Jesús pide a sus discípulos ser buenos, rectos, dar buen ejemplo. Así serán luz en un mundo perverso, sin Dios ni su santa ley.

En tu vida. Los fieles de la parroquia viven entre gente que no sigue la ley de Cristo, no la conocen.

Viven en el egoísmo feroz haciendo el mal a sus hermanos y creyéndose buenos como los fariseos.

Dios habla. Mi deber, como el de Pablo, es anunciar a Cristo crucificado, presentándolo humildemente ante ustedes y dejar que él haga su obra de transformación en ustedes “por medio de Espíritu y del poder de Dios”.

El Evangelio de hoy es parte del sublime Sermón de la montaña, nuestra carta de identidad, afirma Francisco Papa, la expresión más alta de la Revelación. Ahí se encuentran las exigencias más altas para la perfección que Dios espera de nosotros en su plan de salvación.

Para darle sabor divino al mundo de corrupción, estamos llamados a ser sal de la tierra. La sal preserva de la descomposición y da sabor a los alimentos.

En un mundo de tinieblas del error, de perversión, de relativismo moral y dominado por el poder de las tinieblas, de crimen y de muerte estamos llamados a ser luz. “Ustedes son la luz del mundo… Brille la luz de ustedes delante los hombres” ciegos, necios, soberbios, engreídos, de actitudes absurdas y asesinas.

Este mandamiento es de ley divina, lo encontramos desde antiguo en la Revelación que Dios entrega a su pueblo, válida para toda la gente de todos los tiempos. Ser luz se traduce en obras de caridad muy sencillas y concretas. El profeta Isaías ya aplica el consejo de la sabiduría de Dios:

“Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres el gesto amenazador y la palabra ofensiva, cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía”. Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano”.

El señor Jesús rescata lo más precioso de la Revelación y lleva los mandamientos a su expresión más alta y clara. “Brille la luz y ustedes ante los hombres para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre que está en los cielos”.

Los sencillos entienden esta lección, no los soberbios que gobiernan los pueblos y pretenden ser sus mesías. Los anti cristos en la presidencia dominan a los humildes, se engordan a sí mismos, sus ansias de riqueza y poder. Se sienten por encima de sus hermanos y de la ley y aplastan y asesinan y siembran la división, la injusticia contra los pobres, el odio racial, el despotismo en la dictadura de los que dominan la tierra.

Es lamentable el espectáculo que ofrecen en su gran circo, su prevaricación y cinismo.

Es el ejemplo que dan los impíos y dictadores y que siguen muchos hombres, aún cristianos. Y nos hacen retroceder a conductas primitivas, a la barbarie, en la convivencia dominada por la prepotencia, el odio, el despojo.

En estas tinieblas de la corrupción y las bajas pasiones, el discípulo de Cristo debe cumplir la ley del Sermón de la Montaña.

 Vive intensamente. La grandeza y felicidad del hombre están en la caridad y van a contracorriente del mundo.

Cristo está aquí. Nos alimenta con la sabiduría de su Palabra y con el cuerpo y la sangre de su amor.