Como casi todas las cosas en la vida que tienen tiempos de formación, consolidación y decaimiento, el imperio romano tuvo estos momentos

En la época de florecimiento, el gobierno del imperio romano en su cara personal, encarnó en no más de cinco emperadores, luego de los cuales el imperio latino comenzó con su declive.

Marco Aurelio (121-180) emperador de Roma de origen hispano, es el último de los monarcas que formó parte del pequeño grupo de emperadores que dirigieron a la antigua potencia romana durante su época de esplendor, pues luego de su gobierno, el imperio comenzó su declinación.

Marco Aurelio no fue un emperador improvisado, se formó de manera adecuada, constante y honda para el ejercicio del poder, aún sin saber que sería emperador.

Gobernar (bien) el imperio romano no fue una cuestión menor, por su extensión física, por la diversidad compleja de los pueblos que lo formaban, por los conflictos bélicos, por los intereses de las elites romanas, por el desgaste mismo de ser un imperio, entre tantas otras cosas.

Regir al imperio romano implicó el uso de la fuerza; pero más que eso, requirió del empleo de la razón, incluso al emplear la fuerza.

Marco Aurelio era consciente de eso y dejó testimonio de su forma de concebir el poder y su ejercicio en los escritos que ahora forman un libro llamado “Meditaciones”.

En sus “Meditaciones” Marco Aurelio otorgó un valor relevante a la formación intelectual, pues dice de manera literal que no se debían “…menospreciar las escuelas públicas…(que se debía)…buscar a los mejores maestros…(y)…que en la educación no se debe perdonar gasto” incluso para sí mismo.

Marco Aurelio despreciaba los gobiernos tiranos (aquellos formados en la envidia y la hipocresía) y juzgaba como virtudes la clemencia, la humildad, tomar resoluciones con madurez y ejecutarlas, ser indiferente a “…la gloria popular…” “…escuchar a quienes (proponen) un proyecto de utilidad pública…” amar la justicia, dar el merecido a cada quien sin hacer caso de sugerencias que estorbaran un juicio recto, “…reprimir el aplauso y todo tipo de lisonja…(velar) con suma atención por las necesidades del imperio (aquí deben entenderse necesidades públicas)…(gastar)…el (erario público)…con exactitud y conocimiento y sin escuchar murmuraciones (que) le tachaban de poco esplendido…(tener en) rarísima vez y en poquísimos aspectos…secretos” gobernar por las reglas solidas del deber “…sin dejarse llevar por el aura popular…” guardar una prudente moderación en “…lo que respecta a dar espectáculos y regocijos públicos…a regalar al pueblo donativos o distribuciones y a otros aspectos de esta naturaleza…” y vivir de una manera modesta.

Si esas pautas de gobierno, se expresaran en nuestro contexto, se tendría que decir que un buen gobierno y un buen gobernante, en términos de Marco Aurelio, es aquél que se concreta en personas formadas intelectualmente, con un profundo sentido ético, que debe ser clemente, humilde, maduro, sin demagogias, razonable, justo, objetivo, eficiente y eficaz en el ejercicio del presupuesto, que no es corrupto, sin vanidad y transparente.

Esas breves consejas son útiles para ver como un emperador romano administró el imperio y también para ver a su luz a nuestros políticos.
Y la verdad es que a través de ese ojal, la gran mayoría de nuestros políticos, en los cargos de elección popular o de asignación en las órbitas federal, estatal, municipal y de los órganos públicos autónomos no pasan, no cumplen con esas pautas.

En nuestro país, y no sé si en otros países ocurre algo similar, nuestros gobernantes carecen de formación y de educación, generalmente realizan acciones u omisiones incorrectas, son pedantes y soberbios, inmaduros, manipulan o pretender manipular a la gente en lo general, actúan arbitrariamente, incurren en actos de injusticia, ejercen el poder muy a su estilo, son ineficientes y dispendiosos en el ejercicio del presupuesto público, roban, son vanidosos y con gran opacidad.

Ejemplos sobran: servidores públicos que han realizado su educación a base de presiones y chantajes, que venden plazas, arreglan licitaciones en beneficio propio, realizan orgías, administran a discreción y auto proclamándose conocedores absolutos de la verdad por ostentar el cargo (hágale como sea, muchas veces dicen, ante el cuestionamiento a sus decisiones) exhiben la miseria de sus ropas y posesiones de alto costo, carecen de entereza ante situaciones complejas, condenan al inocente y liberan al responsable, creen que gobernar es un estilo hasta a la hora de comer o tratar a una persona, gastan en turbosina y gasolina sin reparo, se auto asignan salarios reprobables, crean obras a contento, reciben sobornos con base en prestanombres, y claro, todo lo que puede quedar de rastro de ese comportamiento se clasifica como reservado o confidencial, bajo el argumento de proteger “derechos”.

Marco Aurelio gobernó un imperio con el poder de la razón, un imperio, anótense con negritas; y en México, parece que en grandes segmentos públicos es la fuerza del poder la que solo administra, sin gobernar, porque un gobierno, es aquél que se somete a la razón y esto poco se ve hoy (El Presidente de los EUA, otro caso)