Luego de haber renunciado a la Presidencia de la República, el 31 de mayo de 1911, hace ya 105 años, Porfirio Díaz Mori abordó el barco de vapor “Ipiranga” para abandonar el país, con rumbo a Francia, a donde llegó luego de una escala en Egipto.

Los últimos cuatro años de la vida de Porfirio Díaz transcurrieron entre los reconocimientos, la lisonja de que fue objeto por algunos de los gobiernos de Europa, episodios de enfermedad, el ensimismamiento y el descrédito a la distancia, en espacio y en tiempo.

No hubo falta de dardos no bien intencionados de gente cercana a Díaz, como el de Ramón Corral Verdugo (Vicepresidente con Porfirio Díaz en el último tramo de su dictadura) pues lejos de la patria y caído del poder el dictador, Corral consideró que el gobierno de Díaz murió por debilidad y por cometer errores, que ya no merecía ser gobierno.

El pasaje citado debería ser conocido a fondo por toda persona que ejerce poder, mayor o menor y no sólo político, sino todo poder (Da lo mismo que se trate de un padre respecto de sus hijos o de un servidor público de primer nivel en relación a sus auxiliares).

Conocer ese y otros episodios, ayudaría a entender que el poder se inserta en el contexto de la vida, que así como tiene un cenit también tiene un ocaso, que en el ejercicio del poder las “virtudes” personales florecen y que en la ausencia del poder los “errores” brotan por racimos, que en el poder se es necesitado y que en su ausencia la persona es olvidada, que en el poder se es respetado y quizá temido y sin poder soslayado y vituperado.

El transito del ejercicio del poder a la ausencia o menoscabo fundamental del poder, para quien lo ha ejercido es un pasaje irreflexivo, pareciera que el poder lleva en brazos al poderoso a toda velocidad.

Pero cuando se pierde el poder, sobreviene un trago amargo que en muchas ocasiones lleva a la depresión, al rencor, al ostracismo, a la hostilidad, a la intrascendencia.

Quien hoy ejerce poder muchas veces no interioriza esos escenarios, anclado en la soberbia de su “capacidad” de auto inventarse, de manejar los hilos, de ver sus valores y condiciones, como “superiores”.

Quien ejerce poder, debería reflexionar sobre lo escrito y tantas otras cosas más, no para que al ser consciente de lo anterior, “aproveche su momento” y de una forma tan mexicana opte como la mayoría optan erróneamente por “chingar todo lo que se pueda” (chingar, de acuerdo al Diccionario de la lengua de la Real Academia Española, tiene varios significados próximos a molestar, fregar): aprovechar personas al servicio, vehículos, guaruras, oficinas, teléfonos, viáticos, recursos “extraordinarios”, presionar sexualmente a personas bajo su poder, tener boato y hacer bacanales, entre tantas otras expresiones ilegítimas y claramente ilícitas de ejercer el poder.

Quien ejerce el poder y asume ese comportamiento quizá piense que él o ella “ya la hizo” que ya lo que venga después no importa; incluso, algunas personas procurarán con ahínco atesorar lo más posible de recursos materiales para tener un colchón tan mullido que nunca pisen la realidad del desprecio, o bien, en saltar de uno a otro lugar de modo que jamás se abandone el poder.

Pero la verdad es que todo es finito y en la oscuridad de la pérdida del poder, queda el vacío de la intrascendencia, la pérdida de sentido a veces de la misma vida y no se comprende que en muchas ocasiones quien ha perdido el poder cosecha lo que sembró con tanto esmero, porque incluso aquellos que fueron parte del séquito de aduladores, de sometidos, de afectados, no aceptan en el fondo un poder irrazonable, por una razón muy simple: son personas, seres armados de la capacidad de pensar y de un sentido de justicia mínimo.

Quien ejerce el poder, por ello, debe pensar en cómo llega al poder, cómo lo ejerce, que es finito, que sus actos tienen consecuencias y que observar el mayor grado de corrección en cada uno de esos momentos, si bien no le garantiza el cielo de la eternidad, si crea las bases para un reconocimiento de su buen hacer y para vivir una vida con un equilibrio mayor.

La lección de Porfirio Díaz, a 105 años de que partió a Francia debería ser que la ética en el ejercicio del poder debe considerarse fundamental sobre una idea muy sencilla: el poder de la ética es una buena razón para ejercer la ética del poder.