Que la enajenación no nos gane y nos impida ver la situación trágica que vivimos y el momento cumbre de la historia, la Redención.

Es la fiebre de primavera, muchos andan acelerados y alocados por las vacaciones. Juan se endrogó y se va a la playa con su familia. La colonia se queda medio vacía.

Es semana santa, un tiempo de austeridad, recogimiento y experiencia de Dios. Este es olvidado por los creyentes que viven en un paganismo tranquilo.

La gente se olvida de la situación trágica la ley por la que pasamos, la sangre derramada, secuestros, balaceras, desempleo, hambre, enfermedad y el horizonte negro y amenazante. Son incontables las multitudes de hambrientos y enfermos, las procesiones de sepelios son incontables.

Una de las crisis que más golpean es la crisis de fe. La gente no ve más del presente y la vida mundana de consumo, riquezas materiales, placer instintivo.

Es una manera irresponsable y miope de vivir, se ignora la dimensión total de la vida del hombre, su futuro y su destino definitivo. Es la dolce vita del renacimiento, el carpe diem, la búsqueda de todos los placeres.

No se toma en cuenta la profundidad y altura de la dimensión más pura y bella del hombre, el espíritu. El hombre vive su dimensión mundana, enajenado en los bienes y placeres materiales el cuerpo: lo que importa son las riquezas mundanas y las pasiones bajas de los instintos: sexo, vino, droga. ¡Que vida tan padre! Exclaman unos, que luego se les ve ojerosos, gastados, derrotados a la hora de la cruda y la resaca.

Por el contrario, el hombre goza intensamente cuando disfruta con todo su ser, con su cuerpo, su inteligencia y su libertad.

En algunas tendencias y modas de hoy el individuo quiere ocupar el lugar de Dios: Se cree el centro del universo, quiere decidir del bien y del mal, imponer su ley de criatura. No hay más que ver el panorama de las vacaciones, el que reina es el ser humano que se divierte con su cuerpo ávido de placer, comete todos los excesos porque le gusta, no se puede negar nada.

Hay una fuente secreta del placer y el gozo, la fuente que renueva las energías y la juventud de la persona, es Dios. Es la fuente del ser y de la felicidad. El camino que conduce a él es secreto, áspero, desprovisto de brillos y seducciones mundanas, pero lleva a las delicias secretas y verdaderas.

El camino y su delicias son paradójicos ante los reflectores y los goces del mundo aparece humilde, tan simple. Pero es sólo la entrada del reino de las riquezas verdaderas y de los placeres puros y vivificantes. Son riquezas de otro orden que sólo disfrutan los iniciados y no los principiantes que se conforman con las aguas superficiales y contaminadas de la orilla.

Hay que lograr que las cosas se inviertan para entrar en el reino de la verdad y los placeres plenos. La salvación de Cristo trae un cambio radical de situaciones: los grandes del mundo irán hasta lo más bajo.

Por el camino de la austeridad, el recogimiento, el esfuerzo se llega a la morada de Dios como quien descubre un paisaje encantado, como los que describe Lobsang Rampa, como el tesoro escondido de Jesucristo.

En el triduo sagrado de jueves, viernes y sábado santo, hay que desoír la fiesta, la kermesse donde canta y da alaridos llevados por el alcohol y el humo de la canabis.
Semana Santa es un espacio privilegiado, es el tiempo de gracia para tomar el nivel superior de los placeres del espíritu y de Dios. No hay playas de tanto encanto, del viento impetuoso y fresco de las alturas vírgenes como las playas de Dios.

En la sencillez del pueblo o colonia, entre la gente humilde, en las asambleas sagradas de la comunidad que hacen el enlace con el Redentor y Creador de la felicidad, se encuentra una dicha más grande y la paz que andamos buscando.

El Señor invita a su drama de amor, a su Cena, al camino ensangrentado de la Cruz, a la gloria de la resurrección. Quiere colmar los deseos y esperanzas de los sencillos que siguen a Cristo.

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