Los pueblos naturales asentados en el territorio de lo que hoy es nuestro México, son parte esencial de nuestra forma de ser, como son los pueblos de la península ibérica que colonizaron el suelo patrio.

La muerte, en los pueblos naturales de México fue y es uno de los temas preferidos de su reflexión, arte, religión, cultura y prácticas, con una expresión propia.

La muerte, como acto de culto, la muerte como un desatarse de la vida, la muerte como tributo, la muerte como acto de glorificación y honor, la muerte expresada en vasijas, pinturas y condices, así se entendía y ocupaba un lugar esencial en la vida de los pueblos naturales.

Para los colonos, la muerte es renacimiento, es un llamamiento de dios y no es pérdida, es pintura figurativa, es poesía y prosa, es filosofía, pero es un tema muchas veces “tabú” quizá por doloroso.

Por esa razón, en lo días de muertos, de los grandes y de los chicos, lo mismo hay llanto que sonrisas; igual se mira la muerte como pérdida que como un destino necesario; es de esperar un chocolate con pan igual que el ayuno; una misa a media tarde que un llanto dolorido sobre la tumba, o es visible en una calavera de azúcar.

La muerte, sin embargo, es para nuestras culturas un punto de inflexión manifiesto o callado, pero es el gran hito de la vida, su contracara.

En ese derrotero, los(as) mexicanos(as) tan peculiares por reírnos de los males, acostumbramos, no de siempre, pero si ya con tradición, escribir versos libres consonantes y pícaros en los que el tema central es la muerte y las personas de nuestro conocimiento o personajes públicos que mueren o se escapan de la muerte de manera jocosa. Esto es, escribimos calaveritas.

Por esa razón, quizá estos días de constricción, por nuestra mexicanidad, también sean de un cierto humor.

Dejemos pues una calavera para toda buena persona que tenga la amabilidad de leerla, claro, sin que se ponga el saco, que es de humor lo que se escribe y con respeto al sentimiento de los seres que ya no están con nosotros y que forman parte de nuestro patrimonio amoroso.

La muerte carece de cejas,
Pero sí que tiene cuencas,
Una cabeza calva sin orejas
Y la mazorca con sus muelas.

La muerte es vil y descarnada,
Pues ejerce sin autorización,
Ni permiso de Gobernación,
En calles, hospitales y casas.

A ella no le importa si es buena,
Si es justo que se lleve personas:
Viejitos, niños o muchachonas,
Y siempre se burla de hacienda.

La calaca es como es, libertina,
Le gusta el juego y la bebida
Y por eso casi siempre camina,
Por los congresos y las cantinas.

Incluso, en los órganos autónomos,
La calavera hace buenos amigos,
Con los presidentes y secretarios,
Jugándole a la vida como pocos.

Pero la muerte, también socorre,
Al pueblo que ni viste ni come,
Y muchas veces de verlo triste,
Le hinca la uña y los dientes.

Hay calavera, calaverita mexicana,
Gracias por darnos risa y calma,
En una patria que apenas respira
En manos de tantos hijos del alma,
Que oprimen, explotan y liban.