Se cumplen 500 años de la primera celebración de la Navidad en el territorio que ahora es México. En 1519, Hernán Cortés y sus soldados se encontraban ya en Tenochtitlan, instalados en el Palacio de Moctezuma, celebraron con el propio emperador azteca las llamadas “Pascuas de Navidad”. Meses después, la matanza del Templo Mayor desataría la ira de los aztecas; Moctezuma sería apedreado; los españoles tendrían que huir en la noche del 30 de junio de 1820, y tendrían que refugiarse en Tlaxcala.

La celebración navideña de 1520 ocurrió en Texcoco, gracias a la disposición de Ixtlilxóchitl, aliado de los conquistadores que ya para entonces había recibido el bautismo. Bernal Díaz del Castillo cuenta en su Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España que por esas fechas los españoles fueron reforzados por tropas de indios tlaxcaltecas que Xicoténcatl, el viejo, proporcionó. “Cortés le dio las gracias por ello, y después de hecho nuestro alarde, un día después de pasada la pascua de Navidad del año 1520 [los españoles entraron otra vez]… a tierra de mejicanos”.

Al darse cuenta de la caída de Tenochtitlan, el calzonzi de Michoacán, Tangaxoan II, se sometió a la corona española sin resistencia en 1522. A los hijos de los nobles purépechas “mandólos traer [Hernán Cortés] para que se enseñasen en la doctrina cristiana en San Francisco y estubieron [sic] allá un año”, narra La Relación de Michoacán. Los franciscanos, encabezados por fray Martín de Chávez, mejor conocido como fray Martín de la Coruña, llegaron a Michoacán en 1525 y se establecieron en Tzintzuntzan. Con ellos se instituyó la celebración navideña en estas tierras, que consistían básicamente en la celebración de la “misa de Gallo”.

Por su parte, los españoles, con motivo de las Pascuas navideñas, se concentraban en Huango (la actual Villa Morelos), en donde se hacían carreras y festejos.

Los frailes agustinos arribaron a la Nueva España en 1534; ellos fueron los creadores de las posadas en el Convento de Acolman, y quienes trajeron las piñatas, las cuales tenían su origen en Italia. Los agustinos llegaron a Michoacán en 1538, abrieron sus conventos en Tiripetío, Tacámbaro y Valladolid. Más tarde se expandieron a Huango, Charo, Cuitzeo, Copándaro, Ucareo, Yuriria y Chucándiro.

Las posadas fueron su instrumento para la evangelización; los agustinos hacían en sus conventos novenarios de misas, rezos y cantos que incluían el paseo de los peregrinos, la representación de la travesía de José y María en busca de refugio para que la Virgen diera a luz; el recorrido culminaba con el reparto de aguinaldos a los asistentes. Estos festejos se arraigaron a tal grado que, más tarde, se escenificaron en vecindarios y pueblos.

Las piñatas, regularmente eran estrellas de siete picos; una olla de barro que se cubrió con conos de cartón se adornó con tiras de papel de china pegadas con engrudo.

Representaban los siete pecados capitales; quien golpeaba la piñata tenía que ser cubierto con una venda en los ojos, desde la frente hasta la nariz, para que ciego, como la fe, combatiera los pecados obteniendo como recompensa los dulces y las frutas contenidas en la olla. Para los niños la piñata sólo significaba un rato de diversión.

Las posadas, al arraigarse en la sociedad mexicana se convirtieron en un cemento social, una tradición para fortalecer los lazos de comunidad. El paseo de los peregrinos, la solicitud de posada con cánticos, vela en la mano y luces de bengala, derivó en un convivio en el que dulces, galletas y fruta unían a los niños que, luego, hacían la rueda para romper la piñata. Para los adultos, la degustación del ponche, la cena y el baile en torno al candil o la fogata forjaba amistades y matrimonios.

Dar la posada era una misión que se iba rolando entre los vecinos; “hoy le tocaba a Cuquita, mañana a Esthercita, pasado mañana a Chuchita”. La fecha del 24 tenía un significado distinto; luego de romper la piñata todos se retiraban para convivir con su familia.

Las celebraciones navideñas no han estado exentas de ocurrencias. Durante el gobierno de Pascual Ortiz Rubio, en 1931, en un arrebato de exagerado nacionalismo, el gobierno mexicano pretendió sustituir la adoración al niño Jesús por el culto al pequeño Quetzalcóatl.

La tradición de Papá Noel en los países nórdicos y la de San Nicolás de Bari en las naciones germanas derivó en la presencia del personaje que todos conocemos como Santaclós. Los colonos holandeses que llegaron a Norteamérica trajeron consigo la tradición del viejo bonachón que entraba a las casas por la chimenea el 24 de diciembre para dejar juguetes a los niños. El Santaclós, vestido de rojo, con sus botas de charol, su barba blanca y su cinturón ancho, fue un invento de la Coca-Cola. El diseño del Santaclós que conocemos fue obra de la empresa refresquera, la cual encargó en 1930 al artista norteamericano Habdon Sundblom la elaboración de una serie de cartones promocionales de la bebida que fueron distribuidos masivamente para publicitar a Coca-Cola durante el fin de año.

A todos los lectores de Publimetro, ¡muchas felicidades! Haré una pausa, nos volveremos a encontrar en estas páginas el primer martes de 2020.