Para empezar. Quien se asoma a la literatura mexicana y la recorre de manera general, sin que sea necesario que la abarque por completo, ni le dedique todo su tiempo, sabe que es un mar que siempre está en movimiento, con olas que van y vienen, reformando el mar del antes y el mar del después, sin que deje de ser el mismo mar propio.

Esas olas que van y vienen se encuentran lo mismo en los poemas filosóficos de Nezahualcóyotl, que en el «Popol Vuh», en los escritos de Fray Bernardino de Sahagún («Historia General de las Cosas de la Nueva España) en la «Relación de Michoacán», en la obras de los cronistas de la conquista, en la obra de Sor Juana Inés de la Cruz, en la «Historia Antigua de México» de Francisco Xavier Clavijero, en la poesía de Manuel Acuña, en «El periquillo sarniento» de José Joaquín Fernández de Lizardi, en los poemas de Xavier Villaurrutia y en el «Laberinto de la soledad» de Octavio Paz, tan solo por ejemplo
(Hay muchas licencias que empleo en el párrafo anterior, al no anotar los nombres completos de las personas citadas, o mencionar algunas personas y obras y otras no, sin que, por otra parte aquello que es mencionado se le tenga como modelo de una corriente o movimiento literario).

Es necesario aclarar que así como la literatura mexicana tiene perfiles propios, también guarda contacto con la literatura universal o de otros ámbitos (no es raro encontrar ciertas convergencias generales entre parte de la literatura rusa y la mexicana, a guisa de muestra).

Pero más que nada hay que subrayar que la literatura mexicana es lo que es, porque es hija de sus autores, de su espacio y de su tiempo, de tal modo que la literatura mexicana es una expresión de los mexicanos, de lo «mexicano».

Si ello es así, entonces la literatura igualmente forma parte de los mexicanos, del «ser mexicano», nos individualiza y nos distingue, nos hace ser y ser como somos (El derecho, la pintura y la música, son otros elementos no únicos de nuestro ser mexicano)

Reconocerlo es de suma importancia, en especial en un mundo convulso, súper conectado, súper inmediato, global, virtual, en el cual todo parece lo mismo y lo mismo parece todo, creando conflictos de identidad; pero también de horizonte y de futuro.

Aprender y re-aprender quienes somos, a través de nuestra literatura, parece que es un buen camino -entre otros- para lograr un mejor vivir, así como para encontrar un recodo de paz, solaz y claridad, ante el mundo violento e inseguro que vivimos.

Por eso ¿por qué no hablar de Manuel Acuña? Joven figura literaria del siglo XIX y quien pese a su corta edad dejó obra en verso y prosa, laureada y reconocida, pues descubrirle o redescubrirle es mirar el valor de nuestra juventud y de sus pesares, con la idea de que siempre es posible vencer en las peores condiciones y de que hay más de una solución en un camino que a veces se presenta lleno de piedras y de espinas.

El entorno de Manuel Acuña. Manuel Acuña Narro (MAN en adelante) nació el 27 de agosto de 1849, en Saltillo, Coahuila, teniendo como padres a Francisco Acuña Cantú y a Refugio Narro.

Esa sola referencia, permite atisbar que al nacer MAN, se encontró a las puertas de un México que buscaba su independencia real y su identidad, pues hacía escasos treinta años que había triunfado el movimiento independentista (1821) y el país se debatía entre movimientos imperiales, centralistas, federalistas, conservadores, liberales, de intervenciones gringas y francesas, a la mutilación del territorio nacional, a movimientos reformistas y de republicanismo, con una economía desigual, no industrializada y una sociedad desigual e iletrada.

Por decirlo de forma breve, casi todo estaba por hacerse o se hacía y se rehacía a cada momento. Se necesitaba un gobierno mexicano, un derecho mexicano, una economía mexicana, un educación mexicana… una literatura mexicana.

Prácticamente los primeros 15 años de vida de MAN transcurren en Coahuila y es luego de ello que se traslada a la ciudad de México, para estudiar la carrera de medicina.

No hay indicios claros de que MAN en Coahuila tuviera pretensiones literarias, sino sólo médicas y quizá solo con el propósito de salir adelante con su familia, compuesta de padre, madre y quince hermanos, que tenían como base económica una pequeña tienda de telas ubicada en Saltillo, Coahuila.

Pero en la sociedad capitalina, el llamado era distinto, si se considera que sus figuras intelectuales estaban justamente en la búsqueda de la identidad escrita.

Ignacio Manuel Altamirano, Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto, entre otros, eran extraordinarios herederos en México del legado de José Joaquín Fernández de Lizardi, (Fundador de la «novela mexicana») en esa empresa identitaria en la literatura.

El esfuerzo por la identidad literaria, se reflejaba en el impulso que Ignacio Manuel Altamirano, Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto, brindaban a los jóvenes a través de organizaciones con fines literarios (El Liceo Hidalgo, por caso) a las cuales invitaban a jóvenes como Justo Sierra, Juan de Dios Peza y Manuel Acuña, para que desarrollaran sus habilidades y formarán un cuerpo literario «nacional».

MAN estudiaba medicina, pero esto lo compaginaba con sus intenciones literarias, en una situación que no era muy favorable, pues si no estaba en la total desgracia económica, era sin más un estudiante pobre.

¿Cómo es entonces que este joven norteño logra ser reconocido, al grado que recita un poema de su autoría ante el Presidente de la República en los festejos de apertura de la Independencia Nacional; que triunfa con la puesta en escena de su obra «El pasado» dramatizada por la actriz española Pilar Belaval; que es contertulio de la reconocida soprano mexicana Ángela Peralta -el ruiseñor mexicano-; que tiene el amor de otra literata como Laura Méndez Lefort; que es reconocido como una promesa del parnaso literario nacional; y sin embargo, se suicida, dejando tras de sí una obra literaria hermosa?

Baste decir que todo es posible y que la vida eventualmente es incomprensible, como puede leerse en la entrega que sigue a esta.

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