primaria, la secundaria y de ahí abandonó su tierra para ir a la capital a cursar la preparatoria y la licenciatura.

Gabriela Jacinto Jacinto, sufrió horrores de hambre y abandono económico de sus padres que poco o nada podían darle y por el contrario estaban esperanzados para que ella progresara y les diera algo, o quizá, hasta recuperara las tierras.

Gabriela Jacinto Jacinto, resultó ser una buena alumna y por esas cosas del destino, una mujer muy hermosa. Un poco lo uno, un poco lo otro, llevó a que Gabriela se granjeara la voluntad de los profesores y a veces el acoso de otros.

Al final, Gabriela terminó sus estudios de licenciatura en derecho y se tituló, con el único festejo de que sus padres lo vieran y le invitaran una torta en una fonda económica.

Para Gabriela no había tiempo que perder y con lo poco que había aprendido de meritoria en juzgados, sabía que en donde pagaban mejores sueldos era en la justicia federal, así que se enfocó en buscar ingresar a la justicia federal, dejando su hoja de vida aquí y allá y luego, un buen día, el titular de un tribunal la llamó para invitarla a que cubriera un contrato.

Para Gabriela, ese contrato significaba el principio del cumplimiento de sus anhelos y el de sus padres, así que aceptó con todo el corazón y agradeció al titular del tribunal como si fuera casi el padre benefactor.

Por desgracia, el titular del tribunal tenía en mente una idea muy distinta a la de Gabriela. Ya él en alguna ocasión había comentado con otros titulares lo bien que estaba Gabriela y que les aseguraba que antes que ninguno de ellos, él la poseería, sobre todo, porque se decía que Gabriela nunca había estado con hombre alguno.

El titular del tribunal, primero, se portó en extremo serio con Gabriela y esto la desconcertaba, porque él la había invitado a trabajar; después, el propio titular del tribunal comenzó a ser más flexible y de continuo la llamaba a su privado para preguntarle cómo iba, cómo se sentía; después, otra vez se portaba serio y al final del vencimiento del primer contrato, prácticamente no existía.

Gabriela Jacinto Jacinto, estaba desconcertada: qué sería de ella, del apoyo de unos pesos que ahora podía darle a sus padres, de los poquitos lujos que ella podía regalarse, y comenzó a angustiarse, así que decidió ir de manera directa con el titular del tribunal para preguntarle si le renovaría su contrato.

Cuando Gabriela estuvo frente al titular del tribunal y le preguntó, este la miró fijamente, guardó silencio y luego le dijo: “disculpa, el trabajo me ha absorbido, dile a la secretaria que pase; te haré otro contrato, el de antes fue de tres meses, este solo te lo puedo dar de dos, pero ya veremos más adelante, te lo iré renovando, vas bien, pero mujer, sonríe no seas tan seria”.

El contrato le fue renovado a Gabriela y ella con base en lo dicho por el titular del tribunal, comenzó  a comprar algunos enseres domésticos a crédito.

Luego, el comportamiento del titular del tribunal volvió a ser el mismo oscilante: de la seriedad al interés y de éste a la ausencia, al final del contrato, con la misma historia, pero con la variación de que se otorgó un contrato más solo por un mes.

Gabriela Jacinto Jacinto comenzó a sentirse angustiada, insegura y desesperada, animándose solo por el fin de año, pero sin saber qué sería de su vida.

En el tribunal, todos hablaban de la fiesta de fin de año y ella no podía sino pensar en su triste historia, estando por momentos absorta, tal como fue cuando pasó a su lado el titular del tribunal, el que le dijo nuevamente: “…ánimo Gabriela, no seas tan seria, ánimo, todo irá bien” Ella no supo ya ni qué pensar.

En su privado, como en casos anteriores, el titular del tribunal seguía todo el proceso de Gabriela y sabía de su estado de ánimo, él ya había pensado en invitarla a irse juntos a la playa, a un lugar del gusto de ella, a un restaurante y emborracharla, pero siempre pensaba que no era tiempo, que faltaba.

El día de la fiesta de fin de año, en un lugar un tanto lejano de la ciudad, acudieron todos los integrantes del tribunal, inclusive Gabriela y el titular, cada uno por su lado.

En la fiesta se brindó y Gabriela, al fin se ánimo un poco: comió, disfrutó de la sidra más cara que nunca había probado y bailó tanto como le gustaba, sin darse cuenta del tiempo que transcurría.

Al final, el titular del tribunal, al no llevar Gabriela pareja, ofreció llevarla a la casa en donde vivía y ella aceptó, pues era el jefe. Nadie dijo nada.

En el camino, el titular del tribunal le dijo: “mira, ves ese restaurante, hacen un café muy rico, te invito para que lo pruebes y mientras platicamos”.

Gabriela, un tanto adormilada, aceptó; pero en vez de café, ya en el restaurante, el titular del tribunal le dijo: “¿Conoces la champaña?” a lo cual ella contestó que no y el titular le dijo “…bueno, pues hoy la vas a probar” y pidió que le sirvieran a Gabriela la bebida.

Sin darse cuenta, Gabriela Jacinto Jacinto ya no supo de si, y sin querer ni saber cómo se encontró al día siguiente desnuda, en una cama de hotel y con el titular del tribunal al lado, quien le dijo: “Mira, te dejo dinero, lamentablemente ya no te podré renovar el contrato, pero este dinero te servirá por unos meses; de hecho, mañana tengo que estar tomando posesión de mi encargo en otro estado, quizá te llame”.

Gabriela nunca había sabido cuál era el aroma de la mentira, la vileza y la podredumbre, hasta ese día. Pensó en matar al titular del tribunal, pero era un hombre con poder, y serían sus padres y hermanos quienes por seguro también se verían ensangrentados si lo hacía, así que no hizo nada.

Pero Gabriela, no quería volver a sufrir la misma injusticia de sus padres, no quería ser ella misma sus padres, así que pensando en lo que había aprendido, con todo el dolor del mundo y con el riesgo de ser invisible, tomó como espada su derecho de no ser humillada, ni violentada y como escudo su carácter, para denunciar el abuso, un abuso que sin saberlo ella, era común, y animó a muchas en su situación a luchar una batalla victoriosa, por un razón: porque es justa.