En 2018, el triunfo de AMLO en las urnas fue claro, preciso y contundente, del mismo modo que sucedió en sentido opuesto con la derrota de los otros partidos y candidatos, que fue estrepitosa.

Ese triunfo significó que la oferta, que fue más pragmática que las anteriores de AMLO, gestada durante años y sabiendo que era la última vez que contendía, encontró eco en la gran mayoría de los votantes, rechazando las ofertas de los otros partidos y candidatos opositores.

El efecto AMLO, el desgaste de los otros partidos y sus ofertas políticas, también llevó a que muchos candidatos morenistas lograran la victoria sin más mérito que haberse montado en la ola y aprovechar el descrédito de la oposición y el hartazgo de la gente, como igual ha sucedido con muchos servidores públicos morenistas.

Mas hay que recordar que, en aquel 2018, en números redondos solo votaron de la lista nominal un 63% (no votó un 37%) y que AMLO ganó la presidencia con un 34% de los votos de esa lista, mientras que los otros candidatos presidenciales juntos sumaron solo un 28% de esa misma lista nominal (el % restante corresponde a votos nulos y votos por candidatos no registrados).

Los datos muestran de manera muy clara que el 37% de la población no votó, sin que sea claro por qué no lo hizo -algunos dicen que obedece a la desidia y su conformidad con lo que resultara del proceso electoral, otros lo atribuyen a la inconformidad con el estado de cosas de aquel momento y porque ningún candidato los impulsaba a votar, entre otras explicaciones- y también se revela que en aquel tiempo el universo de votantes (los que ejercieron el derecho y los que no) estaba divido prácticamente en tercios: un tercio y poco más a favor de AMLO, otro tercio y poco menos a favor de una opción distinta de AMLO y un tercio más simplemente no se expresó con el voto.

Luego de 2018, la oposición se fragmentó en dos grupos bien definidos, por un lado, el PAN y sus funcionarios han mantenido generalmente una postura crítica con momentos puntuales de cooperación con el morenismo y el presidente; mientras que el PRI ha sido más cooperante y solo en casos puntuales ha sido crítico.

Los partidos menores, como sucede históricamente, se han aliado a los partidos que les brindan mayores garantías de supervivencia y cumplen su función de bisagras con retribución.

Los grupos de interés y de presión que no comulgaron con, ni apoyan el triunfo y la gestión de AMLO, ni del morenismo, (incluya aquí en esos grupos a algunos empresarios, medios de comunicación, sindicatos, en parte al EZLN y no pocos actores más) se han decantado por ejercer una crítica sistemática, a la que responde cada mañana el propio presidente de la República y sus seguidores.

Y por extraño que parezca en una primera vista, es en el seno del partido de Morena (sus debates internos Yeidckol Polevnsky-Ramírez Cuéllar) y en carne de los “morenistas” singulares (Muñoz Ledo, Monreal, Germán Martínez, entre muchos otros) que se han generado actos y críticas ácidas contra AMLO y sectores del morenismo, lo cual no es tan inesperado al final, por el origen y forma de ser de cada “morenista”, muchos de los cuales tienen su origen en partidos y organizaciones que han ido empleando y dejando según un muy pecualiar juicio de valor.

El ejercicio del gobierno de AMLO ha mandado mensajes claros, gusten o no, en el sentido de privilegiar obras cumbre como el “Tren Maya” -el cual, de cuajar, puede realmente detonar el desarrollo del sur del país, y de no hacerlo, convertirse de verdad en una fisco estrepitoso- el aeropuerto “Felipe Ángeles” -que en sí, deja de lado el NAIM de Texcoco, con un menor costo, pero sin conocer el costo real completo por la “cancelación” del de Texcoco- y los proyectos refinadores -”Dos bocas”, para empezar, inspirados en una idea de autosuficiencia que no es claro si en el mediano y largo plazo, será tan exitoso, como se publica hoy que será en el corto plazo.

El presidente también ha impulsado de manera muy diáfana programas de asistencia social, a los cuales ha dado reconocimiento constitucional, que se han convertido en dinero en manos de millones y millones de mexicanos y que ahora forman una base social amplia, intuitivamente favorable al presidente y al morenismo.

Incluso, es evidente que el gasto corriente en el sector público federal se ha eficientado, con la disminución de salarios, viáticos, plazas, etc.

Así que hay aspectos en los que, sin dejar de existir críticas, se ha avanzado; pero igualmente hay otros temas en los que hay problemas muy serios aunque no agrade al morenismo (la recesión económica no solo atribuible al Covid-19, la inseguridad, el combate a la corrupción que no ha sido eficaz ni al parecer parejo, la asignación cerrada de cargos y puestos por lealtad, el manejo obsequioso de la inmigración, la gestión errática de la epidemia viral, entre muchos otros cuestionamientos) y los cuales se deben reconocer salvo que se considere, contrario al sentido común, que todo lo que hace el presidente y el morenismo es “perfecto”.

Ese paisaje del terreno de la realidad de la administración del presidente y del morenismo, se dibuja con claroscuros, y con tonos de razón puntual para la oposición.

Ahora ese estado de cosas es complicado tanto para el morenismo, como para la oposición, porque ese país de tercios que se mencionaba al principio, prácticamente ha permanecido igual en este casi ya primer tercio del gobierno morenista que tiene a la vuelta las elecciones intermedias de 2021, unas elecciones en las que están en juego 15 gobernaturas, legislaturas locales, la diputación federal y los ayuntamientos del país.

El peso de las gobernaturas locales, es relevante para la estabilidad del morenismo y las elecciones presidenciales posteriores; las legislaturas locales son relevantes para los gobiernos locales y su estabilidad, como para temas constitucionales federales; las diputaciones federales son importantes para la estabilidad y el desarrollo del gobierno federal; mientras que los ayuntamientos son relevantes para las elecciones presidenciales venideras.

Obtener resultados adversos, llevaría al morenismo a un riesgo importante de que la autodenominada 4T concluyera en el próximo ejercicio presidencial y significaría un cambio de rumbo favorable para sus opositores; en tanto que si el morenismo obtiene resultados favorables, es probable que el proyecto de la 4T tenga vida más allá de este sexenio y que la hoy oposición seguiría en su carácter opositor.

¿Cuántos de aquellos que en 2018 votaron por AMLO como candidato presidencial, en 2021 votarán por los candidatos de Morena, sin AMLO en las boletas, o por candidatos que no son de Morena ?

¿Cuántos de aquellos que en 2018 no votaron, en 2021 votarán por los candidatos de Morena, sin AMLO en las boletas, o por candidatos que no son de Morena?

¿Cuántos de aquellos que en 2018 votaron por candidatos presidenciales distintos de AMLO, en 2021 votarán por los candidatos de Morena, sin AMLO en las boletas, o por candidatos que no son de Morena?

La realidad es que las respuestas a esas preguntas son oscilantes, y esto lo saben todos los actores involucrados, como igual saben que las “probabilidades” de triunfo/derrota de cada uno pasan por las coaliciones formales o de hecho que acuerden.

Lo claro es que si en el proceso electoral 2021, cada partido y candidato va en solitario, en un contexto de división como el que hoy existe, la ventaja electoral se inclina para el más fuerte, esto es, para Morena; pero si los partidos de oposición, reflexionan más a fondo y quieren ganar posiciones a Morena, lo útil es que entre sí deberían formar coaliciones formales o de hecho y eso obligaría a Morena a buscar alianzas que, dependiendo de con quien se forme la alianza, podría casi anular las estrategias cooperativas de la oposición.

Las elecciones están en el aire.

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