Por: Víctor Americano/@americanovictor

Los funcionarios públicos, en general, llevan tantas décadas viviendo como reyes a costa del pueblo mexicano, con sueldos millonarios, viáticos para comidas, celulares, viajes, asistentes, lujosas prestaciones y todo tipo de beneficios, insisto, a cargo del erario; que ahora que nos dicen que habrá una real política anticorrupción, la desconfianza vuelve a surgir, pero con un deseo verdadero de que esa aseveración no quede sólo en el discurso, sino en las políticas públicas reales, eficientes y resultados medibles.

Nos han visto la cara, han robado al pueblo, han hecho trampa en procesos electorales, han beneficiado a familiares y amigos, han mentido a la nación y han generado una grave desconfianza, que los tiene en el banquillo de los acusados. Y hablo de los tres Poderes reconocidos en la Constitución y, por supuesto, de todos los partidos políticos, porque de los poderes fácticos, ni hablar, lamentablemente creciendo debido a la casi ingobernabilidad que vivimos en el país.

Y aunque es sabido que la cuarta transformación que propone Andrés Manuel López Obrador tiene como base la lucha contra la corrupción, este problema es un cáncer que se ha enquistado no sólo en la función pública, sino también en el sector empresarial y en la ciudadanía en general. “Todos semos corruptos”, dijo una vez en el Congreso del estado de Michoacán un diputado local de nombre Baltazar Gaona, y lo dijo en el pleno, y nadie le refutó la lapidaria frase.

La canasta está muy alta, la gente exige que los políticos no lleguen a improvisar ni a aprender; urge dar resultados. No es posible que nuestro país, con tantas riquezas naturales y gente tan trabajadora y tan noble, tenga tantos millones de personas sumidos en la pobreza. Es obvio que no se pueden basar resultados con populismo y con asistencialismo; buscar gobiernos paternalistas es un error garrafal, pero es peor contar con gobernantes apáticos a los verdaderos problemas de los ciudadanos y que sólo buscan negocios personales en su paso por el gobierno, antes del beneficio colectivo.

Los retos de Raúl Morón Orozco
Muy interesante resultó la toma de protesta de Raúl Morón Orozco como presidente municipal constitucional de Morelia, la capital y la joya de la corona, electoralmente hablando.

Postulado por Morena y el PT, Morón Orozco ganó la alcaldía, entre otras cosas, gracias a la ola generada por AMLO, al hartazgo ciudadano de los partidos políticos, e incluso por el desgaste en el poder de Alfonso Martínez, a quien como candidato independiente no le alcanzó para reelegirse.

Morón no se enganchó en los debates en pleitos personales con los demás aspirantes, no descalificó, no implementó guerra sucia, fue prudente y ganó la alcaldía; esta actitud le permitió tener credibilidad moral para que los ex candidatos por Morelia asistieran a su toma de protesta, a la cual, por cierto, no asistió el gobernador Silvano Aureoles.

Vale la pena recordar una pregunta que este servidor le hizo cuando Morón era candidato: “a los que le señalan que usted quemó la puerta de Palacio de Gobierno y por eso debería renunciar a la candidatura, ¿qué les responde?”; a lo cual el profesor respondió: “si alguien muestra o publica un video o una fotografía de un servidor quemando esa puerta, renuncio inmediatamente a la candidatura”… Nadie publicó nada y, hoy por hoy, Raúl Morón es presidente municipal de esta ciudad.

Entre sus propuestas por desarrollar Morelia destacan atender el crecimiento anárquico de la ciudad y la falta de servicios básicos de calidad; la carencia de empleos suficientes y bien remunerados; la falta de seguridad de las familias y de su patrimonio; la escasez de agua potable en colonias populares y el deterioro del medio ambiente y de los recursos naturales; la ausencia de una planeación regional y el deficiente servicio de transporte y movilidad, y la desigualdad entre los niveles de vida y el otorgamiento de servicios básicos a quienes habitan las zonas urbanas y a los que viven en zonas rurales y marginadas. Vaya reto para el alcalde de Morelia, Raúl Morón Orozco.

Urge la evaluación, pero de los funcionarios
Los sectores público y empresarial tienen profundas diferencias en su estructura, evaluaciones, sistemas de trabajo y metas en los ingresos; en general, las empresas miden resultados, tienen horarios, capacitaciones, métodos organizacionales y laborales, lo cual permite constituir empresas que generan empleos, pagan impuestos y que cuentan con su respectiva plantilla laboral.

Y la eterna pregunta que nos hacemos es: ¿por qué en la función pública no se implementan esquemas similares?

¿Por qué si un funcionario no demuestra productividad a favor de los ciudadanos, no se puede actuar como en la IP, que hasta lo vienen despidiendo?

¿Por qué si un servidor falta a sus labores de manera injustificada no se le sanciona o despide tal y como actúan los hombres de negocios?

Un empleado, jefe de departamento, gerente o director de empresas privadas, normalmente cuidan con esmero sus labores, trabajan duro, hasta por el bono de productividad, entre otros incentivos, ¿y eso por qué no se puede aplicar en la burocracia?

No cabe duda, mientras no haya una reestructura a fondo en las instituciones y oficinas de los tres Poderes, muchos de ellos, que no todos, seguirán simulando que trabajan, sin ser productivos y sin entregarse con pasión y profesionalismo a sus actividades cotidianas.

Insisto, no son todos, hay gente muy valiosa en la función pública, pero son los menos.
Ahí hay un área de oportunidad muy interesante para el nuevo gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

La descomposición social, otro reto mayúsculo
La semana pasada nos legó una de las noticias más impactantes y escalofriantes de los últimos meses, y es el linchamiento y posterior muerte de dos sujetos que supuestamente se dedicaban a robar menores de edad en Puebla.

Los pobladores los habían capturado y llevado a la cárcel, pero al parecer para algunos eso no era suficiente castigo, por lo que fueron a sonar las campanas del Ayuntamiento, se juntó una turba enardecida y fueron a sacarlos del Cereso, para luego quemarlos vivos, presenciar toda la agonía y además grabar todo en video y hasta transmitir la lenta y dolorosa muerte en las redes sociales.

Lo peor de todo, después de las lamentables muertes de los dos hombres, es que la Fiscalía de Puebla declaró que las personas linchadas ni siquiera eran robachicos; en un comunicado, las autoridades detallaron que, con las primeras diligencias, se descarta que hubieran participado en algún delito.

Lo macabro del caso es que el linchamiento de transmitió en Facebook Live y la madre de uno de los fallecidos observó por medio de esta red social cómo mataban a su hijo, al confundirlo, al parecer, con un delincuente.

¿Hasta dónde hemos llegado para hacer justicia con nuestra propia mano y decidir matar a los presuntos delincuentes, sin confiar ni un ápice en las autoridades? ¿Qué terrible crisis pasamos actualmente para que estas escenas dantescas cada vez se repitan con más periodicidad? Vaya reto para las autoridades entrantes en cuanto a prevención y seguridad se refiere.

AC