En uno de los cursos que me ha tocado ofrecer para la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, y esto lo digo solo con el fin de ubicar el contexto de lo que menciono enseguida, un diputado federal no morenista de un estado colindante con Tabasco, me preguntó qué se podía hacer para que las personas -sus potenciales votantes- creyeran en ellos -en él y en los integrantes de su partido no morenista- y que se convencieran de que eran la mejor oferta política y de gobierno.

Otra cosa que el legislador federal no me preguntó expresamente, pero que estaba implícita, es cómo es que muchas personas creen y siguen casi dogmáticamente a Andrés Manuel López Obrador, aún incluso hoy que México está sumido en un crisis sanitaria, económica y de seguridad.

Es cierto que la «fidelidad» de muchas personas para Andrés Manuel López Obrador, más que para los «morenistas» que son otra cosa, encuentra como explicación parcial factores como la indignación popular acumulada durante muchos años frente a los gobiernos no morenistas, que ahora Andrés Manuel López Obrador se encuentra en el ejercicio del poder público más fuerte del gobierno nacional y que, desde ahí, administra buena parte de la vida colectiva, en lo cual cabe destacar el control que tiene sobre el presupuesto público nacional -sus programas de asistencia social, de manera subrayada- y sobre los medios públicos de comunicación.

Pero hay que observar que esos mismos factores los tenía a favor, al menos el gobierno nacional previo al actual, y aún en ese caso, ese gobierno nacional no pudo «conquistar» la voluntad popular en 2018.

Por eso es que comenté al legislador que en el fondo, las personas que respaldan a Andrés Manuel López Obrador lo hacen porque creen en él y que esa «creencia» no era gratuita, porque Andrés Manuel López Obrador, desde hace muchos años entendió que esa creencia se conquista y que se conquista tanto al ejercer el poder, como cuando no lo ejerces, creando una imagen digna de crédito, más en un tiempo de redes sociales abiertas (Es un dar y recibir).

Así, le expliqué al legislador que consciente e intencionalmente Andrés Manuel López Obrador desde hacía muchos años, a los ojos del público, usaba autos compactos para transportarse, que vivía en casas o departamentos modestos, que se transportaba y transporta a lugares distantes en líneas aéreas comerciales, que no tiene cuentas bancarias -ahora solo para recibir su salario- que no usa ropa carísima, que no se le han conocido «extravagancias materiales» y un largo etcétera de actitudes y conductas que le han creado una imagen de honestidad, de probidad y de empatía con buena parte de la población y que eso es lo que en una muy buena medida lleva a las personas a creer en él.

Si esa imagen que Andrés Manuel López Obrador ha logrado construir para el imaginario público corresponde o no a la verdad, es algo que depende de la conducta del hoy presidente y del juicio crítico de la población y que se puede ir modificando con el tiempo -no de inmediato, ni el corto plazo- pero que, por ahora, es claro que mantiene esa imagen, más allá de que no sea compartida por todos.

Esa imagen construida por tantos años, le decía al legislador, es tan fuerte que incluso hipotéticamente podría grabarse y observarse al mismo Andrés Manuel López Obrador en persona asumiendo una conducta con tintes de ilicitud y, aun así, gran parte de la población lo disculparía y lo defendería.

Eso, le decía, es muy difícil que suceda con un político que tiene un estilo de vida de millonario, por ejemplo, pues ese político hipotético más bien ha construido, incluso sin querer o sin pensar, una imagen con descrédito para la población y si ese político hipotético fuera el descubierto en una conducta con apariencia ilícita, buena parte de la población lo acusaría y lo denostaría.

Para finalizar, le comenté al legislador federal que si un político quiere merecer ser creído por el pueblo, por buena parte de él, ese político debe ser consciente que al ejercer una función pública, y fuera de ella, debe observar actitudes y realizar conductas consistentes y coherentes al paso del tiempo que creen en el imaginario popular una imagen de honestidad, probidad y de justicia sobre el político.

Para ello, le dije, no hay un solo camino, esto es, no se trata de copiar a nadie en particular, pues para crear esa imagen digna del crédito popular, existen caminos diversos y estilos diferentes.

Pero el punto clave, para que las personas crean y sigan a un político, estriba en el ethos de ese político, en la capacidad de ese político para generar una imagen digna de crédito al paso del tiempo y de forma coherente. Creer en él, no depende del color de la camisa o del pantalón, ni del «discurso» por bien pronunciado que esté y menos, si ese pantalón lleva como insignia un lagarto y cuesta más de cinco mil pesos, si el grueso de la población, gana menos de eso al mes.