En la columna anterior: “La dialéctica de la 4ª transformación” se explica que los contrarios (gobiernos, partidos, partidarios y grupos de interés y de presión de todos los colores) se encuentran unidos, en el sentido de formar parte de una misma realidad, que estos contrarios están en lucha, y que las nuevas mayorías propiciarán cambios cualitativos; pero que todo esto se dará sin cambiar la naturaleza del sistema de capitales que vivimos.

También se esbozó la idea de que la 4ª transformación implica la convivencia de elementos de los gobiernos y la política anteriores, con elementos del nuevo gobierno y la nueva forma de ver y ejercer la política, todo ello en una tensión y resolución constante.

Se precisó, por eso, que el sentido de la 4ª transformación no es de sistema (en el sentido clásico de sistema de producción, que no cambia en su naturaleza y no es posible, amén de que el Presidente en funciones ha expresado públicamente su creencia en la competencia como una clave económica) sino que, y como ahora se amplia, la 4ª transformación atañe al gobierno (estructura, organización y funcionamiento de todos sus órganos); a las relaciones del gobierno en varias materias (economía, medio ambiente, cultura, educación, seguridad, salud, entre otras) y con diferentes interlocutores (internacionales y nacionales); y la forma de ver, ejercer y afectar la política, entendida como la vida colectiva en lo que hace a los asuntos de la colectividad o de las colectividades.

Si esto es así, entonces, se han comenzado a percibir datos, como elementos fragmentarios de la realidad conjunta, que nos indican que este nuevo gobierno tiene una filosofía de valores distintos a los anteriores, pues en los gobiernos anteriores el “homo economicus” era la categoría principal y ahora parece ser que la categoría guía del nuevo gobierno es el “homo humanus” (sin descartar la utilidad económica) esto es, un concepto más amplio de ser humano, más conforme con la esencia y dignidad del hombre como género (de ahí, el apuntado cambio de nomenclatura del CONACYT, que no es solo una mutación nominativa, sino de visión); asimismo, se conserva la axiología de la libertad, pero se atempera por la igualdad (aquí cabe incardinar la re-tabulación de percepciones de los servidores públicos, pues los salarios desproporcionados representan en vía de hecho una injusta desigualdad, pues no hay razones justificativas para percepciones desproporcionadas, ni a la alta, ni a la baja), con un sentido de solidaridad (en este rubro, por igualdad y solidaridad, se puede incluir la universalidad del servicio público de salud), y eso lleva a la justicia, en un sentido amplio, no solo como servicio público.

Otro dato que se asoma, es el de un nuevo “ethos del servicio público”, esto es, un ser, un hacer propuesto y con acciones concretas (el lenguaje proxémico o de las distancias del presidente que no se ve como un tlatoani inalcanzable, su disminución de percepciones salariales, su declaración de bienes e intereses de acceso público, su vida más común al viajar en líneas aéreas de bajo costo, la toma de medidas encaminadas a minar la corrupción como es el reguardo militar de las estaciones de Pemex y que esperemos no de paso a nuevas formas delictivas o nuevos delincuentes) y que sugiere crear confianza en la población.

También, tomando como herramienta esencial los ingresos y el presupuesto de egresos, se observa un acento en la política pública social: mayor apoyo a la educación, pero de manera directa, a través de los alumnos; el fortalecimiento de las instituciones de salud y su reorientación hacía un modelo canadiense más acompasado con la visión de un estado de bienestar (debe actualizarse y ajustarse); o la creación de obras de inversión público/privada para “detonar” el desarrollo regional (como el “Tren Maya” controvertido por el EZLN con una visión y discurso más radical).

En fin, puede escribirse mucho sobre los nuevos datos que apuntan si, a una nueva forma de gobierno y de hacer política en un sentido amplio; como también otros datos que expresan el retome de elementos de los tiempos anteriores (lo cual, me parece no puede ser de otra manera, pues no se puede, como se hizo en siglos pasados, construir un templo, sobre otro templo)

Si el análisis se concreta a esta perspectiva no sistémica de capitales, me parece que sí, que sí se perfila, como síntesis dialéctica, una nueva vida pública, un nuevo ejercicio de gobierno, de política y de incidencia social, parece pues, un modelo de capitales con rostro humano.

Sin embargo, no debe perderse de vista que hay dos factores clave para su logro, uno es la oposición vencida electoralmente (que ha elegido el camino largo de revertir su derrota mediante la crítica, el cuestionamiento público constante, la obstaculización selectiva y el alimento a grupos de presión e interés opositores al nuevo régimen) y otro, quizá el más importante, el propio nuevo gobierno, su hacer, pues pareciera que la debilidad más nociva del nuevo gobierno, no está en la oposición, sino en parte de él y quizá en parte de su partido, pues un mal hacer del gobierno y los gobiernos morenistas afectará de manera directa su imagen pública y consecuentemente las elecciones futuras, amén que brindará a la oposición material suficiente para la crítica corrosiva.

El balance me parece que solo podrá hacerse al final del sexenio, con una lectura provisional en las elecciones intermedias; pero, por lo pronto, en esta perspectiva no sistémica de análisis acotada, reitero, si parece estar en marcha una transformación.

Feliz semana.