La democracia interna de los partidos políticos, concierne a temas tan diferentes como la transparencia, el financiamiento, la toma de decisiones que se refieren a la vida del partido, la justicia interna y la elección de dirigentes partidistas y candidatos a puestos de elección popular.

Todos esos temas, y otros, son importantes para la vida «doméstica» de los partidos políticos e igualmente valiosos para la vida democrática fuera de los partidos, pues es muy difícil entender una vida social democrática, sin una vida democrática interna de los partidos políticos; de hecho, entre la vida democrática interna de los partidos políticos y la vida democrática social (la que se vive fuera de los partidos políticos) hay un mutuo condicionamiento.

La Constitución Nacional, en torno a la democracia interna de los partidos políticos, establece como principio general privilegiar la menor intervención de las autoridades públicas y de las autoridades electorales, de modo que los partidos, sus partidarios y dirigentes tengan la mayor «libertad» posible en su vida partidaria interna, a condición de que se respeten los derechos político-electorales, los demás derechos humanos implicados y las normas constitucionales expresas sobre el particular.

Por esas razones, y otras más que no se pueden desarrollar aquí, por no ser el lugar idóneo, se justifica el interés de todos sobre lo que suceda en la vida democrática interna de los partidos políticos, ya que lo que pase y deje de suceder en la vida interna de los partidos políticos, trasciende a la democracia social. La democracia interna de los partidos políticos es de interés general.

Así que si en los días, como en las semanas y los meses pasados, los partidos políticos en general; pero de manera señalada, Morena, vienen mandando señales a la población sobre deficiencias serias de la democracia en su fuero interno, es importante ocuparse de ello.

El problema crucial de Morena de unos meses a la fecha, tiene que ver con la elección, ejercicio y remoción o suspensión de sus dirigentes partidarios (la lucha cruda entre los grupos liderados por Yeidckol Polevnsky y Alfonso Ramírez Cuellar, ahora reeditada en el enfrentamiento entre Porfirio Muñoz Ledo y Mario Delgado) lo cual solo deja ver la expresión de estrategias que tienen como fin conquistar el poder de Morena, para incidir en las candidaturas a los puestos de elección popular en juego en 2021 y luego, sobre las candidaturas a los cargos populares al final del presente sexenio, señaladamente la candidatura a la presidencia de la República.

El debate y los conflictos de Morena sobre su dirigencia, por supuesto que se enmarcan en procesos institucionales de competencia para «ganar» las posiciones dirigentes, lo cual parcialmente abonaría a favor de la idea de no tiene nada de raro, que es lo «normal»; pero el problema es que en ese camino, formalmente se han presentado denuncias por malversación de recursos monetarios del partido, sobre corrupción, actos de acoso sexual, golpismo, desvío de recursos para apoyar a tal o cual candidato a presidir el partido, y un largo listado de conductas jurídica y políticamente reprochables.

Las derivas de ese proceder son, que tanto al interior como al exterior de Morena, la lucha política electoral, primero ha dejado de ser interna y se manifiesta en la dinámica de los congresos e instituciones públicas federales, estatales y municipales, y en segundo lugar, proyecta que los enfrentamientos políticos-electorales internos, no abanderan una idea de servicio a la población, ni de fortalecimiento de la democracia social o la realización de los derechos humanos de todos, sino que esa lucha es una lucha utilitaria, de búsqueda del poder por los beneficios políticos que representa para las cúpulas partidarias y grupos de interés subyacentes, ahora y en el futuro.

Por otro lado, los ciudadanos -especialmente los indecisos- que son atosigados continuamente con información sobre esos «espectáculos», van instalando en su visión de las cosas una imagen menos favorable del morenismo, por problemas que se derivan, a ojos vistos, de los propios morenistas.

Esa situación, incluso revela que si bien el partido Morena y sus actores no son el presidente de la República, tampoco son entes separados, y con eso se afecta, con o sin querer, la imagen misma del presidente de la República.

No obstante, sopesando justamente esa problemática, hoy no muestra un caos, ni para el morenismo, ni para el partido Morena, ni para el presidente y la cuarta transformación, aunque si es un foco de atención, para resolver de mejor manera la elección de sus dirigentes, no para crear una imagen falsa de virtud democrática interna, sino para que en efecto exista una democracia interna en Morena y eso sea lo que lleve a una elección legitima de sus dirigentes y una mejor imagen de su vida democrática doméstica.

Es una efectiva democracia interna, la que lleva a una mejor imagen pública de esa vida democrática; y no es una imagen artificial de la democracia interna de los partidos, lo que lleva a una democracia partidaria interna real.