El optimismo ingenuo o populista encubre la realidad del ser humano: es libre de elegir el bien o el mal, la vida o la muerte.

Todos los mexicanos son buenos, si hacen el crimen es por las circunstancias, escuchamos en la Mañanera. Es una afirmación más para la gente ignorante, débil de criterio, expresa, no la verdad, sino aquello que la gente quiere escuchar.

La afirmación revela una mentalidad y una actitud de los poderosos. Es hija de la soberbia, quien la pronuncia en el fondo piensa que es persona muy buena, sin mezcla de mal, que todo lo que hace está bien, “no quiebra un plato”… .

Las palabras citadas emplean un lenguaje dogmático, no lógico. Son los fariseos de nuestros tiempos, que se creen los puros, químicamente puros. En el fondo niegan la libertad, no pueden elegir sino el bien.

Negar la realidad y la condición humana no es el camino para enfrentar los problemas y resolverlos. Muchos mexicanos, en las circunstancias más difíciles no caen en el crimen, permanecen honestos.

Hay buenos mexicanos que perciben la realidad objetiva y señalan los problemas y buscan el bien de México tratando de parar la caída de la economía, la seguridad, el estado de derecho.… Así los promotores de la vida y la dignidad de las mujeres, muchos comunicadores y formadores de opinión, los defensores del bien y la verdad todos los valores trascendentes.

El soberbio ha perdido piso, se siente un ente divino, único, mesías espurio por encima del pobrecito “pueblo bueno”. Tiene la actitud satánica que encontramos en la Biblia, se siente definidor del bien y del mal, su palabra tiene poderes mágicos o diabólicos, en su imaginación.

Los grandes líderes de los pueblos han sido humildes, como Jesucristo, el más grande, como Gandhi, Vasco de Quiroga, José María Morelos. Su humildad les permitió asumir la opresión y el dolor de la gente y abrir horizontes de vida libre y más digna.

No hay que soñar de somos únicos, que hacemos historia y realizamos obras maravillosas, que jamás realizaron los mexicanos del pasado. Hay que salir de la enajenación, poner los pies en la realidad, aceptar los resultados modestos, adversos, transformar las actitudes necias y frenar la caída de la calidad de Vida.

La cultura mexicana creyente ha percibido objetiva y sabiamente la condición humana. La tradición católica enseña la presencia del mal desde los orígenes y la división del ser humano que quedó infectado de maldad en sí mismo, como lo señalan los filósofos y los poetas: video meliora proboque, deteriora sequor, veo las cosas mejores y las apruebo y hago lo peor, tanta o video, canta Ovidio.

La Revelación expone la realidad frágil, pecadora, potencialmente criminal del hombre por el mal uso de su libertad y su inteligencia falible. En el principio entró el pecado en el mundo con el pecado el mal. El hombre queda inclinado al mal, leemos en el Génesis. Jesucristo, sabiduría eterna encarnada, afirma que todos los crímenes proceden del corazón humano: ambiciones, envidias, engaño de los pobres, manipulación y dominación de parte de los jefes.

La clase dirigente habla muy bonito se pronuncian a favor de las grandes causas, pero en la práctica hace lo contrario. Hay un divorcio entre los discursos y los hechos, una retórica hueca, una cultura política de falsedad.

Necesitamos curarnos de la enajenación, bajar de los sueños fantásticos, aceptar la condición humana y empezar una transformación humilde pero real.

Debemos aceptar nuestra pobreza y fragilidad, superarla con el buen uso de la libertad y una inteligencia guiada por los valores universales, divinos.