Atravesamos una noche muy negra de crimen y de miedo, la Navidad aparece como una luz venida del cielo.

UNA VISTA PANORÁMICA

Algunos sienten, tal vez, que nunca se habían juntado tanta maldad y tanto sufrimiento. Es infinito el dolor de tantos hermanos que se ven envueltos por una nube de muerte como aquella nube radioactiva que pasó sobre nosotros en Francia cuando estalló la estación nuclear de Chernóbil.

El mal es tenebroso, inconmensurable y se cierne sobre nosotros como un terror implacable que nos hace sentir nuestra fragilidad e impotencia y nos deja un dolor de muerte.

No es sólo el coronavirus, es una crisis generalizada que nos hunde en las sombras de la muerte, que convierte nuestra sociedad en un cuerpo putrefacto. Son múltiples las manifestaciones de la descomposición social.

Es la crisis moral, se han derrumbado los principios y valores morales que ordenaban nuestra conducta. Sin bases inconmovibles, vamos a la deriva en sacudidas de vértigo. El hombre pierde su calidad moral, su conciencia, los sentimientos humanos. Se vuelve brutal e implacable, no conoce límites su capacidad de rapiña y destrucción. Asistimos a excesos increíbles en seres humanos, absolutamente insensibles a la destrucción de los semejantes, a su dignidad, su dolor, su derecho de vivir.

Hay un vacío terrible como los hoyos negros del cosmos y es el vacío de Dios. Nuestro mundo vive encandilado por los inventos deslumbrantes de la tecnología, sus artefactos asombrosos que aparecen vertiginosamente lo embriagan y ciegan y marean. Llenan su vida y la satura y no dejan lugar para un ser diferente, para Dios.

Sin Dios, sol de la vida, el hombre cae a la deriva en un caos de tinieblas y de muerte. Su dicha es efímera y se transforma en un infierno de confusión y decepción.

El hombre pierde la orientación del bien y de aquello que puede llevarlo a su felicidad y se extravía en logros efímeros y bienes breves y falaces que los sumen en una negrura de decepción y tristeza profunda.

Así Navidad, en las profundidades de muchas almas aparece como una noche sin estrellas, sin ilusión sin encanto ni ilusión que encienda las miradas y prende el fuego en el hogar de los corazones.

Son muchos los males que soporta el hermano: la soledad y las pobreza muchas veces, el abandono de los suyos. Está harto de bienes materiales y con un vacío indefinible que lo hunde en la tristeza y el desencanto.

LA SABIDURIA DE LO ALTO

El gozo de la Navidad existe, como lo esencial de Saint Exupéry es imprevisible, inesperado. Irrumpe en la realidad humana, es una aparición, algo indescriptible.

Estamos en el tiempo nuevo, el tiempo de Dios. En la noche, empieza a despuntar el día indeclinable de Dios y la dicha que aguarda en lo secreto, el corazón humano. Aparece a través de signos materiales, creados pero es una realidad que procede de lo eterno y lo insondable. Para describirlo, hay que dar lugar a la Palabra de Dios.

De muchas maneras se anuncia el prodigio de la redención del sufrimiento humano, de la desesperanza y de la muerte, del mundo del crimen. Reza aquella antiquísima antífona: con el más profundo silencio lo embargaban todo, tu inefable Palabra señor de los ejércitos hizo su aparición.

El portento del poder celeste aparece bajo el velo o la mediación de realidades sencillas y transparentes del mundo de los pobres, lejos de los centros urbanos y en la sencillez de la campiña.

Así se anuncia de manera sublime en la noche de Navidad. Proclama el profeta Isaías: el pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz, sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció. Engrandeciste tu pueblo e hiciste grande tu alegría.
El profeta Isaías en una visión, siglos antes del gran acontecimiento, con la visión divina anunciaba: un niño nos ha nacido un hijo se nos ha dado, lleva sobre sus hombros el signo del imperio y su nombre será “consejero admirable”, Dios poderoso”, “padre sempiterno”, “Príncipe de la paz”.

Cientos de años después, el oráculo se cumple en el despojo del campo y de la gente sencilla.

En Belén, la ciudad de David “le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada.

“Había unos Pastores que pasaban la noche en el campo, vigilando por tu no sus rebaños. Un ángel del señor se les apareció y la gloria de Dios los envolvió con su luz y se llenaron de temor. El ángel les dijo: no teman, les traigo una buena noticia que causará alegría a todo el pueblo: Hoy les ha nacido en la ciudad de David un salvador, que es el mesías, el señor. Esto le servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. De pronto se le unió al Los Ángeles una multitud del ejército celestial, que alababa Dios cantando: “ ¡Gloria Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el señor”.

El portento se renueva en las almas en la misa de la noche de Navidad.