México-EUA es un juego repetido

La relación de México con los Estados Unidos de América ha sido siempre una relación tensa y conflictiva, sin importar la configuración y el encarne de los gobiernos al sur o al norte del Río Bravo, así que evítese el catastrofismo, porque después de dos siglos de relación, aquí seguimos.

En la relación de ambos pueblos, el país de las barras y las estrellas siempre se ha comportado con un papel dominante, entendiendo por dominante que impone sus decisiones fundamentales, sin que se afecten por las acciones que nuestro país adopte ante ellas.

En el más reciente diferendo, el presidente del norte, a finales del mes de mayo próximo anterior, amenazó de manera creíble al gobierno mexicano con imponer el 10 de junio una tasa del 5% sobre todos los productos mexicanos y que se incrementaría en una tasa igual, mensualmente, hasta llegar a un 25%, si no se detenía en México el flujo de migrantes hacía su país.

La reacción del Gobierno Mexicano fue buscar un acuerdo con el gobierno del norte que representara un menor costo que la imposición progresiva de aranceles con la cual amenazó.

El acuerdo pretendido se alcanzó, con los costos de enviar elementos de la Guardia Nacional a la frontera sur, fortalecer el programa “Quédate en México”, otorgar un plazo para que el gobierno mexicano presente ante el gobierno del norte pruebas creíbles de que el flujo de migrantes hacía los Estados Unidos de América disminuyó drásticamente, y el cuarto punto fue incluir el desarrollo regional, orientado preferentemente hacia la inversión económica en los países de Centro América.

El presidente del país autodenominado americano anunció primero que nadie el “acuerdo” como un triunfo revelador, pero luego ha venido una andanada de él mismo, para fustigar que la Cámara de Senadores mexicana debe aprobar el acuerdo que contiene pactos “secretos” pues de no ocurrir así volverán las amenazas de los aranceles.

El gobierno mexicano, de buena fe y a toda prisa está instrumentado acciones tendentes a cumplir el dichoso acuerdo.

El costo de mandar 6 mil elementos de la Guardia Nacional a la frontera sur y seguir aplicando el programa “Quédate en México” que ya se aplica (costos visibles del acuerdo) y lograr que los Estados Unidos de América acepten implementar un programa de inversión en Centro América (lo cual le cuesta más bien a ese país) no parece gravoso frente a lo que pudo representar la imposición progresiva de aranceles a los productos mexicanos que van al norte, además, México ha ganado, cualquiera que sea el derrotero futuro, tiempo, y este es el recurso más escaso y valioso en política.

Se puede criticar que se ha visto al presidente mexicano y a su gobierno “sometido”, que fueron maltratados, que están a la merced de los “caprichos imperiales”; pero la realidad es que los costos anotados son bajos y que el gobierno nacional eligió bien una estrategia cooperativa con el gobierno del norte, a un bajo costo. De hecho, si los vecinos del norte, ponderan bien el acuerdo, sentirán que solo tienen agua entre las manos.

Si el 10 de junio se hubiera decretado la tasa del 5% sobre los productos nacionales, la economía y el país entero, con las externalidades correspondientes, estaría en una crisis mayúscula.

La cuestión, y esto me parece que es lo más importante, es qué va a suceder cuando el vecino imperial revise los avances mexicanos en torno al acuerdo pactado, cómo lo haga y que consecuencias se desencadenen.

Pero para ese entonces, me parece que el Gobierno Mexicano, pese a que tiene la buena fe de cumplir el acuerdo, habrá contado con tiempo suficiente para diseñar un plan que incorpore estrategias más meditadas, tanto para el caso de acuerdos, como de desacuerdos, en un contexto en el cual quizá el Presidente del país hegemónico se encuentre en una situación general y política-electoral diversa a la de hoy.

Ese es el escenario, en verdad, neurálgico, puesto que el cumplimiento del acuerdo entre las naciones está sujeto a la valoración del presidente tuitero y lograr una disminución sustancial de la migración al vecino país del norte depende de la valoración de su presidente; pero, como se decía antes, hoy se cuenta con tiempo y nadie se encuentra obligado a lo imposible, ni puede ser obligado a renunciar a su dignidad, menos un país como México.

El juego sigue.

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