De manera general y con las licencias del caso, el neoporfirismo se ha considerado como el paralelismo entre dos épocas o parámetros históricos; aquel primero concerniente a los aproximadamente 30 años que José de la Cruz Porfirio Díaz Mori gobernó de forma autoritaria a México, en un contexto económico de mercado libre, de gran concentración de la riqueza -incluida la tierra- en manos de pocos (y en esos pocos, una fuerte presencia de capitales foráneos), de una inmensa masa popular pobre y de una paz y orden muy cuestionables, con una filosofía demagógica.

Del otro lado de la comparación, se tiene al periodo que va de mediados de los años 80 del siglo XX hasta 2018, en el cual los partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional, gobernaron al país, con claros visos de autoritarismo, en un marco económico neo-liberal (economía de mercado libre más refinada y global, aunque en gran medida solo «teórica», pues en la práctica operaron los monopolios y la irrupción de los gobernantes en los negocios «privados») de fuerte concentración de la riqueza -incluida la tierra, virtud a la posibilidad de su reversión a propiedad privada- en manos de pocos (y en estos pocos, una fuerte presencia de capitales foráneos), de una inmensa masa popular pobre y de una aparente paz y orden, con una filosofía también demagógica.

Entre los años 2018-2019, con sus antecedentes previos de 1998, 2006 y 2012, se fue gestando un movimiento que puede entenderse como una especie de reivindicación de la filosofía, la visión, los bienes y valores, así como del querer profundo y esencial de la Revolución Mexicana de 1910, esto es, en su sentido social, que equivale a decir un gobierno próximo al pueblo, de fuente legítima, con límites al mercado libre y su mano invisible que todo compone y acomoda, de redistribución de la riqueza -por ejemplo, a través de los programas sociales- de participación directa del estado en la economía, de moderación de la distancia entre ricos y pobres, y la búsqueda de una paz y orden, con un sentido social y más humano.

Esto último es lo que se podría entender como una especie de neo «revolucionarismo» en el sentido del paralelismo de los parámetros históricos de la revolución mexicana hasta los años 60 del siglo XX y del año 2018 en adelante, en temas de política, economía y sociedad.

Es claro que los parámetros históricos en comparación, tanto del neo porfirismo como del neo revolucionarismo no son del todo iguales, pues, por ejemplo, durante el gobierno de Porfirio Díaz la población mexicana era en su mayoría rural y de los 80 del siglo pasado a la fecha, la población mexicana se ha volcado a las urbes; y así como en el periodo revolucionario la rectoría económica del estado era palpable, en la actualidad, la intervención del estado en la economía es mucho más suave.

Lo anterior, viene a cuento, porque recientemente se suscribió por los representantes de los jefes de estado de México, Estados Unidos de América y Canadá un instrumento adicional al T-MEC, y fue amplia, sonora y fuertemente celebrado por los presidentes de cada país suscribiente, como por los servidores públicos que lo negociaron y las élites empresariales y sociales de cada estado.

En el caso de México, se ha destacado durante las últimas horas que el T-MEC y su instrumento modificatorio permitirán que el país reciba inversiones externas nuevas -no solo reinversiones de las empresas extranjeras ya establecidas en México- que esto mejorará la economía nacional, que propiciará mayores y mejores fuentes de trabajo, ampliar las fuentes concretas de captación impositiva interna y por ende el engrose del presupuesto público para beneficio social, entre otras ventajas.

De manera que, justamente el T-MEC y su instrumento modificatorio suscritos por los tres países, es un claro mensaje de que el Gobierno de la República, de nuestro país, no tiene urticaria frente a la visión del mercado libre -se atajará por el gobierno mexicano que su visión de mercado libre no es igual que la de antaño, porque en el pasado no interesaba lo justo, ni lo social como condiciones de ese mercado libre, y se tendrá razón-
Pero el T-MEC y su instrumento modificatorio, acreditan de manera fuerte que la visión liberal o neo liberal, en general y con sus fuertes diferencias específicas entre los parámetros históricos esbozados y en la forma en cómo lo entiendan, no es una carta aborrecida por la 4a transformación, así como muestra de paso que esta 4a transformación no es una «izquierda» ni un «socialismo» en el sentido clásico o antiguo del término (agua y aceite entre el sentido social y un mercado libre), sino que es una «izquierda» o un «socialismo» de modernidad que sabe jugar con los elementos del neoliberalismo, bajo ciertas condiciones, para obtener los beneficios que buenamente pueda sacar de ello, como igual lo hace la República Popular China con sus áreas económicas de libre comercio u otros países.

En el mismo sentido, apunta la vocación religiosa que ha hecho pública (con sentido utilitario o sin él) el Presidente de la República y que además ha impulsado desde el gobierno a través de la cartilla moral que distribuyen los ministros de un tipo de culto religioso, seguramente llevando agua a su molino.

Los extremos se tocan, pero además, quiero recordar lo que dijo el presidente del vecino país del norte sobre nuestro presidente mexicano hace más o menos 15 días «… Me cae muy bien el Presidente de México. De hecho, me llevo mejor con este presidente que con el anterior, y EN TEORÍA (AMLO) TIENE TENDENCIAS SOCIALISTAS, pero…es un muy buen hombre».