El camino y el deceso. Entre noviembre y principios de diciembre de 1873, los temas torales en la opinión pública mexicana se reducen a la discusión sobre la «constitucionalización» de las leyes de reforma; la regulación impositiva y el tema más próximo al poeta: la crisis en Coahuila, porque 7 diputados del Congreso de ese estado se erigen en legislatura y desconocen al Gobernador local, nombrando uno interino, lo cual desata acciones judiciales y enfrentamientos armados entre las partes, el cierre de fábricas y el abandono de las haciendas, dando paso al desorden general en Coahuila. Seguramente Acuña piensa en su familia que vive en Saltillo.

Por lo demás, la vida en la capital del país corre como de costumbre, pues en los diarios de la época se habla de las noticias del extranjero; dan cuenta de un clima general de paz (los crímenes más recurrentes y graves son las riñas con lesiones); anuncian la venta de ropa, cigarros, algunos pocos libros, píldoras, ungüentos, jarabes, un álbum de Ángela Peralta y de otros bienes y servicios (diversiones, como por ejemplo, un circo americano con elefantes y leones, y representaciones teatrales) así como informan que la sociedad «Liceo Hidalgo» es presidida por Concepción García y que se recomienda a José López-Portillo y Rojas para que ingrese como integrante a dicho Liceo.

En esa atmósfera, el 5 de diciembre, MAN lo pasa en compañía de su «hermano» Juan de Dios Peza, caminan juntos por la Alameda y Acuña le recita un poema de su autoría «El génesis de mi vida» y luego le dicta y dedica al mismo Juan de Dios Peza el soneto «A  un arroyo».

En el soneto «A  un arroyo», ahora se puede comprender que quizá el poeta anuncia su decisión fatal, pues en el poema se lee:

«Cuando todo era flores tu camino,

cuando todo era pájaros tu ambiente,…

Vino el invierno, con sus nieblas vino,…

y en situación tan triste y diferente,

ni aun un pálido sol te da el destino…

… el duelo asoma en lontananza…»

Juan de Dios Peza, no repara en el mensaje implícito, así que sigue en su deambular con MAN y entre 6-7 de la tarde, lo deja a las puertas de una casa de la calle Santa Isabel.

Al despedirse, MAN le dice a Juan de Dios Peza que al día siguiente lo espera en su cuarto a la una en punto de la tarde, por lo cual el amigo le replica qué sucedería si no llega a esa hora y MAN le responde que se iría sin verlo, porque se iba de viaje «…ya lo sabrás después…» le dijo (Acuña, Manuel, «Poesía completa», México, Conaculta, 2014, p. 266)

Es el segundo aviso que MAN pone en las manos de Juan de Dios Peza, el mismo día, sin que su fiel amigo llegue a concluir el anuncio del suicidio.

En esa cadena de pistas suicidas, antes de volver a su morada, Acuña se entrevista con Rosario de la Peña y le entrega una carta de despedida, que ella lee y no le da importancia, pese a que le fue entregada como «despedida». Es el tercer indicio.

(Eventualmente, las personas que atentan contra su vida, expresan por activa o pasiva su decisión y a veces lo anuncian oscuramente a personas cercanas que citan a horas y en lugares en los cuales pueden intervenir, quizá con el fin de ser salvados de sí mismos, quizá para verles por última vez, tal vez para dejar una carga de culpa…; en el caso, no se puede concluir en definitiva el suicidio a partir de lo dicho por MAN)

El hecho es que la noche del mismo 5 de diciembre, MAN llega a su cuarto con otro amigo que se retira muy tarde, sin que pase por alto que en la mesa de trabajo el poeta tiene material para escribir cartas de luto; pero que MAN explica al decir que otro amigo había perdido a un ser querido y le escribiría una nota. Acuña, ordena su habitación.

MAN, por cuarta vez en el día, expresa con oscuridad la resolución de quitarse la vida. Nadie repara en ello.

El sábado 6 de diciembre de 1873, MAN se levanta un poco tarde, arregla su habitación, sale a los conocidos baños «La cerbatana» (Llamados así, al estar ubicados en la calle del mismo nombre) vuelve a su cuarto, se pone ropa limpia, escribe 6 cartas listadas de negro, sale a los pasillos de la escuela de medicina y platica de cosas intrascendentes con los compañeros, vuelve a su habitación a las 12:30 horas e ingiere el cianuro entre esa hora y al parecer la una de la tarde.

Juan de Dios Peza, llega a la cita acordada infortunadamente tarde (es posible que entre 20-30 minutos después) porque se entretiene conversando con una persona (Incluso si Peza hubiera llegado a la hora acordada es muy probable nada habría cambiado, ya que el cianuro de potasio es altamente tóxico y tiene efecto mortal en pocos minutos).

Al entrar en la habitación, el amigo «hermano» encuentra a MAN tendido en la cama, como durmiendo, lo toca en la frente que encuentra templada, ve sus pupilas sin luz, mira a la mesa, observa las cartas, huele un vaso del que emana un olor de almendras amargas y mira un papel en el cual el poeta deja escrito:

«Lo de menos era entrar en detalles sobre la causa de mi muerte; pero como no creo que importen a ninguno, baste con saber que nadie más que yo mismo es el culpable.- Manuel Acuña.»

(En ese breve escrito, MAN dice poco y al mismo tiempo, mucho, porque él siente que a nadie importa -quizá ni a Juan de Dios Peza, pues Acuña sabía que él era quien iba a verle sin falta ese día- MAN se «sintió» solo, incluso, contando con la amistad)

Juan de Dios Peza apresurado busca ayuda y los estudiantes de medicina Vargas, Villamil y Oribe ocurren en su auxilio, tratan de resucitar a MAN; es imposible.

A las cuatro de la tarde, Jesús Gaxiola, Juez Sexto de lo Criminal que se encontraba de turno, da fe del deceso, dicta las diligencias judiciales respectivas y autoriza que sea la escuela de medicina la que practique la autopsia a los restos de Acuña.

Para no mancillar el cuerpo, con una especie de jeringa, se extraen líquidos del estomago de MAN, revelando que había consumido cianuro de potasio: la herramienta de su muerte.

Estudiantes, profesores, políticos, literatos ilustres, admiradores(as) ocurren a la escuela de medicina para ver a Manuel Acuña; llegan ofrendas.

Ignacio Manuel Altamirano, gran personaje de la vida nacional del siglo XIX y uno de los tantos amigos de Acuña que conocen de los desaires de Rosario de la Peña para con el poeta coahuilense, ese mismo día alrededor de las 2.30 de la tarde acude a la casa de ella y le recrimina que haya causado la muerte de MAN.

(El reclamo parece más fruto del afecto de Altamirano para Acuña, que una acusación legítima, pues no es razonable que se obligue a nadie a querer a alguien. La cuestión más pertinente, tiene que ver con el posible deber que tuvo Rosario de poner en conocimiento de los amigos de Acuña, cualquier dato de sus intenciones suicidas, pues hay que recordar que Acuña le escribió la carta de despedida un día antes, cuyo texto no se conoce y que jamás dio a conocer Rosario, quien siempre la tuvo en posesión)

En todo caso, el cadáver de MAN es inyectado para embalsamarlo y se preparan las exequias que comprenden tres partes: : 1. El tránsito del cortejo fúnebre, saliendo de la escuela de medicina, hasta arribar al camposanto. 2. Formación de la comitiva: a. El cadáver (cargado por sus amigos); b. Música; c. Personas invitadas; d. Círculo de obreros, artistas y actores. e. Comisiones; f. Redacciones; g. Sociedad «La Concordia»; h. Sociedad «El porvenir»; i. Sociedad «Díaz Covarrubias»; j. Sociedad Dramática «Alianza»; k. Conservatorio de música y declamación; l. Liceo «Hidalgo»; m. Sociedad Filoiátrica; n. Carro fúnebre (el mejor de la Ciudad de México) y coches (más de cien). 3. Oradores: a. Manuel Rocha; b. Gustavo Baz; c. Justo Sierra; d. oradores por las sociedades componentes del cortejo; e. tribuna libre; y, f. Juan de Dios Peza.

Bajo ese programa, Manuel Acuña es llevado al cementerio «Campo Florido» (Panteón pobre; pero el único que pudieron pagar sus amigos) y cae el primer puño de tierra sobre su féretro, a las 12:00 horas del miércoles 10 de diciembre de 1873 (Luego sus restos fueron exhumados dos veces, una para trasladarlos al panteón «Dolores» en la misma Ciudad de México, y al final, para  inhumarlos en una tumba de la Rotonda de los Hombres Ilustres en el panteón civil Santiago, en Saltillo, Coahuila, en donde ahora reposan).

No hay noticia precisa de que los familiares hayan ocurrido a los funerales del poeta coahuilense, ni de que haya ido Laura Méndez Lefort; pero si sabe que Rosario no acudió.

El costo de los funerales fue soportado por la escuela de medicina y los amigos de Acuña (el poeta murió sin dinero alguno) quienes además organizaron una colecta pública, para hacer llegar presentes a la familia del finado poeta.

Si Manuel Acuña Narro vivió en la pobreza, si él sintió la soledad y la tristeza como pocos, vale decir que sus funerales correspondieron casi a su riqueza espiritual/literaria y que las causas que le llevaron a retirarse de la vida, palidecen ante su legado.

La obra literaria. A la muerte de Acuña, le siguen en tiempo próximo pésames, actos en su honor, un compendio de sus obras y una producción literaria testimonial, todo publicado en los principales diarios, periódicos y revistas del país.

En poco más de 6 años (su estancia en México, en la cual revela su alma literaria) el joven poeta escribe más de 60 obras en verso y una obra en prosa «El pasado» la cual se clasifica como drama/tragedia. Suficiente para que su nombre quede inscrito en la historia literaria nacional y se le catalogue como un poeta del romanticismo mexicano, al cual llega en su última parte y que por su sencillez es divergente al culto barroco de Sor Juana Inés de la Cruz, otra gloria literaria nacional.

Los poemas más conocidos de Acuña son «Ante un cadáver» y «Nocturno» (a Rosario) los cuales no fueron escritos de manera próxima a su muerte.

Sin embargo, a partir de su «Nocturno», es muy pobre suponer que el tema de sus composiciones poéticas se reduce solo al amor hombre-mujer y sus avatares (Tema regular del romanticismo).

Es cierto que escribe sobre ese amor («Nocturno» es su obra emblema, a la cual se le eslabonan otras que dedica a diversas mujeres: Laura Méndez Lefort, Dolores y más) pero también se debe de tener en cuenta que ensancha el contenido, (por ejemplo, al amor paterno y materno) y que lo trasciende para abordar materias como la amistad, la gratitud, la historia, la ciencia, la filosofía y los problemas sociales.

«Ante un cadáver», por ejemplo, versa sobre su postura filosófica liberal al enunciar:

«…que ni es la nada el punto en que nacemos,

ni el punto en que morimos es la nada.

Círculo es la existencia…»

La materia no se crea, ni se destruye, solo se transforma, esa es la ley de la conservación de la materia base del poema y la cual fue discutida a fondo por Acuña con sus compañeros poetas al leer la poesía frente ellos, aconsejándole ellos mismos que diera ciertos retoques a sus versos para que guardaran congruencia filosófica-científica.

Quien guste ahondar en la temática de sus versos puede leer sus obras completas y observar, entonces, que Acuña no es el poeta romántico común, sino que es algo diferente y que apuntaba a una nueva forma de poesía en su tiempo.

Desde un punto de vista técnico, como autor literario, es difícil encasillar a MAN, pues lo mismo escribió versos (odas, cantos, elegías, sonetos, entre otros) que prosa, con variantes de estilo y contenido que no se avienen estrictamente al romanticismo.

Sin embargo, salvo algunas obras puntuales («Rasgo de buen humor» como muestra, en donde usa un tono de comedia) lo cierto es que gran parte de sus «letras» tienen un dejo melancólico y trágico; pero eso parece que atiende a una cuestión fundamental: es MAN, con sus circunstancias, quien escribe.

Y aquí es en donde se recuperan los aspectos trascendentes de su vida, como la pobreza que lo hermana con la problemática histórico-social del país (Los poemas «Uno y quinientos» así como «Ramera» son fruto de esa comunión); sus estudios de medicina, que lo abrazan a una visión material del mundo («Ante un cadáver» es un reflejo); y la soledad de familia, que le orilla a buscar el cariño en la imagen de sus amores confundidos -Laura, Rosario, la mujer que aseaba su ropa- sin encontrar satisfacción, para consecuentemente caer en la melancolía y dar lugar a una muy buena parte de su obra («A Laura» y «Lagrimas a la memoria de mi padre» son buena muestra) .

Y sobre «Nocturno» (A Rosario) hay que recordar que Acuña estaba enamorado sin respuesta favorable de Rosario de la Peña y que también Rosario era pretendida por Guillermo Prieto (Prieto se contentó con un amor paternal) e Ignacio Ramírez (Por su mayor edad y posición, solo pudo profesarle un amor callado y distante del cual sabía Guillermo Prieto)

En esa geometría, Guillermo Prieto tiene noticia de los amores paralelos de MAN con la mujer que lava su ropa y con la joven poeta Laura Méndez Lefort (Hay certeza de que Laura Méndez Lefort, tiene un hijo de Manuel Acuña; el cual muere poco después de nacer. El hijo de Manuel y Laura, tuvo por nombre Manuel Acuña Méndez y fue sepultado en el mismo panteón «Campo Florido» -con el tiempo, el panteón desapareció, sin que exista registro conocido del lugar en el cual quedó el cadáver del pequeño Manuel Acuña Méndez, así, como un verso que se piensa y se esfuma).

Al saber el comportamiento de MAN y por alguna razón oscura (¿Amor de «padre»? ¿En apoyo a su amigo Ignacio Ramírez? ¿Por egoísmo? ¿Por qué?) Prieto acude con Rosario y le traslada la conducta de Acuña, para que ella obre con cautela.

Luego de saber los «secretos» de Acuña por boca de Guillermo Prieto, en su casa Rosario espera al poeta, quien regularmente pasa a verla para cortejarla, y teniéndole en frente le reclama su conducta; Acuña niega, pero al final reconoce sus relaciones amorosas y se mantiene en casa de Rosario, toma asiento frente a una mesa y ahí de manera atribulada le escribe a Rosario la primera versión del poema «Nocturno», sin que aparezca el nombre de Rosario en el título (Esta es la versión de Rosario, según la entrevista que concede al diario Excélsior, en diciembre de 1923)

No está por demás decir que el evento que señala Rosario en la entrevista (también sujeto a valoración) ocurre varios meses antes del suicidio de MAN; pero permite observar de manera concreta el motivo y la razón del contenido de «Nocturno».

Fue esa poesía una de sus tantas tristezas, una de tantas por las cuales Acuña lloró y escribió siempre, como lloró el día de su muerte, pues Juan de Dios Peza atestiguó que de los ojos del cadáver de Acuña brotaban lágrimas que no se podían contener.

El mensaje que Acuña deja a los jóvenes y a todo mundo, no es el de su muerte inútil, sino el de la vida; el mensaje es, que todo es posible, que nunca no desistan de sus sueños, que luchen por ellos y que, sobre todo, vivan, porque el mundo sigue, con más o menos almas, así que es preferible vivir, como un valor supremo. Fin.