Los bebés que nacen de una madre con VIH no necesariamente se contagian. Basta que las mamás tengan el tratamiento al día (Foto: Archivo)

Por: Eduardo Pérez Arroyo

Morelia, Michoacán (MiMorelia.com).- De pronto, sin aviso, Agustín lanza un golpe directo.

—Mis hermanas me dijeron que moriría —dice—. A veces pienso que no debería estar aquí.
Es miércoles en calle Manuela Medina 567, la sede de Convihve, asociación civil que orienta y apoya a quienes están como él. También es su casa, y la de muchos que vienen aquí cuando se cierran las puertas del mundo.

—Cuando visito a mi familia, mis hermanas salen para no verme.

Se lava las manos, toma un trapo, lo frota sobre la mesa para quitar el polvo.

—Esa planta la puse yo —comenta, orgulloso, ante una bugambilia. Cuando ve llegar un visitante que no conoce, atraviesa el umbral y desaparece.
Agustín es homosexual. Tiene VIH.

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Hay que acudir a los datos para situar bien la realidad del VIH en Michoacán. Ayudar a superar los prejuicios debiera ser un imperativo ético cuando se habla del tema.

Sida y VIH no son lo mismo. El VIH destruye las células de CD4 que protegen al cuerpo; el Sida es la última etapa del VIH. Los antirretrovirales impiden que el VIH se convierta en Sida.

Casi nunca es correcto hablar de Sida. Hoy, la mayoría de los casos solo llega a VIH. Los medicamentos no curan la infección, pero ayudan vivir más y mejor, y a reducir a casi cero la posibilidad de contagiar a otra persona. En la práctica, quienes siguen el tratamiento pueden vivir como personas sanas.

El VIH no se contagia por contacto. Se puede dar la mano, abrazar o besar a alguien con VIH, compartir artículos domésticos, un escritorio o hasta el baño. No pasará nada. Hay que recalcarlo: no pasará nada.

Incluso, en Michoacán existen miles de parejas serodiscordantes: uno tiene VIH, el otro no. Pueden convivir sin problemas y sin contagio siguiendo unas cuantas normas: tratamientos al día, condones en la relación sexual.

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Los bebés que nacen de una madre con VIH no necesariamente se contagian. Basta que las mamás tengan el tratamiento al día, que den a sus hijos leche comercial en lugar de materna, que accedan a dar al recién nacido un tratamiento preventivo de hasta 6 semanas.

El VIH y el Sida no son enfermedades de homosexuales, ni de promiscuos, ni de personas de conducta social irresponsable. Todos podemos adquirir VIH. Pero a la vez, al evitar conductas de riesgo, es extremadamente difícil contagiarse.

Finalmente, en la mayor parte de los casos, las personas ya no mueren de Sida.
Los datos invitan al optimismo, pero son solo una parte de la historia.

Los protagonistas

Juan no es homosexual, no tiene conductas de riesgo, no parece portador del VIH. Siempre ha seguido rigurosamente los tratamientos.

—Me dieron tres años de vida —dice—. Eso fue en 1991.
Juan, cuyo nombre completo es Juan Bosco Valle, es el presidente de Convihve. Desde ahí lidera la lucha permanente que implica encabezar un lugar de estas características.

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—Los gobiernos no nos dan mucho —dice—. Desde que el Presidente anunció que los apoyos no pasarán por las asociaciones civiles, hay más incertidumbre.

Juan parece más un médico que un seropositivo. Los años lo han vuelto experto en el uso de los fármacos, y en cómo lidiar con el espanto de quienes reciben la noticia de tener VIH. Mientras hablamos llega María (que no se llama María). Está pálida y temblorosa. En el Departamento de Enfermedades de Transmisión Sexual no quisieron atenderla. Tampoco le dijeron de esta asociación, a la que descubrió por Internet.
—¿Hace cuánto tuviste la conducta de riesgo?
—Seis meses.
Comenta que le indicaron que esperara un año para hacerse el examen.
—Te informaron mal —le dice Juan—. Para hacerse la prueba solo bastan tres meses.

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Si María hubiese creído la versión de la Secretaría de Salubridad y Asistencia hubiese perdido varios meses de tratamiento.
Tiene 21 años. Dice que la contagió su novio.

* * *

Antonio es homosexual y tiene VIH. Se contagió en Tijuana por, según él, andar de loco durante 25 años. Regresó a Michoacán en 1999, porque entonces en Tijuana no había tratamiento para los portadores de VIH. Tiene un sobrino que también tiene VIH, que también es gay. A veces el sobrino acude a Convihve. Cuando ve a su tío Antonio ni siquiera lo saluda.

—Imagínate —dice—. Loca, y con VIH… Nadie quiere saber de gente como nosotros. Ni la propia familia.

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La vida en Convihve

Es jueves. Habrá películas. Muchos —casi todos son hombres, solo tres mujeres— entran y salen. Hablan, ríen, se divierten.
—Les gusta venir —explica Juan—. Aquí nadie los molesta. Esta casa es un espacio de libertad.
Básicamente podemos jotear en paz —agrega Raúl, entre risas. Él no tiene VIH, pero en alianza con Juan promueve su propia trinchera: la tolerancia a la diversidad sexual.

Las películas tratan temas relacionados con el VIH. Días atrás, la duda estaba entre The Normal Hear, con Julia Roberts y Mark Ruffalo, que nadie quiere ver, y Bohemian Rapsodhy, que muchos andan buscando hace tiempo. Para contribuir en algo, logro conseguirla en el mercado pirata. Compramos refrescos, churros, palomitas. Tras la película habrá charlas sobre lo que vimos.

—Tenemos VIH, pero la vida sigue —dice Juan—. Es muy importante entenderlo.

La sede es producto de una donación. En 2003, la filántropa local Carmelita Hurtado Sosa se enteró de la institución, fundada por el activista Alejandro Alberto Cedeño Farfán, y ofreció adquirir una casa. Hoy, la labor explícita es albergar a personas con VIH, o a sus familiares, cuando deben acudir a Morelia por el tratamiento. Se pagan 20 pesos. Si alguien no los tiene, no se cobra.

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—Se trata de ayudar —dice Juan—. No estamos para hacer negocio.

La casa es grande y tiene varios espacios para el descanso. Agustín, a quien los demás llaman la dueña de casa, la mantiene en limpieza permanente y absoluta.

—No queremos dar una mala impresión.

A veces se equivoca. Uno de los días en que acudimos las luces parpadeaban por una falla en la instalación eléctrica. Fue él.

—Para eso es mi casa —desafía—. Aquí vivo, aquí duermo. No necesito más.
A veces, dice Juan, tienen que ayudar a alguien a ocultarse.

—Hay enfermos de este mismo vecindario —dice—. Los llevamos a otro lado para que la gente no sepa de su enfermedad.

—Los gobiernos, ¿los ayudan?

—Solo a veces —cuenta Agustín—. El año pasado se nos inundó todo. Casi un metro de agua. Perdimos muebles, sillas, mesas. El Ayuntamiento nos dio una licuadora.

Tijuana y un hacha 

Entre estas paredes hay historias extremas, como la de Giancarlo.
Su cuñado, esposo de una de sus hermanas, lo quiso violar. Meses más tarde lo intentó de nuevo. Giancarlo no le dijo a su familia. No quiso exponerse a que no le creyeran, o a generar un problema mayor.
—Hoy me preguntan: qué tienes contra él, por qué no lo saludas. Yo les digo: solo yo sé por qué.

Para su familia, el enfermo es él.

Leobardo es otro caso. Tiene VIH y es homosexual. El rechazo familiar, dice, es lo peor. Su madre aún vive. Todos los fines de semana, sin falta, llega a la casa de su madre para estar con ella, cocinar juntos, ver la telenovela. Pero él no duerme en su casa.

—Mi padre dormía con un hacha. Me decía: eres un anormal, no eres mi hijo. Al rato que estés dormido te cortaré la cabeza.

Cuando permanece en su casa, Leobardo sueña que su padre se levanta y se acerca con el hacha. Su padre murió hace muchos años.

* * *

—Superar los prejuicios es un ejercicio racional —sentencia Juan—. Es un camino largo y doloroso, pero hay que decidirse a hacerlo.

Terminada la película me presento. Muchos ya habían advertido la presencia de un extraño, pero nadie muestra hostilidad. Soy chileno, les digo, busco historias para graficar la realidad del Sida en Michoacán. Me acogen con generosidad.

—No desaparezcas —me dice alguien antes de partir. No pienso desaparecer. Como le sucede a muchos –me lo dijo Juan–, ante el tamaño de esta realidad, se siente el impulso de ayudar de alguna forma. Porque la ayuda nunca sobra.

* * *

María ya recibió el resultado de su examen. Tras guardarse el papel en el bolsillo, sale a la calle, camina con dirección a la ciudad, se pierde entre la tarde.

—Antes de irse, me dijo que quería seguir en contacto con nosotros para ayudar —dice Juan.

Esta vez María no estará tan sola: no tiene VIH. Pero a veces la realidad es más dolorosa.

Las tres historias aquí narradas –el sobrino que desprecia a su tío, el hombre que intentó violar a su cuñado, el padre que amenazaba a su hijo con un hacha– no le ocurrieron a tres personas distintas: en realidad el Giancarlo, el Antonio y el Leobardo de esta historia son una misma persona.

Así es vivir con VIH en Michoacán.

Michoacán hoy

Michoacán está en el noveno lugar nacional respecto de casos de VIH. Hasta diciembre de 2018 la Secretaría de Salud federal establecía 6 mil 458 casos, que representan el 3.2 % del total nacional.

Respecto del género, los hombres son la población más afectada, con 5 mil 311, contra mil 147 mujeres. El pico máximo de contagios en la entidad fue el año 2015, cuando se registraron 383 casos.

Respecto del rango de edad, a nivel nacional las personas de entre 25 y 39 años constituyen el 53.2 % de los casos registrados.

¿Qué hacer si se tiene VIH?

Saber que se tiene VIH puede ser angustiante, por lo que una red de apoyo y asesoramiento resulta vital.

Aunque el VIH no tiene cura, los medicamentos ayudan a llevar una vida más prolongada y sana. Los tratamientos, denominados antirretrovirales (TARV), disminuyen la cantidad de VIH en el cuerpo hasta que, en algunos casos, los infectados no transmiten el virus a sus parejas.

Durante el proceso es muy importante cuidar la salud emocional. Es aconsejable ver a un consejero o terapeuta especializado, o acudir a grupos de ayuda en línea o presenciales.

Dónde acudir

La sede de Convihve se ubica en Manuela Medina 567. De manera gratuita, confidencial y voluntaria, la institución ofrece pruebas y orientación, y canaliza a las instancias adecuadas a quienes lo necesiten. El teléfono de contacto es 3161082, y el email es acconvihve1@hotmail.com.

En tanto, el Consejo Estatal de Enfermedades de Transmisión Sexual y Sida, ubicado en la esquina de 20 de Noviembre con Aquiles Serdán, ofrece exámenes gratuitos y atención psicológica. Los horarios son de 07:30 a 14:00 horas, de lunes a viernes.
El examen consiste en una punción en el dedo. Los resultados tardan entre 15 y 20 minutos.

EL DATO

El VIH no es lo mismo que el Sida. El Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida es la etapa avanzada de la infección causada por el VIH, y solo aparece cuando las defensas del cuerpo ya están muy debilitadas.

CA