Rubén Ignacio Pedraza

Versa un viejo refrán: “No le pidas peras al olmo”, haciendo alusión a una solicitud o exigencia que se le hace a alguien que está imposibilitado a darle cumplimiento a algo, o que simplemente nunca lo hará por sus propias autolimitaciones. Se trata de una frase popular a través de la cual también podemos hacer referencia a una cultura que se ha enquistado en una gran parte de la llamada “clase política”, misma que no es privativa de una edad, una corriente o lateralidad política en particular, dentro de la cual encontramos desde los que se dicen enemigos del populismo, hasta aquellos que se persignan ante la demagogia o los que se desgarran el alma a causa de la antidemocracia, pero que su actuar consiste en un modelo de hacer las cosas  basado en sacar ventaja de las necesidades o penurias que está pasando la gente, es decir, quienes a costa de todo pretenden “hacer leña del árbol caído”, para sacar raja política de la desventura que enfrentan las personas, sobre todo en esta época de crisis.

En este contexto vale la pena asentar algunos datos. Según la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (INEGI, 2018), misma que proporciona información sobre la percepción de la población en temas de corrupción, incluye una sección sobre la confianza en personas, instituciones o actores de la sociedad, con la cual se ha podido estimar que las instituciones en las que más confía la gente son las universidades públicas con 76.8% de aceptación, mientras que el menor grado de confianza se presentó́ en la clase política con apenas un 17.8%. Dicho estudio pone sobre la mesa el deterioro de la imagen política, por un lado, y el peso del sector académico en la actuación popular, por el otro.

Aunado a lo anterior y a pesar de los adelantos tecnológicos, el acceso a las fuentes de información y la evolución de las dinámicas sociales, todavía encontramos a políticos viejos, no necesariamente de edad, ya que los hay desde mediana hasta lo que es más deplorable, figuras públicas jóvenes, que actúan peor que los de la vieja escuela y, aprovechan las adversidades que aquejan a los que poco tienen, a los ciudadanos de a pie, para llevar agua a su molino, transfigurándose y reinventando su propia personalidad, aparentando estar de lado de la gente en condiciones más desfavorables, llevando como estandarte una moralina rancia, mostrando a todas luces su desconocimiento de la realidad y esgrimiendo soluciones simplonas a problemas sumamente complejos.

La alerta sanitaria que ha provocado el Covid-19 es un hecho para el cual la humanidad no estaba preparada, y pone de manifiesto las carencias más profundas tanto del sistema económico como político y social. Lo anterior no es más que una muestra de lo poco que se aprende de la historia, a pesar de que, a principios del siglo pasado, para ser más precisos, en el año 1918, el mundo padeció una pandemia de gran escala que cobró la vida de más de 50 millones de personas, donde México no tuvo escapatoria y evidenciando que no se aprendió nada. Sin embargo, las agendas políticas y los intereses económico-electorales dejaron al margen aspectos primordiales como la salud, la alimentación, la educación y la igualdad de oportunidades. Hoy en día exacerban las consecuencias de esta grave omisión, en medio de un momento en que todos buscamos preservar la vida y el bienestar de nuestras familias, amigos y de la ciudadanía en general, revalorando la vida muy por encima de los intereses electoreros y el mercado global, que no son más que el origen del consumismo, la globalización de la pobreza, la especulación financiera y la concentración de la riqueza en unas cuantas manos.

De manera contradictoria, el Covid-19 ha revelado la empatía y la mezquindad de la clase política a la vez, sacado lo bueno y lo malo de muchos personajes. Por un lado, podemos ver a los líderes vanguardistas que se ponen al frente y que actúan sobre los hechos atendiendo la contingencia, aquellos que toman en cuenta la opinión del sector científico, tratándose de un fenómeno sin precedentes, que les ha ayudado en la toma de decisiones acertadas y que, por ende, van un paso adelante en la minimización de los efectos y la prevención de los posibles daños que causará este virus, es decir, líderes que tienen un manejo adecuado de la crisis, asertivos y visionarios, capaces de enfrentar lo que devenga de la alerta sanitaria, con herramientas ante los retos de una nueva normalidad, actuando en consecuencia.

Caso contrario, salen de entre las sombras, personajes que no han podido figurar a causa de su propia carencia de iniciativas y propuestas viables, esos que encontraron en la tragedia y la desinformación el caldo de cultivo perfecto para el odio y la difamación, desviviéndose por protagonizar. Hablamos de los mismos que llenan su boca de descalificaciones vacías, carentes de propuestas fundadas, los que sacan de la manga supuestas soluciones, que no son más que ocurrencias sin fundamento que a mediano y largo plazo sólo generarían un cúmulo de problemas de efectos catastróficos en lo económico, social o sanitario.

La perversidad de estos entes, que ya hemos referido, no sólo busca sacar ventaja política, polarizando la opinión bajo la premisa del “divide y vencerás” o aprovechando la desgracia y necesidad para hacerse propaganda; sino que, además recurren a la más ruin de las estrategias para enriquecerse, los que hacen negocio, mienten, engañan y comprometen hasta la vida de las personas, a partir de manipulaciones, desinformación y estafas.

Contrario a lo que algunos afirman, la ciudadanía sí se está percatando del estéril empecinamiento de algunos, por ganar más likes en las redes sociales, por aparecer en la foto, salir en la tv o tener voz en la radio. Esa necedad asumida a costa de lo que sea, resalta ya sea desde el mensaje de confrontación vana, el dictado de medidas absolutistas infundadas o la falsa pretensión de verse como pueblo e invitar o exigir el que no se paguen los impuestos, sin medir las consecuencias fatales que conlleva, como lo es la falta de fondos para manejar la crisis, resultando todo esto en una bola de nieve, que a final de cuentas significa perder-perder, así como una prolongación indefinida de los daños.

Muchos dicen que el mundo se detuvo, y pensando de manera positiva, entonces, este alto debiera implicar el que salgan a flote las #IdeasDelCambio, y que, a partir de ahora, se reconstruya el mundo de una mejor manera, empezando desde cada casa, cada calle, cada colonia y cada comunidad, hasta llegar a la escala de una globalización de las oportunidades y las igualdades. Sin embargo, hoy nos enfrentamos ante una situación de la cual no existe claridad alguna de la totalidad de sus efectos en el futuro. Lamentablemente muchos personajes políticos, solo ven esta contingencia como si fuera la única o última oportunidad para posicionar su imagen, haciendo uso de la corta visión que los caracteriza.

Todos esperamos que los actores políticos, los líderes de los diferentes sectores, así como la sociedad en su conjunto, unan sus esfuerzos e identifiquen este fenómeno. Es necesaria la construcción conjunta de un futuro común, creando coincidencias para andar por nuevos y mejores rumbos, poniendo siempre como prioridad la pugna por el bienestar y dignidad de las personas, recayendo esta oportunidad en todos los actores clave y principalmente en los tomadores de decisiones, que en su mayoría pertenecen a clase política, misma que de igual manera tiene que reinventarse, pues se encuentra tan desacreditada que deja en el ciudadano la sensación, como dijimos al inicio, de que no se le pueden pedir peras al olmo.

Es también necesario otorgar el reconocimiento apropiado a muchos otros actores políticos, que, sin protagonismos están tomando las decisiones pertinentes, trabajando para todos y por el bienestar de muchos ciudadanos. Aunado, hay que señalar a los otros personajes de los que claramente no podemos esperar esa mínima congruencia; empero, lo que sí es pertinente realizar como ciudadanía, es un ejercicio profundo y escrupuloso de observancia de la manera de actuar en esta contingencia,  por parte de todos los actores políticos, haciendo un registro en la memoria, de los que actuaron para prevenir daños, construir alternativas, llamar a la solidaridad y atender las problemáticas, así como de los personajes que aprovecharon el momento de crisis para hacerse publicidad, manipular a las personas, poner en riesgo vidas, lucrar con la necesidad y que generaron problemas peores que el mismo virus que hoy nos tiene en incertidumbre.

Claro está que no podemos pedirle peras al olmo, igual de claro es que la crisis desenmascara todas las intenciones por más buenas o perversas, lo que nos lleva a redireccionar las decisiones, no podemos confiar el futuro económico, social, cultural y político a quienes lucran con la desgracia, así que se convierte en una obligación como ciudadano tomar un alto y reflexionar el tipo de entorno y sociedad que queremos. Pero no todo es lamentación, como dijera en una entrevista reciente Juan Villoro, “Si el virus trae un mundo mejor, ¿por qué estar tristes?”.  2021 será un año de decisiones importantes, por lo que debemos de mirar a mediano y largo plazo, ojalá sea posible que la participación ciudadana ahora sea tan fuerte como para superar la incidencia de los actores políticos que no abonan, para así, construir todos de verdad, el rumbo que queremos y necesitamos, como ciudadanos para un Michoacán y un México mejor.

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