Fabiola Alanís Sámano

“La batalla por los derechos de las mujeres es de una larga data y ninguno de nosotros debe apoyar todo aquello que los socave”. Eleanor Roosevelt (escritora y activista feminista).

Más o menos somos 66 millones 435 mil mujeres mexicanas, el 51.5% de la población total, y cumplimos un trabajo no remunerado 300 veces mayor al de los hombres. Uno de cada 4 hogares tiene jefatura femenina y eso influye en los niveles de pobreza y pobreza extrema, porque en esos hogares hay un mayor número de integrantes, principalmente niñas, niños y adultos mayores, quienes dependen en esos casos totalmente de nuestro trabajo.

Las mujeres en situación de pobreza ganan una quinta parte menos que sus pares varones, aunque tengan el mismo nivel educativo. Eso impacta directamente en la inseguridad alimentaria. Sucede lo mismo con el acceso a la educación: las mujeres jefas de familia (MJF) tienen en promedio 6.5 grados menos de instrucción, lo que incide directamente en la formación educativa y cultural de las y los hijos.

A diferencia de otros tiempos y circunstancias, las autoridades ya aprendieron a contabilizar el trabajo doméstico y no remunerado de las mujeres, ya está integrado en las cuentas nacionales y ya se puede calcular qué porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB) representa el esfuerzo combinado de más de 66 millones de mexicanas; se pueden contabilizar también las brechas de la desigualdad entre mujeres y hombres, por eso se sabe que los ingresos de las mujeres son en promedio un tercio inferiores.

En México, el Valor del Trabajo No Remunerado en los Hogares (VTNRH) representa el 24.9% de toda la riqueza que produce el país anualmente (PIB); el 18.3% del VTNRH corresponde a las mujeres y apenas el 6.6% a los hombres, es decir, las mujeres contribuimos, como ya se dijo, 300% más a esas actividades sin obtener ingreso alguno por ello.

Las labores domésticas y de cuidados, la limpieza y mantenimiento de la vivienda, la limpieza y cuidado de la ropa y el calzado, las compras y la administración del hogar, el cuidado y el apoyo a las y los integrantes de la familia, la ayuda a otros hogares y el trabajo voluntario; todo eso, representa el 24.9% del PIB. Incluso en poco más de una década, lejos de disminuir el trabajo no remunerado, creció al pasar de 20.2% del PIB nacional en 2003 al 23.2% en 2016.

En las labores domésticas y de cuidados de la población de 12 años y más, se dedica en promedio 27.6 horas a la semana, de las cuales el 39.2% recae en el esfuerzo de las mujeres y apenas el 13.9% en los hombres, y es que, en no pocos casos, el cuidado de las y los enfermos y las personas con discapacidad lo realizan las mujeres, independientemente de su situación conyugal.

El trabajo no remunerado también se clasifica por las horas dedicadas a las labores domésticas y al cuidado de las y los niños de entre 5 y 11 años; en promedio, a esa labor se destinan 4.7 horas a la semana con una distribución más equitativa, el 4.9% lo realizan las mujeres y el 4.5% los hombres.

No es ninguna novedad el hecho de que sobre las mujeres recaiga el mayor peso del cuidado de la familia y el mantenimiento del hogar; lamentablemente, ese rol está enraizado en la sociedad y romperlo requiere de un esfuerzo titánico. De lo que se trata es de ir modificando esos roles que tradicionalmente nos han sido asignados, porque tiene un sentido social antiético la sobreexplotación de las mujeres y la doble o triple jornada de trabajo que realizamos todos los días.

Estamos en el siglo XXI y cada vez más, como sociedad, tomamos conciencia de la importancia que tiene para todas y todos avanzar en la construcción de la igualdad, en lograr un piso parejo para hombres y mujeres en el presente y para el futuro, porque no es normal la sobreexplotación de las mujeres y la transmisión de generación en generación de un mandato femenino que condiciona y limita su propio desarrollo cultural, profesional, laboral y existencial al Otro, siendo ese Otro las y los hijos y su pareja sentimental.

México ha suscrito prácticamente todos los convenios, tratados, compromisos y convenciones internacionales en favor del adelanto de las mujeres; ha emitido leyes y reglamentos nacionales para el acceso de las mujeres al bienestar, la autonomía económica y el acceso a una vida libre de violencia; sin embargo, todo eso no alcanza para acortar las brechas de la desigualdad y permitir el piso parejo para hombres y mujeres; sucede no sólo con el trabajo no remunerado, sino con las evidentes brechas de desigualdad que por momentos parecen insalvables; sucede con el acceso al trabajo y al salario digno, sucede también con la educación y, lamentablemente, sucede con la posesión de la tierra, sobre la que los títulos de propiedad, principalmente en las zonas rurales y urbano marginadas, están a nombre del varón.

AC