La vida humana antes de la pandemia, desarrollada en buena parte en espacios públicos y en interacción constante y próxima con otras personas, propiciaba la percepción de que la vida corría en una intrincada red de vínculos y a una velocidad alta en la cual difícilmente podíamos controlar su movimiento.

Una vez declarada la pandemia, las cosas han cambiado, porque la vida se realiza en muy contados espacios públicos y con una interacción física mínima con otras personas, lo cual ha propiciado la sensación de que la vida ahora corre sin mayores vínculos y de forma lenta, tanto que podemos elegir qué cosas hacer, e incluso «alargarlas» para ocupar más tiempo, pero sin poder «controlar» la vida.

En la pandemia es como si hubiéramos «caído» en un espacio casi sin gravedad, en el cual parece que nada se mueve y todo flota sin caer, o bien, parece que viviéramos en un bucle que lleva del inicio al fin o al revés de forma constante, sin que nada cambie.

La cuestión es que cuando la pandemia pase, y con toda seguridad pasará, así sea en tres o cinco años: por efecto de la inmunidad natural, porque se invente una vacuna y tratamientos eficaces, o por cualquier otra razón; cuando pase y se retorne a la vida que era «normal» antes de la pandemia, o algo similar, caeremos en cuenta consciente de que la vida humana ha mantenido una velocidad constante y su dirección.

Incluso, puede decirse que todas nuestras relaciones personales, familiares, amorosas, profesionales, económicas y de cualquier tipo, se habrán mantenido, y que si cambian es muy probable que habrían cambiado aún sin pandemia.

Lo único que entonces podremos concluir es que lo que cambió fue la percepción sobre la vida, quizá sobre algunos de sus aspectos, pero sabremos que en sustancia la vida ha continuado su camino, prácticamente a la misma velocidad, destino y con sus vínculos, aunque ahora la veamos distinta, cuando es la misma.

Puede juzgarse que hay aspectos psicológicos, emocionales o de otro tipo que han modificado la vida, y es cierto, pero en esencia, la vida es la misma, corre a la misma velocidad y en la misma dirección.

Una reunión por medio de cualquier aplicación de nuevas tecnologías, no deja de ser una reunión humana.

Pero el hecho de que la vida humana sea en sustancia la misma, con o sin pandemia, que lo que cambia es la percepción, y que ello la haga «relativa» no desconoce otro aspecto de esa relatividad y es que toda energía que liberemos, toda cosa que liberemos sin retorno, implica una pérdida personal.

Esta juzgada monotonía de la vida humana en pandemia, debe tomarse con prudencia, y cada cosa que hagamos o dejemos de hacer debemos valorarla desde esa otra relatividad, y ponderar que toda energía que liberemos, toda cosa de la que nos desprendamos (bienes, dinero, cosas materiales e inmateriales) sin retorno, se convertirán en una pérdida que eventualmente no es fácil de resarcir.

Aunque la vida personal cambie en la pandemia, al finalizar este evento viral, como vida humana, será en sustancia la misma vida, aunque no lo sea en sus accidentes y tropiezos.
La relatividad de la vida humana vista de ese modo, tiene muchas aristas desde las cuales observarla, pero quizá lo más bueno sea entender que la vida humana no ha perdido los valores que le atribuimos de ordinario y que esos valores son los que necesitan ser preservados aunque varíen sus expresiones, sus formas, no la sustancia de su ser.

Casi todas las personas realizamos las mismas actividades que antes de la pandemia, muchas del mismo modo y otras de distinto modo: si antes se iba a la escuela, hoy la escuela sigue en línea; si antes se trabajaba en una oficina, hoy muchas veces vivimos en el teletrabajo; si antes usted bebía un refresco en un restaurante, hoy lo hace en su habitación.

La vida humana en pandemia es «accidentalmente» diferente a la vida antes de la pandemia, pero como vida humana es la misma vida.

Como una conclusión, quiero retomar de Albert Einstein las palabras que escribió en su obra «Mi visión del mundo»:

«Los ideales que iluminaron y colmaron mi vida desde siempre son: bondad, belleza y verdad… Las banales metas de propiedad, éxito exterior y lujo me parecieron despreciables desde la juventud».