No parece necesario detenerse a examinar el ascenso, la caída o el retorno al poder de Presidentes como Néstor Carlos Kirchner (Argentina), Cristina Fernández de Kirchner (Argentina), Alberto Ángel Fernández (Argentina), Luiz Inácio Lula Da Silva (Brasil), Dilma Rousseff (Brasil), Juan Evo Morales Ayma (Bolivia), Miguel Díaz Canel (Cuba), Rafael Vicente Correa Delgado (Ecuador) y Nicolás Maduro (Venezuela) entre otros, para observar que al dejar el poder y también en su ejercicio han sido perseguidos por el poder judicial, por el poder legislativo y/o por el poder militar, incluso, reduciéndolos a prisión u obligándolos a expatriarse.

Tampoco parece necesario profundizar que cada una de esas personas y sus gobiernos se presentaron y aún se presentan de manera general como aurigas de un viraje de los sistemas políticos, económicos y sociales neoliberales de su país hacia una posición diversa (izquierda, centro izquierda, socialismo, democracia social cristiana…) y que a su juicio ese viraje refrendaba o refrenda los intereses de la mayoría de la población, esto es, de la población pobre y/o indígena, con un sentido de reivindicación frente a los ricos y poderosos, propios y ajenos.

Otro aspecto común, es que la mayoría de las personas que encabezaron o encabezan los gobiernos dichos, una vez que llegaron al poder, buscaron su alargamiento, sea por vía de la extensión temporal de sus mandatos, con o sin reelección; o a través de personas del propio grupo político que fueron elegidas posteriormente.

También es general a esas personas y gobiernos que efectivamente instrumentaron políticas públicas y programas sociales que alimentaron el crecimiento de un base social, logrando victorias que no han sido definitivas.

En el orden nacional, es evidente que esas personas y gobiernos, tienen partidarios como adversarios políticos, y que esto mismo sucede en el escenario internacional, pues a guisa de ejemplo, no son bien vistos, por decir lo menos, por el actual presidente de los Estados Unidos de América; pero al revés. reciben algunas lisonjas por parte del Presidente de la Federación Rusa, en un extraño juego de ajedrez planetario.

Y también es un fenómeno recurrente en el contexto de esas personas y gobiernos, que el valor del derecho internacional, o bien, el valor de las constituciones o leyes nacionales, tienen un peso relativo que parece que se va amoldando al fenómeno político, pues en el orden regional o internacional las normas de derechos humanos son herramientas estratégicas de un juego que se repite y que adoptan interpretaciones y justificaciones en un sentido o en otro completamente distinto, según la utilidad que represente para cada parte, y ni qué decir de la Constitución de cada país, que igualmente se interpreta de una manera o de otra distinta, según la conveniencia de cada quien: ahí está por ejemplo, la para mi falsa diatriba de si en Bolivia ocurrió o no un golpe de estado en este mes, lo cual ni siquiera parece opinable que ocurrió; pero aún así tenemos la postura de quienes han dado cara por el gobierno «transitorio» de Bolivia y el Secretario General de la OEA que lo niegan, alineados al vecino país del norte, sobre la base del «derecho».

Bien, pues todo lo que se ha dicho, por desgracia, parece igualmente replicable a los gobiernos y sus caras visibles en Suramérica que tienen posturas de derecha, que son neoliberales o tienen posiciones próximas a ello.

Eso quiere decir que esos gobiernos de derecha eventual e igualmente son perseguidos por los poderes públicos una vez que dejan el poder, que también se auto adscriben el valor de la verdad y de la esperanza, que también buscan perpetuarse en el poder por sí o a través de otros, que crean sus bases sociales, que viven en un contexto nacional e internacional de lucha por el poder y que el derecho es una herramienta más de la política.

Ahora bien, aunque en abstracto, las personas y gobiernos, sean de derecha o de izquierda y sus múltiples clasificaciones parecen ser lo mismo, es natural que parten de filosofías, teorías e ideologías diversas, que eso construye discursos y ejercicios de gobierno que forman o recrean la realidad que la población general consumimos.

De esa manera, parece que los movimientos sociales y políticos que forman gobierno, encarnan las aspiraciones de quienes les eligen y apoyan; y naturalmente si no reflejan en los hechos las aspiraciones en ellos depositadas, es que viene el desencanto y el descontento, y no importan las derechas, las izquierdas, ni otra clasificación.

Pero, además, me parece que los años de este siglo XXI, nos permiten reflexionar sobre ciertas lecciones que nos deja la realidad Suramericana:

* La estadía en el poder y su ejercicio, tiene límites temporales, espaciales y materiales, de modo que cualquier vía que se siga para permanecer en él o hacerlo omnímodo, se agotará tarde o temprano.

* La persecución de personajes y gobiernos, es la expresión de la lucha por el poder político-económico que tiene lugar en el país y en el terreno internacional.

* La persecución de personajes y gobiernos, en función de los contextos concretos, puede realizarse con un rostro de licitud o, en casos extremos, mediante el uso de la fuerza militar/policial, sin importar su licitud, ni su legitimidad.

* La base social de los líderes políticos y gobiernos, no es definitiva para el mantenimiento del poder.

* El derecho nacional e internacional, en contextos de crisis institucional, está supeditado a fenómenos políticos.

* Los líderes políticos y los gobiernos elegidos, en buena parte representan posturas filosóficas, teóricas, ideológicas y discursivas compatibles con la población que los elige y apoya.

* La población que brinda soporte a líderes políticos y gobiernos, caen en desencanto y descontento, cuando la realidad no se corresponde sustancialmente con el discurso, las ideas, los valores y las promesas ofertadas por esos líderes y gobiernos.

* La población, la población pobre en general, vive en medio de la lucha por el poder político.

Lo escrito, en función de la realidad que nos presenta el panorama Suramericano, vale y es aplicable para cualquier líder político y gobierno del subcontinente, y también, muy claramente para nuestro país, México.

Bien haría el gobierno mexicano, en todos sus órdenes, en mirarse en la realidad Suramericana y reflexionar sobre algunas de las lecciones que brinda, pues al final, somos parte ella como latinos americanos.