En el año de 2006, el profesor Miguel Eraña Sánchez amablemente me invitó a escribir el capítulo de apertura del libro “La calificación presidencial de 2006. El dictamen del TEPJF a Debate” editado y publicado por la librería Porrúa y la Universidad Iberoamericana.

El libro es una obra colectiva en circulación, escrita con la participación de autores de muy diversa orientación, con el fin de reflexionar sobre el dictamen por el cual los magistrados, en aquel entonces integrantes de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, resolvieron en torno al cómputo final y la declaración de validez de la elección y de Presidente Electo que recayó en Felipe de Jesús Calderón Hinojosa.

La postura que sostuve en lo que escribí y complementé públicamente, al presentarse el libro y en conferencias, es que el dictamen no era una mera opinión, sino una resolución judicial con valor definitivo, que el Tribunal Electoral abdicó de sus potestades para controlar la regularidad fundamental del proceso electoral y que argumentativamente siguió un camino de disección y variación de criterios previos para desarmar cualquier viso de ilegitimidad del dictamen, del cómputo y de la declaración que hizo, con lo cual, desde mi perspectiva afectó ilegítimamente el proceso electoral y mutiló al candidato perdedor que ahora es Presidente de la República; pero favoreció al entonces candidato que declaró ganador, por un muy estrecho margen de votos (por supuesto, amable lector, usted puede tener una opinión diversa).

Escribo lo anterior, con el fin de aclarar y dar testimonio de que no soy, ni he sido opositor al hoy Presidente de la República (como tampoco lo fui de la persona del Presidente de la República del PAN y oriundo de Morelia) y con el fin de que se valore bien esta columna.

Dicho lo anterior, debo decir que los que si son opositores a la 4ª transformación, han emprendido un fuerte esfuerzo critico, a veces con razón y en muchas ocasiones sin razón, contra muchos y no todos los flancos posibles del nuevo gobierno y que muchos de esos opositores han cuestionado que el nuevo gobierno de la 4ª transformación se ha encarnado en miles de personas que provienen del pasado y de sus peores prácticas, cualesquiera que sean las siglas partidarias que antes cobijaron a esas personas.

Ese argumento de los opositores a la 4ª transformación, es un argumento ad hominem, uno de los más malos argumentos, porque descalifican al nuevo gobierno, por el solo hecho de integrar a sus filas a personas del pasado y que contextualizaron con las peores prácticas de ese pasado, apelando al dicho de “árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”; pero no cuestionan el ejercicio público en desarrollo y aún en ciernes, de esas mismas personas.

Con eso quiero decir que hay personas del pasado y que presenciaron activamente las peores prácticas de ese pasado, que no por ese solo hecho son corruptas, incompetentes o de conductas reprobables, sino que hoy debemos reflexionar sobre su actuar, para mostrar si obran correcta o incorrectamente y luego juzgar.

El Presidente de la República, públicamente ha defendido a esas personas del pasado y de los contextos de las peores prácticas gubernativas, afirmando que son honestas, probas y competentes, entre otros aspectos, y con ello apela en esencia a un argumento de autoridad democrática del cual está investido.

En mi opinión, el argumento defensivo del hoy Presidente de la República, en una primera aproximación tiene un valor positivo, dado que es cierto que él tiene un  bono democrático elevado y que por eso se puede valorar “de inicio” como buena su decisión de nombrar a alguien, o la decisión de ese alguien que él Presidente nombra, de nombrar a otro alguien titular de cualquier cargo público.

Pero eso es solo en una primera aproximación, porque el bono democrático del Presidente de la República no se traslada por mero efecto del nombramiento a sus subalternos, ni de estos a otros y así por el estilo, en especial, cuando esas personas nombradas provienen del pasado y del contexto de las peores prácticas de gobierno de ese pasado.

Las personas que provienen del pasado, a veces del pasado muy inmediato anterior y del contexto de las peores prácticas gubernativas de ese pasado, aunque no pueden ser tachadas como incorrectas solo por eso, si generan a nivel de proyección una probabilidad media de incorrección en su desempeño público.

Frente a esas personas del pasado y que contextualizaron activamente con las peores prácticas del mismo pasado, lo que se impone es ejercer un escrutinio más preciso y detenido de su actuar, para valorar y juzgar su buen o mal desempeño.

La crítica y la defensa de las personas que provienen del pasado, que contextualizaron con las peores prácticas de gobierno de ese pasado y que ahora forman el nuevo gobierno, por tanto, se debe hacer a partir del análisis reflexivo y meticuloso de su conducta en el ejercicio del encargo, no desde su origen, ni desde un argumento de autoridad que procura trasladarles legitimidad.

El aspecto crítico de ello, es que esas personas del pasado, que forman parte del nuevo gobierno por miles y miles (usted seguramente tienen en mente a varias personas que conoció como reprobables) solo podrán ser juzgadas en su desempeño público a mediano y largo plazo, ya cuando quizá sea demasiado tarde; pero esto es algo que regularmente ha pasado en todos los gobiernos anteriores y que pasa en todos los gobiernos en curso, porque el común de las personas carecemos de acceso a información suficiente e idónea sobre el particular. Nuevamente, el grueso de la población estamos en medio; pero, hagamos una pregunta final interesante para todos, partidarios y opositores:

¿Las personas del pasado, que contextualizaron con las peores prácticas de gobierno del pasado, que posibilitaron el triunfo del hoy Presidente de la República –movilizando gente y voluntades, por ejemplo- y que ahora forman parte del nuevo gobierno, serán un costo y/o un beneficio y en qué grado para el nuevo gobierno, para la 4ª transformación?

Ya se verá; pero sobre todo, no hay que pasar por alto que más que el culto a las personas, debe haber un culto a la razón, al buen proceder.

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