lucero pacheco

A un mes de finalizar el año, México llega a las 107 mil 565 muertes y millón 133 mil 613 casos de coronavirus. No creo que el gobierno tenga un proyecto de exterminio para los mexicanos, pero lo que sí hay es una losa de indiferencia que exhibe a un gobierno moralmente enfermo y que, al tiempo que salva a unos, condena a la muerte a muchos otros.

Esta enfermedad ha logrado permear en las bases más sensibles de la sociedad mexicana, en los sectores vulnerables. “Por el bien de todos, primero los pobres”, decía en campaña; esa frase lo persigue; hoy en día los que menos tienen son los más afectados y donde se registra la mayor cantidad de defunciones por Covid-19.

A dos años de gobierno, muchos dirán que es poco tiempo para evaluar, que una pandemia se travesó;  pero los más sensatos concuerdan en que hay pocos triunfos, porque seguramente los hay, lo cierto es que al momento de sopesarlos ganan más los resultados catastróficos, porque de eso sí hay y cuantiosos.

Pensar como éxito sólo en términos de crecimiento económico, seguridad o empleo es deshumanizarnos, porque por encima de todo esto está la vida. Sólo por esta pandemia han muerto 107 mil 565 mexicanos y mexicanas; la cifra de homicidios dolosos en los primeros 24 meses de este gobierno asciende a 68,649 muertos.

Un millón de pequeñas y medianas empresas han cerrado definitivamente por causa de la crisis económica. Desmantelar los programas que llegaban a los más pobres, desaparecer fideicomisos, esas sí  son malas noticias para todos, son los “otros decesos”.

¿Cómo podemos comparar los pocos logros del gobierno con estas cifras? No lo intente. No hay manera.

Como si la historia reciente fuera un estorbo, han querido cambiarla desde una visión muy limitada. Aferrarse a que todo es culpa del pasado no les llevará a ningún lado; ¿cuál será el argumento cuando terminen el sexenio? Porque el pasado serán ellos.

Pocas porras se han visto de quienes integran el aparato burocrático del actual gobierno federal en sus distintos niveles, en sus distintas simpatías, en sus distintos cargos y encargos, unos como legisladores otros como fervientes seguidores; han optado por callar, tampoco hay honor en repetir mentiras.  Quizás les invada la tristeza de saber que lograron el propósito en el que se empeñaron tercamente y que hoy les resulta indefendible.

Mención aparte merecen las alianzas que se construyen al calor de las próximas elecciones del 2021, donde habrá cambios en 15 gubernaturas en el país, renovación de 30 congresos locales, 500 diputaciones federales, 1,910 ayuntamientos y 16 alcaldías de la CDMX.

Decir alianza no se trata de un bloque “opositor” al gobierno, como han querido cambiarnos el lenguaje desde Palacio Nacional; nadie es opositor a su patria, ¿o sí?

No normalicemos ese lenguaje, no nos encaminemos a ser como Venezuela; ahí primero les llamaron opositores, luego los juzgaron por traidores a la patria.

No hablemos de enfrentamientos con el gobierno federal, hablemos de defender la verdad, cuidar las reglas, involucrarse en política, cuidar la palabra. A eso debemos apostarle como mexicanos.

A nuestro país hay que curarlo, porque esta enfermedad nos resta libertad. Al tiempo.