El homo sapiens desaparece, mucha gente ya no piensa ni actúa razonablemente, reacciona instintivamente, visceralmente, irracionalmente. Se vuelve una fiera feroz.

Cuando señalas el crimen, los fracasos de un ídolo, revestido de la máxima autoridad, sus fans reaccionan con cólera y fuera de sí, enajenados: no razonan, no argumentan, no buscan la verdad, atacan sin lógica, sin razones.

Llama la atención como tienen la sensibilidad a flor de piel y como atacan saliéndose por la tangente del asunto en cuestión, por ningún lado.

Es conocido que las personas se expresan en las redes sin responsabilidad, se esconden tras él anonimato y no respetan límites de razón ni de moral.

Quieren demolerte y llenarte de inmundicia, sin ningún límite ni respeto, se avientan a la yugular, con toda la saña y la violencia.

La sociedad está expuesta a un problema máximo, incontrolable. La actitud violenta se contagia como una chispa en un trigal seco o en un monte cuando falta la lluvia. Hemos visto un incendio, es horroroso, no olvidemos los incendios devastadores y incontrolables de California.

No podemos silenciar nuestra capacidad de reflexión y de control ante los problemas inmensos que vive el país.

No podemos dejar de reaccionar como personas dotadas de inteligencia y voluntad, que buscan el bien y resisten al mal, que han creado la civilización y la convivencia dentro de un orden moral. No podemos degradarnos de manera tan vil, no podemos convertirlos en fieras salvajes que se rigen por pasiones brutales y por la ley de la jungla. Ya hay mucha violencia y sangre derramada con más crueldad y exceso que entre los animales.

No podemos ser irracionales y pasionales ante los líderes del poder y ante el jefe supremo del país.

El líder es un hombre de entre los hombres. El ídolo es un ser humano, no puede sentirse un ser de raza superior, iluminado, no pueden perder pie y creerse de la esfera de los demiurgos. Si pierde así su realidad, se vuelve soberbio recalcitrante, se convierte en un demonio tirano, triturador de vidas, feroz, implacable.

Hay que mantener los pies bien plantados en la realidad. Todo ser humano es un ente de luces y sombras, de errores y fracasos, capaz de lo mejor y de lo peor, de lo sublime y de lo más abyecto. Hay que saber leer en las actitudes y en los discursos de los “grandes” hombres su soberbia apenas disimulada, sus desplantes de grandeza y de autoritarismo y su vanidad.

No hay grandes hombres, los que verdaderamente valen tienen un sentido exquisito, conmovedor de la humildad, como lo señalamos ya en este espacio hablando de Mario Molina, aquel sublime sabio que recibió tan modestamente el premio Nobel de química.

El político debe ser humilde. Reconociendo sus limitaciones, afinando, corrigiendo es como se avanza difícilmente, entre pasos adelante avances y retrocesos desviaciones y fracasos hacia metas más altas hasta alcanzar el destino final, el más bello y pleno.

Con seres humanos así, airados, la sociedad se torna como un monte seco, o un trigal listo para los discursos incendiarios. Es muy grave el discurso del presidente que polariza al pueblo de México. Es muy triste que haya un sembrador de odio, que ofenda y excite y caldee los ánimos y los disponga al enfrentamiento en una lucha fratricida que seguramente será terrible incapaces de domarla, si no doman los minúsculos Corona virus como van a domar a tigres desatados. La responsabilidad es gravísima.

Es tan grave, abominable e intolerable que una autoridad abuse de su investidura, de su capacidad de convencer y de seducir para azuzar a la gente astutamente, para crear facciones, los míos y los malditos de antes, neoliberales y conservadores. El mal se está gestando, México a una velocidad que no se percibe, hacia el encono absurdo. Hay muchos ciudadanos que están prestos para atacar. Cualquier palabra que no les guste, que toque a su líder, sin pensar mucho por qué.

¿Ya no hay mexicanos sensatos, maduros, sabios y virtuosos, dispuestos a guardar compostura y recuperar la sensatez, la calma y la tranquilidad?

Si, los hay, conservan su nobleza, grandeza y serenidad y reaccionan como personas decentes . hay muchos. Con ellos hay que recuperar la sensatez y el buen ánimo, la calidad humana y divina para liberar a México de las fuerzas destructoras, que sirven a poderes ciegos y letales.

Con ellos, no luchamos contra nadie, no queremos ofender a nadie, buscamos el bien verdadero de todo México.

Así enfrentaremos y venceremos una corrupción agazapada, invisible, venceremos la corrupción del poder, alcanzaremos el progreso y la paz.